El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
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Stern reflexionó. Su adolescencia, por lo que recordaba, parecía colmada de otras obsesiones: el cúmulo de sentimientos que surgían alrededor del recuerdo de Jacobo, su resuelta determinación de ser norteamericano. De noche, en la cama, hacía planes: pensaba en la ropa que veía -recordaba que había pensado durante un par de semanas en unos tirantes rojos-, el modo en que los jóvenes hundían las manos en los bolsillos; mascullaba frases en inglés, las mismas palabras, en repeticiones obsesivas, con la misma frustración, sintiendo que no podía soportar su acento. No era muy romántico, pero comprendía a qué se refería Marta: la idea de la unión perfecta, corazón con corazón, cada gesto conocido al instante; el reflejo de la imagen del alma, cuando todo encajaba como en un rompecabezas. La sangre se le aceleró cuando pensó en Sonny. La imagen ya se desvanecía, ya era un poco más remota. Un paralizante principio de realidad había comenzado a intervenir, colmándole el corazón de dolor y una sensación de injusticia. Dirigió una sonrisa a la hija y murmuró:
– Comprendo.
– Claro que no se trata de un hombre en especial, es cualquier hombre. Hombres y mujeres… Hay en ello algo que no alcanzo a entender. -Meneó la cabeza, agitando el pelo suelto-. Últimamente me he atormentado tratando de averiguar si hombres y mujeres pueden ser verdaderos amigos sin el sexo. ¿Conoces la respuesta? -le preguntó al padre con su modo directo y natural.
– Temo que pertenezco a la generación equivocada. Carezco de experiencia. Las dos mujeres a quienes consideraba verdaderas amigas eran tu madre y tu tía. Esta perspectiva no tiene validez.
– Pero siempre está ahí, ¿verdad? El sexo.
– Eso parece -respondió Stern, y volvió a pensar en Sonny.
Su hija comió su gran ensalada, mientras meditaba.
– ¿Aún piensas en mamá como amiga? -preguntó Marta-. ¿Incluso ahora?
Bien, vaya pregunta para que una hija le planteara al padre. ¿Tendría posibilidades de evadirla?
– ¿Sólo puedo responder sí o no?
Marta lo miró con impaciencia, disgustada por ese truco de picapleitos.
– Marta, parece que te defraudamos mucho.
– No te estoy pidiendo que justifiques vuestras vidas. De verdad. Sólo me lo pregunto. Parece muy deprimente. Pasas treinta años y todo termina en alguien pudriéndose en un garaje. Piénsalo. ¿Qué significaba ella para ti al final? ¿Al principio? ¿Era La Mujer? Probablemente no, ¿eh?
Su primer impulso fue no responder, pero en esos momentos Marta mostraba una sinceridad que resultaba intolerable. A pesar de su experiencia, su humor punzante, su atrevimiento, indagaba con el mismo afán inocente que Sam había manifestado al mirar el cielo nocturno. No podía evitar responderle.
– Vivimos en este mundo, Marta. No en otro. Como tú dices, es decepcionante aprender, pero la vida de tus padres no es mejor que la tuya. No hay un momento en que te eleves a un orden superior de la existencia. -Estas palabras, dichas así, parecían más duras de lo que él se había propuesto, pero Marta las aceptó-. Nadie puede hablar con precisión de los sentimientos de años y décadas en un par de frases. No soy capaz de contemplar a tu madre al margen de la vida que compartimos. Tuve la buena fortuna de la mayoría de las personas que hallan cierta satisfacción en haber decidido qué era importante para ellas y haber logrado una parte. Mi trabajo. Mi familia. Os adoraba a los tres… sospecho que nunca lo supe comunicar, pero así fue siempre. También quería mucho a tu madre. Sé que con el tiempo la defraudé muchísimo. Yo no fui tan buen amigo para ella como ella lo fue para mí. Aunque ella también me defraudó a mí… sobre todo hacia el final. Admito, aunque parezca espantoso, que estoy resentido con esta conclusión. En mi interior hay muchas habitaciones que parecen cerradas a los visitantes… lo reconozco. Pero creo, tras meses de reflexión, que soy una persona mejor y más capaz de la que ella quería ver en mí. -Dijo esto con firmeza, la cabeza erguida y el tono marcado por la convicción, aunque notó que Marta no entendía a qué se refería. Comió el bistec y agitó el vino. Bebió media copa, pero la marea de los sentimientos continuaba y no quiso que ésta fuera la última palabra-. Hicimos todo lo posible, Marta. Ambos. Dadas las vastas limitaciones que todos padecemos. Compartimos mucho. No sólo acontecimientos, sino compromisos. Valores. Ella fue la suma de toda mi vida. La amé. A veces apasionadamente. Aún hoy creo que ella también me amó. Todo padre desea para sus hijos una vida mejor de la que él tuvo, pero admito que me agradaría mucho verte forjar una relación tan duradera como la mía.
Marta asintió gravemente. Su padre había respondido. Stern advirtió que aún sostenía el anillo y la fina piedra centelleaba incluso bajo esa luz tenue. La volvió a admirar un instante y la devolvió. Cuando Marta alzó la cartera, él le preguntó si había descubierto más tesoros durante la tarde de exploración.
– No más tesoros -respondió Marta-. Sólo algo que me ha intrigado. -Hurgó en la cartera con ambas manos-. ¿Qué clase de medicación estaba tomando?
– ¿Medicación? -preguntó Stern.
Era una cajita ovalada de plata, con una tapa con goznes. Marta dijo que también la había encontrado en la caja japonesa. Abrió la tapa y en ese mismo instante Stern supo qué habría adentro. Volcó las cápsulas amarillas sobre el mantel y las contó. La marca estaba impresa en cada cápsula. Eran setenta y nueve. Contó dos veces. La misma cantidad que faltaba en el frasco del botiquín de Nate.
Marta miró a Stern comprensivamente. Era evidente que el padre estaba confundido.
– No es posible -dijo Stern.
– Tal vez deberías preguntar a Nate Cawley -sugirió Marta.
Esa noche permaneció levantado hasta tarde. Marta, como era lógico, prefirió su propia habitación, de modo que Stern, por primera vez en meses, regresó al dormitorio que había compartido durante veinte años con Clara. Marta había saqueado los muebles, los cajones estaban abiertos y había prendas de seda colgando de los bordes. En el suelo había varias cajas de cartón con objetos ordenados: algunos para regalar, otros para guardar.
De nuevo le costó dormirse. A orillas del río celebraban ruidosamente la víspera del Día de la Independencia. Después de las diez empezó el estruendo de los fuegos artificiales, a pocos kilómetros; por la ventana divisaba el trémulo fulgor reflejado en las delgadas nubes. Era uno de esos inmigrantes que todavía se ablandaban de sentimentalismo -y gratitud- el Cuatro de Julio. ¡Qué concepción de país! Aún admiraba el florecimiento de las democracias liberales, con su ideal de igualdad, junto con los avances en cuidado médico y la invención del tipo móvil, el mayor logro de la humanidad en todo el milenio. Su vida de abogado -sobre todo en el aspecto penal- estaba ligada de algún modo con esas creencias.
Permaneció insomne en la cama, intentó leer, pero la agitación del día lo agobiaba: su confrontación con Nate, la partida de Sonny como una nave hacia el horizonte, las agobiantes complicaciones legales que le esperaban y los fantasmas invocados por su charla con Marta. Su hija había pedido -exigido- toda la vida que los padres le hablaran con franqueza. En cierto sentido ése era el acontecimiento más perturbador del día.