El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
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En un momento bajó en silencio para examinar la cajita de píldoras, pero al parecer Marta la guardaba consigo. Entreabrió las cortinas y miró la casa de los Cawley. Ya no estaba bajo su control. Tendría que hablar de nuevo con Nate, pero ¿cómo iniciaría semejante conversación? «Nate, hay un par de cosas que no entiendo acerca de tu aventura con mi esposa.» Stern meneó la cabeza.
Regresó al dormitorio. A pesar de los meses, el aroma de Clara persistía, ella estaba tan presente como los callados muebles. Tendido en la cama, tuvo la sensación de que Clara saldría del cuarto de baño en cualquier momento, una atractiva persona madura, embellecida por el corte de la bata, el cabello brillante, la cara cubierta de crema, ensimismada como de costumbre, tarareando un tema musical.
La había amado muchísimo, pensó de pronto. El recuerdo de repente resultaba aplastante, recordaba los detalles más ínfimos con dolorosa exactitud: la suave onda con que se había peinado el cabello durante años, el aroma dulzón de sus sales de baño, el sombrero de jardín, la diminuta protuberancia a cada lado de la nariz. Recordaba la lentitud con que alzaba las manos, los dedos delgados y la pequeña sortija, gestos articulados con inteligencia y elegancia. Esos recuerdos lo arrasaron de manera tan vivida que creyó poder abrazarla, como si en ese dolorido afán pudiera arrebatarla del aire. La frescura de ese amor lo aturdía, le desgarraba el corazón y lo debilitaba. Ignoraba en qué oscuro y escabroso rincón de locura se había internado Clara. Sólo podía pensar en la mujer con quien había vivido, la persona que conocía. Echaba de menos a esa mujer, esa persona.
Esperó hasta que el fantasma se desdibujó un poco. Esto era lo que había intentado comunicar a su hija, este eterno océano de sentimientos. Tendido bajo el intenso haz de la lámpara de lectura, envuelto en la bata, inmóvil, se aferró por un instante a lo poco que podía asir de la presencia -misteriosa, precisa, animada, profunda- de Clara Stern.
35
El miércoles por la mañana, Marta fue a trabajar con Stern. Claudia y Luke, que habían trabajado con Stern durante más de diez años, la observaron con admiración: era bonita, madura, equilibrada. Ella y Stern redactaron una moción para la juez Winchell, en la que pedían la postergación de la fecha de presentación de Stern ante el gran jurado. Aunque tenía menos de tres páginas, la moción les llevó horas, pues presentaba problemas complejos, como Marta fue la primera en reconocer. Por lo general las conversaciones entre abogado y cliente, destinadas a garantizar asesoramiento legal, gozaban de inmunidad, en el sentido de que el gobierno no podía obligar a revelarlas. Pero ¿era pertinente aquí invocar la inmunidad?
– ¿Es eso? -preguntó Marta. La caja fuerte, treinta centímetros cúbicos de metal, estaba todavía detrás del escritorio de Stern-. ¿No la has abierto nunca?
– No tengo la combinación, ni el permiso de tu tío.
Marta la tocó con el pie, llevaba calcetines rosados debajo de las sandalias. Stern advirtió que su hija tenía vello en la parte de la pierna que la falda dejaba al descubierto.
– Cielos, ¿de qué está hecha? ¿Plomo? Esta cosa sobreviviría a la guerra nuclear.
– Dixon valora su intimidad -comentó Stern.
– Bien, eso es un problema, ¿no crees? ¿Cómo decimos que recibiste el contenido con el propósito de ofrecer asesoramiento legal cuando no has llegado a verlo?
Stern, que no había pensado en este dilema, buscó su puro sin encender.
– Pero, por otra parte -continuó Marta-, si admites que no has abierto la caja, ¿no revelas mensajes confidenciales? ¿Acaso eso no evidencia las instrucciones del cliente y muestra que, en esencia, éste contó al abogado que el contenido es tan delicado que no quiere ni puede compartirlo? ¿Qué me dices de la Quinta Enmienda a favor de Dixon?
