El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
Sonó el teléfono.
– Stern.
– Papá.
Era Marta.
Ella y Kate habían terminado de ordenar. Pronto irían al aeropuerto y se preguntaban si Stern querría comer con ellas antes del vuelo. Esperaban hablar también con Peter. Stern, ansioso de ver a Kate, accedió. Fue a la otra sala para ver si Sondra podría ayudarlo en caso de que Remo fuera a juicio y para pedirle una segunda opinión del caso.
Cuando Stern regresó a la oficina, Dixon esperaba en el sofá color crema. Llevaba una chaqueta cruzada y calcetines amarillos, y fumaba un cigarrillo con los pies levantados. Estaba bronceado y relajado, la frente se le estaba pelando. El asombrado Stern sólo entonces reparó en el juego de llaves tirado en el sofá. Se había olvidado de dar una llave a Dixon.
– Silvia dice que has roto con tu novia. Creí que eras más inteligente, Stern. Es una chica interesante.
Esa semana Stern había recibido varias críticas similares, pero no le interesaba comentar el asunto y menos con Dixon, quien sólo quería distraerlo.
– Dixon, ¿te he dicho alguna vez que eres mi cliente más difícil?
– Sí. -Dixon tiró las cenizas. Tenía el cenicero de cristal al lado, en el sofá-. ¿Qué ocurre?
– Muchas cosas.
Dixon miró la hora.
– Tengo diez minutos. El coche está abajo. Tengo una reunión en La Guardia a las nueve de la noche. Llevo dos años trabajando en este asunto y se va al garete en una semana. Te lo juro.
Stern examinó secamente al cuñado y se sentó al escritorio.
– Irás a la cárcel, Dixon.
– No, no iré. Para eso te contraté a ti.
– Yo no puedo cambiar el pasado. No entiendo tus motivos, pero sí las pruebas. Es hora de considerar las posibilidades.
Dixon comprendió de inmediato.
– ¿Quieres que me declare culpable? -Apagó el cigarrillo, clavando en Stern sus ojos amarillos y amenazadores. Evidentemente se sentía atacado-. ¿Crees que soy culpable?
Se trataba de otro elemento de su pacto tácito. Dixon no mencionaba los hechos; Stern se reservaba los juicios. Le sorprendía que aun ahora le costara tanto expresarse, pero no había modo de evitarlo.
– Sí -respondió. Dixon se humedeció los labios-. Dixon, este asunto está cobrando proporciones catastróficas. John ha recibido inmunidad y testificará ante el gran jurado la semana próxima.
Incluso Dixon quedó desconcertado por la noticia.
– ¿Y qué dirá?
– Que obedeció órdenes tuyas… cada pedido ilegal de Kindle provino de ti. Él fue una tonta oveja descarriada. Supongo que puedes imaginar el testimonio.
– ¿John te dijo esto?
– Dixon, como sabes, no puedo hablar con John acerca de este asunto.
– ¿Quién te lo dijo? ¿Su abogado? ¿Cómo se llama? ¿Toomey? Creí que habías dicho que era una víbora. Quizá te esté mintiendo para ayudar a sus viejos amigos.
– ¿Acerca del testimonio de mi yerno? Creo que no. No, en este caso Tooley ha actuado como debía. Persuadió a John de que defendiera sus propios intereses. Es joven. Tiene una esposa embarazada. Nadie, Dixon, le aconsejaría que rechazara la inmunidad. Nadie -añadió Stern enfáticamente.
– No lo creeré hasta que John me lo diga. -Dixon irguió la barbilla y dio una calada al cigarrillo-. Pude tener un millón de razones para hacer esos pedidos.
Stern sabía que bastaría con que le preguntara una para que Dixon callara por un tiempo.
– Además -continuó Dixon-, me has dicho que tienen que demostrar que gané dinero con estas operaciones. Dijiste que las ganancias se trasladaron a esa cuenta… ¿cómo se llama?
– Wunderkind.
– No encuentran los documentos -concluyó Dixon.
– Creo que los han localizado.
Dixon se levantó de repente. Se acomodó los pantalones y se acercó al escritorio para mirar la caja fuerte, donde Stern, por costumbre, había apoyado el pie.
