El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– Entiendo. ¿Tu cliente lo recuerda con claridad?
– Como si hubiese sido ayer. Mi cliente era nuevo en el negocio, no sabía qué estaba pasando, así que todo esto se le quedó grabado. -Mel esperó-. Ya sabes cómo es.
Stern no dijo nada. John había hecho lo previsible. Había cierta justicia en ello. Dixon, a fin de cuentas, merecía lo que le iba a pasar.
– Se siente muy incómodo por esto -dijo Tooley-. Ya sabes, asuntos familiares. Muy complicado. No es preciso que yo te lo diga.
– No -convino Stern.
– Yo insisto en que debe pensar primero en él. No le quedan muchas opciones. Si se anda por las ramas, le echarán el guante. -Tooley insinuaba que los documentos de MD implicaban también a John. Aunque John alegara que no entendía nada del asunto, los fiscales sabían que nadie, por ingenuo que fuera, podía haber considerado que esas maniobras eran honestas. Pero como quería tenerlo todo bien controlado, el gobierno prefería contar con el testimonio de John y no con un segundón mal parado que compartiera la acusación y la defensa con Dixon. Esto también era previsible-. Parecerá un perro apaleado allí, si te sirve de consuelo.
Mel se refería a la declaración de John. De un modo u otro, eso sería problema de otro abogado.
– ¿Cuándo comparecerá ante el gran jurado, Mel?
– El jueves de la próxima semana. No creo que falte mucho para el sumario. Lo tienen muy bien organizado. Supongo que irás a Washington para la aprobación de las confiscaciones.
– Sí -dijo Stern.
El cargo de intimidación, por el cual el gobierno despojaría a Dixon del negocio en el cual había invertido una vida, requería la aprobación de Washington. Stern tendría que solicitar una audiencia en el Departamento de Justicia. Los burócratas de Washington a veces actuaban con mayor contención que el fiscal federal, aunque era poco probable que mostraran mucha piedad en este caso.
Tooley y él terminaron de hablar con la vaga promesa de llamarse de nuevo. No era habitual que Mel fuera tan servicial. Habitualmente había un plan oculto, dos o tres, en realidad. ¿Era posible que estuviera siguiendo órdenes de Sennett? Sí, pero resultaría difícil desorientar a Stern en cuanto al testimonio del yerno. Tal vez el hecho de que Stern se enteraría inevitablemente explicaba la franqueza de Mel. Al comprender esto, Tooley quería tener el mérito de ser el primero en dar la noticia. Stern tamborileó en el escritorio con los dedos y cogió un puro. Últimamente se había acostumbrado a tenerlos entre los dedos, sin encenderlos, sin llevárselos a los labios. Dixon tendría que pensar seriamente en declararse culpable. En casos así, lo mejor a que se podía aspirar era a una aplastante multa para reducir el período de cárcel. Aunque tuviera bienes ocultos en las islas, muchos de los patrimonios visibles corrían peligro: la casa de piedra, los coches con chófer. Dixon querría salvar lo que pudiera, por el bien de Silvia. Tal vez Stan aceptara la entrega de una suma determinada -millones de dólares- y la renuncia de Dixon a los negocios en vez de todos los bienes.
Entretanto, Stern tendría que llamar a Kate y John y llevarlos a cenar en cuanto hubiera pasado la presentación ante el gran jurado. Los descarríos de Dixon habían desorganizado la vida de toda su familia. Stern quería asegurarse de que su hija y su yerno supieran que estaba dispuesto a olvidar todo esto. Si Dixon decidía plantar cara al gobierno, Stern lo ayudaría a buscar otro abogado; era el momento propicio. Pero ni siquiera eso sería una solución total. Resultaba difícil imaginar una reunión familiar con Silvia, con su marido en prisión, sentada frente a John. Stern ahogó un sollozo de angustia. Todos recordarían ese año.
La enfermera de Nate que condujo a Stern hasta el consultorio le resultaba conocida: había visto esa sonrisa tímida y esa figura esbelta en alguna otra parte. Mientras la enfermera se alejaba, Stern la observó tratando de ubicarla, hasta que Nate lo invitó a sentarse en un sillón de cuero marrón.
