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El peso de la prueba

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– Y luego dile que quiero saber, con todo respeto, si ha perdido el juicio. Transmítelo tal cual -finalizó.

Claudia reía mientras tomaba nota; Stern siempre la divertía.

Stern colgó el teléfono y aceleró a través del tráfico. El reloj del coche señalaba las seis y dos minutos. Urgente y personal. ¡Sí! Echó a volar.

El Volkswagen amarillo estaba en la calzada circular de la casa de Stern. Lo vio mientras se acercaba a más velocidad de la conveniente. Tardó un instante en distinguir a Sonny. Estaba sentada en la escalinata de pizarra, las piernas abiertas para descansar el vientre, la cara hacia el soclass="underline" la señorita Natural, como se había llamado el mes pasado. Stern no se molestó en dejar el coche en el garaje. Aparcó y echó a andar por la calzada de buen talante.

Éste era, pensó, uno de esos momentos clave de la vida, parte de una progresión infinita, como cualquier otro momento, pero con gran potencial para el cambio. Últimamente se había enfrentado a muchos cambios, pero estaba preparado. Hacía más de treinta años que no sentía nada parecido, pero lo reconoció de inmediato. Había cruzado una frontera y ambos aguardaban en los bordes de la genuina intimidad, no la mera interacción social ni el intercambio de opiniones, sino la penetración de los límites personales más estrictos. Allí, esperando ese tránsito final, sintió la plena complejidad y misterio de la personalidad de esa mujer. Oh, no sabía nada de las circunstancias que la habían moldeado. Ambos procedían de rincones diferentes de la tierra, épocas diferentes. Pasarían años antes que él reconociera la huella de la experiencia que la marcaba, cada capa, como las páginas amontonadas de un libro. Pero su corazón anhelaba esa tarea y él confiaba en que aún le quedaran las energías necesarias. Toda metáfora trillada y sensiblera parecía indicada. La perspectiva lo mareaba, lo embriagaba.

– Qué inesperado placer -dijo sonriendo, mientras ella se ponía en pie, sacudiéndose la falda y parpadeando al sol.

Stern había tendido las manos para abrazarla, cuando de pronto captó su mirada aguda e intensa, que lo detuvo en seco; al instante comprendió que había cometido un error. Ella extrajo un sobre blanco y se lo tendió como una advertencia, o quizá como una defensa.

– No he venido por placer, Sandy, sino para darle esto. -Aún sostenía el sobre-. Quise hacerlo en persona.

Él se quedó rígido. ¿Cómo había dicho Sonny? Después de los cuarenta, había comprendido que nadie era siquiera normal.

Stern cogió el sobre. Tendría que haber sabido de qué se trataba sin dudarlo siquiera, pero aun así lo abrió torpemente y estudió el documento. Era una citación del gran jurado redactada por Sonny, cuyas iniciales figuraban al pie. Investigación 89-86. Lo leyó tres o cuatro veces antes de comprender. Estaba dirigida al propio Stern; lo habían citado para comparecer el jueves a las diez de la mañana y allí debía presentar «una caja fuerte transportada hacia el 3 de abril desde el edificio de MD Clearing Corp., y todos los objetos en posesión, custodia o control de usted contenidos en la susodicha caja en el momento de recibirla». Ella había marcado ambos casilleros del formulario: Stern tenía que declarar y presentar ese objeto. Al leer, comprendió que se hallaba ante otro desastre inminente.

– Debo decirle -prorrumpió Sonny- que estoy muy enfadada.

– Oh, Sonny. Es un malentendido. Por favor, entre un momento -invitó Stern mientras subía la escalinata.

– Sandy, es inútil.

– Un momento -insistió él.

Entraron en el vestíbulo. La casa estaba oscura y fresca.

– Sonny, estoy obligado por problemas de inmunidad, desde luego -dijo Stern, queriendo decir que no podía repetir nada de lo que le había dicho Dixon-, pero creo que usted ha interpretado muy mal todo esto.

– Sandy, yo en su lugar no diría mucho. No sé dónde terminará este asunto, pero no quiero tener que testificar. No puedo seguir el juego con tanta dureza como ustedes. Todos ustedes.

