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El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]

Электронная книга - «El martillo de Lucifer [Lucifer's Hammer - es]». Краткое содержание книги:

Cuando EL MARTILLO DE LUCIFER, el cometa gigante, chocó contra la Tierra, hizo pedazos la civilización. Los días felices habían terminado. Estaban viviendo el fin del mundo. Los terremotos eran tan fuertes que no podían medirse con la escala de Ritcher. Las olas marinas alcanzaban alturas incalculables. Las ciudades se convirtieron en océanos, y los océanos en nubes. Era el principio de la nueva Edad del Hielo. Y el final de los gobiernos, los planes, los hospitales y el derecho. Y sobre ellos, igual que otro martillo del demonio, la más terrible selección del hombre hecha por el hombre que jamás se había producido.
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Dan introdujo en el coche la mochila que había preparado la noche anterior, en la que había incluido una jeringa y un poco de insulina. En previsión de que alguien le robara la mochila, había colocado otras dos jeringas y medicamentos en dos lugares distintos del coche.

El coche era un viejo modelo, sin ningún atractivo para los ladrones. Dan había incluido algunos objetos que, en un momento determinado, podrían servirle para canjearlos por su vida. Uno de los objetos era realmente valioso; un saqueador corriente no podría distinguirlo, pero a Dan le podría servir para ponerse a seguro.

Daniel Forrester, doctor en humanidades, era un hombre de edad mediana sin una profesión útil. En lo sucesivo, su doctorado no valdría tanto como una taza de café. Sus manos eran blandas, pesaba demasiado, era diabético. Sus amigos le habían dicho que a menudo subestimaba su propia valía. Aquello era una lástima, porque restringía su capacidad para negociar. Sabía cómo fabricar insulina. Necesitaba un laboratorio y matar una oveja al mes.

Desde el día anterior, Dan Forrester se había convertido en un lujo caro.

En su mochila había algo más: un libro. Era el segundo volumen de Cómo funcionan las cosas. El volumen primero estaba en el foso séptico.

Harvey Randall vio el Cadillac blanco que avanzaba hacia él. Tardó un momento en reaccionar. Luego frenó tan bruscamente que Joanna salió despedida hacia adelante y sólo el cinturón de seguridad impidió que se estrellara contra el parabrisas. La escopeta que sostenía golpeó la guantera.

—¿Te has vuelto loco? —le gritó, pero Harvey ya había abierto la puerta y echaba a correr, agitando los brazos frenéticamente. ¡Dios! ¡Ella tenía que verle!

—¡Marie! —gritó.

El Cadillac aminoró la marcha y se detuvo. Harvey corrió hacia él.

Era increíble, pero Marie Vanee no estaba alterada en absoluto. Llevaba un vestido de verano de lino blanco, decorado con una filigrana dorada, pendientes de oro y un colgante con un pequeño diamante suspendido de una cadena también de oro, todo lo cual armonizaba a la perfección. La lluvia le había desbaratado el peinado, pero no demasiado, porque llevaba el cabello corto y poco rizado. Parecía como si hubiera pasado todo el día en el Country Club y se dirigiera a su casa para ponerse un vestido de noche.

Harvey la miró asombrado. Ella sostuvo su mirada tranquilamente, y Harvey sintió una vez más el desagrado que le producía aquella mujer. Quería gritarle, alterarla. ¿No se daba cuenta...?

—¿Cómo has llegado aquí? —le preguntó.

Cuando ella respondió, Harvey se sintió avergonzado. Marie Vanee habló con calma, con demasiada calma. Parecía como si tuviera que esforzarse para hacerlo.

—He subido por las colinas. La carretera estaba bloqueada por coches, pero unos hombres los apartaron. Fui... ¿Por qué quieres saber cómo he llegado aquí, Harvey?

El se echó a reír a carcajadas, y su risa atemorizó a la mujer. Harvey pudo ver el miedo en su mirada.

Llegó Mark en la moto. Miró al Cadillac y luego a Marie. En otras circunstancias hubiera emitido un silbido, pero se limitó a preguntar:

—¿Es tu vecina?

—Sí. Marie, tendrás que venir con nosotros. No puedes quedarte en casa...

—No tengo intención de quedarme en casa —replicó ella—. Voy a buscar a mi hijo. Y a Gordie —añadió tras una breve pausa. Bajó la vista hacia sus zapatos dorados—. Cuando coja un poco de ropa... Harvey, ¿dónde está...? —Antes de que pudiera terminar la frase vio el dolor y el aturdimiento en los ojos de Harvey—. ¿Dónde está Loretta? —preguntó en voz baja, vacilante.