Se conocían desde hacía veinte años, pero de inmediato se creó un ambiente tenso. Se preguntaron, convencionalmente, cómo estaban, y luego guardaron silencio. Stern nunca había estado allí y este hecho parecía enfatizar la naturaleza inusitada del encuentro: las caras correctas, el lugar equivocado. El consultorio era mucho más amplio que el de Peter, amueblado al estilo Ethan Allen, como el hogar de los Cawley, con un imponente empapelado de rayas verdes verticales y un enorme reloj con forma de candado en una pared. Nate, con su bata blanca, se mecía en una silla alta detrás del macizo escritorio de castaño. Al fin se irguió y fue al grano.
– Quiero que sepas, Sandy, que voy a iniciar los trámites de divorcio.
Stern aguardó un instante. No estaba desconcertado por la noticia, sino por el hecho de que Nate se la comunicara.
– ¿Me estás pidiendo consejo, Nate?
– No, pero si tienes alguno lo aceptaré.
– No -dijo Stern, y tras pensar un instante, añadió perversamente-: Podría salirte caro. -Nate agitó la mano en el aire: no tenía importancia. Nate podía pagarlo. Stern apretó las mandíbulas-. ¿Se lo has dicho a Fiona?
– No exactamente. Quería que tú lo supieras primero.
– ¿Yo?
– Tú -repitió Nate. Jugó con los adornos del escritorio, un abrecartas con hoja de ónix, un pisapapeles a juego, y al fin entrelazó las manos-. Sandy, no me importa lo que ocurrió entre tú y Fiona.
– Entiendo.
– Ella me lo contó.
– Ya veo.
Stern apoyaba los pies en el suelo y las manos en el regazo. Hasta ahora resistía mejor de lo que hubiera esperado.
– Encontré correspondencia tuya en el cuarto de baño de nuestro dormitorio hace unas semanas. Entonces terminamos por sincerarnos.
– ¿Correspondencia mía? -preguntó Stern, pero entonces comprendió a qué se refería Nate: la nota de Marta, la que Stern había llevado esa noche al salir de la casa.
Días atrás había buscado la carta, pues no podía comunicarse por teléfono con Marta y se preguntaba cuándo llegaría.
– Como te he dicho, no me importa -repitió Nate-. En serio. Parece extraño decirlo, pero es así.
– Muy bien.
– Te acostaste con Fiona… bien, así son las cosas.
Nate abrió las manos generosamente.
Stern había aferrado ambos brazos del sillón, hundiendo los dedos en los tachones; tal vez temía que los muebles echaran a volar. ¿Se había acostado con Fiona? ¿Qué le había dicho ella? Al parecer el instinto vengativo de Fiona la había llevado a exagerar. ¿Pensaba que un empate permitiría que ella y Nate empezaran de nuevo? No, tal vez no. Fiona simplemente se había soltado, abandonando toda cautela, para regodearse en su mayor placer, la represalia: quiero ver qué cara pone ese bastardo.
– ¿Debo responder? -preguntó al fin.
– No tienes por qué hacerlo.
– Porque, para decirlo con suavidad, Nate, no has recibido una descripción exacta. -Stern hizo una pausa al comprender el dilema-. No es verdad, Nate, que me haya tirado a tu esposa. Sólo lo intenté. -Ésa no hubiera sido una defensa muy conmovedora. Por otra parte, Nate no le creyó. De nuevo alzó la mano.
– Escucha, Sandy, no se trata de eso.
¿De qué se trataba? Stern, erguido en el asiento, contempló a Nate, quien no tuvo temple para sostener la mirada. Siempre había considerado a Nate una persona de poca malicia: una persona con dotes para curar, con ese sosiego que muchas mujeres tomaban por amabilidad masculina. Aún opinaba lo mismo, a pesar de sus momentos de cólera. Nate no deseaba causar daño. En cambio, lleno de sentimientos cálidos e impulsos ocultos, iba de un lado a otro destrozando vidas como bandejas de porcelana en un armario. Se había criado en Wyoming y había ido a la gran ciudad como estudiante de medicina. A veces aún desempeñaba el papel de patán confundido. Con los años, Stern había decidido que esa pose ocultaba pereza, blandura, debilidad de espíritu. Por eso sucumbía tan fácilmente a la tentación femenina y mantenía su insatisfactoria vida con Fiona. Lo mismo sucedía ahora. A todas luces le convenía la fácil solución que presentaba la presunta confesión de Fiona. Stern le adivinó los pensamientos: has jodido con mi esposa y no me importa. Ahora quítamela de encima y separémonos en paz. Ni siquiera pensaba en Clara: suponía que ese secreto estaba oculto y olvidado. Se ocupaba sólo del presente. Podía deshacerse de Fiona de un plumazo y de la forma más fácil. Se lavaría las manos y seguiría adelante.