Marta continuó hablando de ello. Tenía una mente amplia y sutil. Stern, consciente de la inteligencia de Marta, quedó impresionado por su soltura en asuntos con los cuales no estaba muy familiarizada. Había ido a la biblioteca de Stern y había digerido el principal caso del Tribunal Supremo nada más llegar allí, absorbiendo los difíciles matices sin dedicarle mucho tiempo. Marta se sentía a sus anchas en estas complejas zonas donde las abstracciones de la ley se hacían tan inaccesibles como la matemática superior, incluso para Stern.
Al final, mientras redactaban la moción, decidieron que la posición legal que sostendrían por ahora era simple: dado que potencialmente podía aplicarse el secreto entre abogado y cliente, Stern no podía actuar sin instrucciones de Dixon. Por lo tanto pedía al tribunal que postergara la citación para que pudiera consultar con el cliente cuando éste regresara a la ciudad. Marta escribió cada frase en una libreta amarilla, las recitó en voz alta, y luego ambos hicieron las correcciones. Stern, que por hábito hacía todas sus tareas en solitario, quedó complacido por la naturalidad de esta colaboración. Cuando terminaron la moción, Marta la firmó como abogada de Stern.
– ¿Qué ocurrirá si te ordena que testifiques mañana? -preguntó Marta, refiriéndose a la juez Winchell.
– Tendré que negarme, ¿verdad?
– El gobierno intentará acusarte de desacato. No te encerrarán, ¿verdad?
– Mañana no. Un juez debería darme tiempo para recapacitar, o al menos otorgarme una prórroga para que pueda presentarme ante el tribunal de apelaciones. Por último, desde luego, si persisto después de recibir órdenes de presentar… -Agitó la mano. Esto ocurría a veces, abogados encarcelados por resistirse a órdenes judiciales que perjudicaban a sus clientes. Entre los abogados defensores, dichos encarcelamientos, por lo general breves, se consideraban un emblema de honor, pero Stern no tenía interés en ser un mártir, y mucho menos por Dixon-. Estoy en tus manos -le dijo a su hija.
– No hay problema -respondió Marta, abrazándolo-. Pero por si las moscas lleva cepillo de dientes.
El jueves a las diez de la mañana, en el momento en que Stern debía comparecer ante el gran jurado, entró con Marta en la recepción de la cámara de la juez Moira Winchell, jefa del tribunal federal del distrito. El lugar reflejaba las proporciones de otro siglo: mientras que la cámara de la juez era enorme y suntuosa, las habitaciones destinadas a secretarios, escribientes y ujieres eran reducidas y los muebles estaban apiñados como en un baúl. La estrecha zona de espera estaba limitada por una balaustrada con bisagras, de postes anchos. Sonny Klonsky ocupaba allí el único asiento disponible, agitada y bonita a pesar de su semblante sombrío. El corazón de Stern dio un vuelco, pero se apaciguó cuando ella le dirigió una mirada breve y severa. Stern presentó de nuevo a Marta.
– Estamos esperando a Stan -comentó Klonsky, y poco después el fiscal federal salió por la puerta, enjuto, impecable y seco.
Su aspecto impresionaba incluso a Stern, quien se consideraba meticuloso y usaba trajes y camisas hechos a medida e incluso, una vez al año, un par de zapatos de una casa neoyorquina. Era la clase de individuo que no cruzaba las piernas para no arrugarse los pantalones. Saludó a Stern formalmente, dándole la mano, y esbozó una sonrisa cuando le presentaron a Marta.
Luego entraron en la cámara de la juez. Dado el secreto que rodeaba las citaciones de un gran jurado, esta audiencia -por suerte para Stern- se celebraría a puerta cerrada. Aunque el relator estaría presente con su máquina de taquigrafía, la transcripción quedaría sellada y no estaría a disposición de la prensa ni del público, ni siquiera de otros abogados.
Moira Winchell se mostraba afable en la intimidad de su cámara. Llevaba un vestido oscuro -no se había puesto la toga- y salió de detrás del enorme escritorio de caoba, más grande que un automóvil pequeño, para saludarlos cordialmente. Había conocido a Marta más de una década atrás -algo que Stern no recordaba- y le dirigió un cálido saludo.