Harvey no respondió. Mark, detrás de él, meneó lentamente la cabeza. Su mirada se encontró con la de Marie. Ella asintió.

Harvey Randall dio media vuelta. Se quedó de pie bajo la lluvia, silencioso, con la mirada perdida.

—Deje su coche y suba al furgón —dijo Mark a Marie.

—No. —La mujer trató de sonreír—. Por favor, ¿no pueden esperar hasta que coja algunas ropas? Harvey...

—El no está en condiciones de tomar decisiones —dijo Mark—. Mire, ya encontraremos ropas. No habrá mucha comida, pero sobrará la ropa.

—En casa tengo unas prendas perfectamente adecuadas para estas circunstancias —dijo ella con firmeza. Sabía cómo hablar a los empleados, ya fueran de Gordie o de Harvey—. Y unas buenas botas. No es fácil encontrar unas botas que me vayan bien. No puede decirme que diez minutos más o menos supongan una gran diferencia.

—Tardará más de diez minutos, y no disponemos en absoluto de tiempo —insistió Mark.

—Desde luego que tardaré más si nos quedamos aquí hablando. —Marie puso el coche en marcha y empezó a avanzar lentamente—. Por favor, espérenme —dijo mientras se alejaba.

—Lo que faltaba —dijo Mark—. Harv... ¿Qué hacemos aho...? —Dejó la pregunta sin terminar. Harvey Randall no podía decidir nada en aquellos momentos—. ¡Sube de una maldita vez al coche, Harv! —le ordenó Mark.

El tono imperioso de Mark hizo que Harvey se dirigiera al furgón. Al principio se sentó en el asiento del conductor.

—Joanna, coge la moto —dijo Mark—. Yo conduciré el furgón.

—¿Adonde vamos?

—Supongo que a casa de Harvey. Diablos, no sé lo que debemos hacer. Quizá deberíamos seguir nuestro camino.

—No podemos abandonarla —dijo Joanna con firmeza. Bajó del furgón y montó en la moto. Mark se encogió de hombros y subió al furgón. Cambió de sentido invadiendo un camino particular y recorrió a la inversa el trayecto que habían seguido, blasfemando sin cesar.

Cuando llegaron a la casa, vieron a Marie sentada en el porche, esperándoles. Llevaba unos pantalones de un caro tejido artificial, que parecían muy resistentes, una camisa de algodón y una blusa de lana. Se había puesto también calcetines de lana y estaba atándose los cordones de las botas. A su lado había una manta, muy abultada.

Joanna dejó la moto en el césped. Mark bajó del furgón y se unió a ella. Miró alternativamente a Marie y Joanna.

—Vaya, es el cambio más rápido que he visto en mi vida. Podría sernos de utilidad.

—Depende de para qué —dijo Marie en tono neutro—. ¿Quienes son ustedes dos y qué le pasa a Harvey? —Siguió atándose los cordones.

—Han matado a su mujer, los mismos malhechores que asaltaron su casa. Oiga, ¿adonde iba en ese Cadillac? ¿Está su marido con Andy Randall?

—Sí, claro —dijo Marie—. Andy y Bert están allá arriba, con Gordie. —Terminó de atarse los cordones y se levantó—. Pobre Loretta. Ella... Oh, ya no tiene remedio. ¿Quieren decirme sus nombres?

—Me llamo Mark, y ésta es Joanna. Trabajaba para Harv...

—Ya lo sé. —Marie había oído hablar de Mark—. Hola. Así pues, se quedan con Harvey, ¿no?

—Desde luego.

—Entonces, vámonos. Por favor, ponga este bulto en el coche. Yo iré en seguida.

Mark pensó que aquella mujer era dura como un clavo, la zorra más fría que jamás había visto. Cogió la manta, que contenía ropas y otros objetos. Marie salió de la casa con una bolsa de viaje de plástico, de las que se utilizan para colgar trajes cuando se viaja en avión. No había mucho espacio en la parte trasera del furgón, pero ella colocó cuidadosamente la bolsa, procurando que no se arrugara.

—¿Qué es eso? —preguntó Mark.

—Cosas que necesitaré. Ya estoy lista.

—¿Puede usted conducir el trasto de Harv?

—En carretera, sí —respondió Marie—. Nunca he conducido a campo traviesa. Pero si es necesario puedo aguantar un largo turno.

—Muy bien. Usted conducirá. El cacharro es demasiado grande para Joanna.

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