– No lo creo -dijo Dixon, con una sonrisa pícara.
Stern buscó su citación en el escritorio. Dixon la leyó con detenimiento y al terminar estaba menos eufórico.
– ¿Cómo averiguaron dónde estaba?
– Ellos tienen su propia historia, pero sospecho que a través del mismo medio por el cual supieron todo lo demás: el informante. Tal vez fuiste imprudente al comentar este asunto.
– La única persona que estaba al corriente del traslado era Margy, pues ella extendió el cheque a los tíos del transporte. Ya te lo había dicho.
¿Lo había dicho? En tal caso, Stern lo había olvidado. El detalle no había parecido relevante entonces. Dixon estaba releyendo la citación.
– Esta cosa es para hoy -comentó.
Stern le refirió la entrevista.
– No permitirás que consigan la caja, ¿verdad?
– Seguiré las instrucciones que me des, Dixon, mientras Marta y yo convengamos que está dentro de la ley.
– ¿Qué quieres decir?
– Puedo esgrimir el secreto entre abogado y cliente.
– ¿Y?
– Dudo que puedan obligarme a declarar acerca de nuestras conversaciones.
– ¿Y la caja?
– Es una compleja cuestión legal, Dixon.
– ¿Pero?
– Sospecho que al final, Dixon, tendré que presentarla.
Dixon soltó un silbido. Encendió otro cigarrillo.
– Mira, Stern, cuando la mandé aquí dijiste que esos bastardos no podrían conseguirla.
– Te dije, Dixon, que tus documentos personales estarían más seguros.
– Vale -admitió Dixon-. Es personal. Todo lo que hay ahí es personal.
Stern meneó la cabeza.
– Si yo digo que es personal -masculló Dixon-, tú no tienes por qué decir lo contrario.
– No -dijo Stern. No iba a fingir que nunca había practicado la ley de ese modo, pero durante muchos años se había permitido el lujo de una conciencia limpia y no tenía interés en ser compinche de Dixon-. No hay modo de pensar, Dixon, que los documentos internos de la compañía relacionados con la cuenta Wunderkind no pertenezcan a la empresa. Margy los tendría que haber presentado la semana pasada.
– Por amor de Dios -suspiró Dixon. Se levantó y se quitó la chaqueta de botones dorados. Llevaba una camisa de rayas verticales oscuras, abierta en la garganta, exhibiendo el vello blanco del pecho; tenía los brazos gruesos, bronceados por el sol-. Déjame pasar.
Dixon rodeó el escritorio de Stern, se arrodilló para recoger la caja y echó a andar.
– Dixon, esta citación está dirigida a mí, no a ti, y debo obedecerla. No puedes llevarte la caja de esta oficina.
Con la caja entre las rodillas, Dixon enfiló hacia la puerta, encorvado como un simio.
– Dixon, me colocas en una posición imposible.
– Lo mismo digo.
– Marta es muy sagaz, Dixon. Mucho más que yo. Podemos presentar mociones. Con una apelación, podremos mantener a raya al gobierno durante unos meses. Prometo que resistiremos con todos los medios legales.
– Perderás. -Dixon tenía poco aliento, pero continuaba caminando-. Ya has dicho que no tienes cómo defenderme.
– Dixon, por Dios. Esto es una locura. Estás diciendo que el gobierno no tiene ningún otro modo de demostrar que controlaste esa cuenta.
Dixon dejó la caja en el suelo y dio media vuelta.
– ¿Qué otro modo tendría para demostrarlo?
– Seguro que lo hay -sugirió Stern sin convicción. Por un instante pensó en mencionar el cheque que Dixon había extendido para cubrir el déficit de la cuenta Wunderkind, pero dominó este impulso. Durante la vertiginosa noche en el bosque había hecho una promesa irrevocable. Al margen de lo que hubiera ocurrido después, no faltaría a su palabra. A lo sumo podía ser indirecto-. Es evidente, Dixon, que la solicitud de cuenta no puede ser el único modo de determinar que eras responsable de la cuenta. Tal vez John lo sepa.
Dixon escudriñó a Stern en silencio. Al fin meneó la cabeza con lentitud, un gesto de absoluto rechazo.
– No va más -dijo.