– Sonny, no hay ningún juego.

– ¡Oh, por favor! ¿Cómo puede decir eso? Usted me aseguró que iba a buscar esos documentos cuando en realidad los tenía en la oficina desde el principio. Y yo me dejé convencer. Eso es lo que me resulta increíble. ¿Sabe qué he pensado todo el día…? ¿Qué era tan importante como para justificar un viaje de ciento cincuenta kilómetros? ¿Qué hubiera hecho con esos documentos si le hubiera dicho que toda la posición del gobierno dependía de ellos?

Stern entreabrió la boca al advertir lo que ella le decía: lo estaban acusando. Se desplomó en la silla que tenía detrás.

– Ha interpretado mal -repitió.

– Interpreto muy bien. Creí que usted era mi amigo.

– Soy su amigo.

– Pamplinas. Los amigos no se hacen esto. No importa quiénes sean sus clientes. ¿Quiere saber qué averigüé?

Él asintió tímidamente, temiendo que ella se enfureciera y se negara a hablar si él demostraba mucho interés.

– Esta mañana llegué de buen humor y Kyle Horn me estaba esperando. Él también había pasado un agradable fin de semana. Examinó todos los cheques de MD que esa fulana presentó ante el gran jurado la semana pasada. Adivine qué descubrió. Un cheque enviado desde la oficina de Chicago de su cliente a una compañía de transporte de aquí, con una pequeña nota al pie: «DH – personal». ¿Tal vez DH intenta ocultar algo?

De nuevo Margy, pensó Stern. ¿Horn había sido muy exhaustivo o alguien le había dado una pista sobre lo que podía encontrar en esos fajos de cheques?

– Así que, naturalmente, quiere una citación del gran jurado, va a la compañía de transporte antes del mediodía, regresa con el albarán de embarque y la pone en mi escritorio. «¿Qué me cuentas?», me dice. «Tu ídolo.» No soy ingenua, Sandy. Entiendo que usted tiene un trabajo que hacer. Pero al parecer le importa un rábano la posición en que me deja a mí.

– Oh, Sonny, me importa muchísimo.

Su tono plañidero la desconcertó.

Ella lo miró un instante, como si sopesara su sinceridad. Al fin hizo una mueca y enfiló hacia la puerta.

– Mi cliente -anunció Stern- no regresará hasta el jueves.

Ella meneó la cabeza.

– No pida una postergación, porque Sennett no la otorgará. Yo tampoco. Usted, la caja fuerte y todo lo que contiene estarán ante el gran jurado el jueves por la mañana.

– Es imposible sin consultar antes a mi cliente.

– Entonces será mejor que se consiga un abogado, Sandy. Lo digo en serio. Esto no es divertido ni simpático. No se ponga en una posición vulnerable ante Sennett. -Se contuvo-. Cielos, lo estoy haciendo de nuevo. Mire, necesita un abogado.

– ¿Un abogado? -preguntó Stern.

Sonny pareció oír el ruido primero y dio media vuelta para mirar hacia la escalera. Stern no había sospechado que quizá no estuvieran solos, pero reconoció el peinado ondeante y la bata aun antes de distinguir la cara, tan semejante a la suya, sobre la balaustrada.

– ¿Quién necesita un abogado? -preguntó Marta.

34

A continuación siguió una escena breve y confusa al pie de la escalera. Stern, sumido en un torbellino emocional, se sintió irritado con Marta, quien había irrumpido de golpe sin anunciarse. Marta, que no aceptaba las críticas a la ligera, se defendió enérgicamente, le recordó que le había enviado una carta y que hacía veinte años que entraba en la casa con las mismas llaves.

– Llamé a Kate. Me dijo que te había dejado un mensaje anoche. ¿Ni siquiera pones el contestador?

El abatido Stern optó por no responder. Al fin reparó en Sonny, quien parecía anonadada por este imprevisto estallido de emociones familiares. Hizo las presentaciones, mientras Marta, con su típica familiaridad, le quitaba el papel de la mano.

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