El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
Se agachó de nuevo y cogió ambos lados de la caja.
– Dixon, si comparezco sin la caja o una explicación acerca de su desaparición, la juez Winchell me pondrá bajo custodia policial.
– Oh, no te pondrán entre rejas. Todos creen que caminas sobre el agua.
– Dixon, insisto.
– Yo también.
– Entonces debo renunciar a ser tu abogado.
Dixon reflexionó un instante.
– Pues renuncia -replicó al fin.
Irguió los hombros, soltó un resuello y levantó de nuevo la caja fuerte.
– Dixon, estás cometiendo una infracción federal ante mis propios ojos. Además, yo estoy implicado en ella. Me estás obligando a notificar al gobierno.
Cerca de la puerta, Dixon miró por encima del hombro con ojos huraños y desafiantes.
– Dixon, hablo en serio. -Stern se dirigió al teléfono y marcó el número de la fiscalía. Era improbable que respondieran a esa hora-. Sonia Klonsky -dijo Stern, mientras el teléfono seguía sonando.
Dixon soltó la caja. Tenía la cara roja y jadeaba para recobrar el aliento. Stern colgó y Dixon agitó la mano con disgusto. Se dirigió al sofá y se guardó los cigarrillos y las llaves en un bolsillo de la chaqueta. Apuntó a Stern con el dedo pero no le quedaba aliento para hablar, así que se marchó sin añadir nada más.
37
Stern había convenido en reunirse con sus hijos en The Bygone, uno de esos restaurantes que pertenecían a una cadena con locales en todas las ciudades importantes del país. El de Dallas tenía el mismo aspecto que el de Kindle: faroles de hierro forjado, vasos con forma de campana y tarjetas con gatitos pegados bajo las mesas. El restaurante se erguía sobre un risco que daba a la red de autopistas cercana al aeropuerto del condado. Atascado en el tráfico, Stern lo divisaba a kilómetros de distancia.
El aeropuerto era ahora lo que el río había sido para Kindle un siglo atrás, un punto de confluencia para las exigencias del comercio. Grandes edificios de oficinas -formas romboidales de cristal rutilante- se elevaban donde quince años atrás sólo había campos; enormes depósitos con puertas onduladas y varios hoteles de cemento se erguían al borde del camino, y en la carretera abundaban anuncios de otros proyectos que estarían en marcha hasta finales de siglo. El tráfico era denso a todas horas. Stern, en el embotellamiento, apagó la radio del Cadillac para pensar en Dixon.
Tal vez, pensó Stern, rastreando el problema hasta sus raíces, si Silvia se hubiera sentido más segura tras la muerte de la madre, habría encontrado a Dixon menos atractivo. Stern había hecho lo posible y realizó atentos planes para ambos. Había vendido algunos muebles de la madre y dos anillos para obtener dinero, y al otoño siguiente la universidad de Easton, el centro pastoral de la educación privilegiada del Medio Oeste, se había convertido en refugio de los huérfanos Stern. Silvia, buena estudiante, adelantada en la escuela como el hermano, pudo seguir los cursos gracias a una beca completa; él asistió a la facultad de derecho gracias a su servicio en el ejército. Stern, para economizar y mantener sus contactos, vivía en el apartamento de la madre en Du Sable; se desplazaba en tren todas las mañanas, mientras que Silvia pronto fue invitada a inscribirse en un colegio mayor.
Para conseguir dinero, Stern volvió a trabajar para Milkie, un sujeto tuerto y emprendedor que casi siempre andaba en una camiseta sin mangas y vendía tarjetas perforadas. Las tarjetas perforadas eran atracciones menores utilizadas por los comerciantes de los pueblos; por diez centavos, los clientes raspaban la tarjeta para arrancarle unas tiras de papel y leían un chiste o, con menor frecuencia, ganaban una lavadora o un televisor. Los viernes por la mañana, Stern cargaba un viejo camión que le daba Milkie con nuevas tarjetas y los premios de la semana anterior, y ponía la cuarta para recorrer las carreteras de las praderas, visitando tiendas para entregar la mercancía y dividir las ganancias. Cuando regresaba el domingo, Silvia había tomado el tren y estaba en el apartamento de la madre, preparando la cena. Éstos eran momentos agradables y expansivos. Él llegaba con el polvo de varios estados en el traje y ansiaba la compañía de su hermana, esas horas en una familia de dos.
Un domingo por la noche hizo girar la llave y encontró a Silvia sentada a la mesa del comedor con Dixon Hartnell, todavía de uniforme. De paso por la ciudad, con permiso, Dixon había buscado el domicilio de Stern, y Silvia lo había invitado a entrar. Ella afirmaba que había recordado el nombre de Dixon, pero no había modo de cerciorarse. Silvia se enamoraba de todos los amigos universitarios de Stern, y al primer instante se notaba que esos dos jóvenes de agradable aspecto se atraían mutuamente.
Stern se horrorizó al ver a Dixon, parte del pasado, junto a su preciosa hermana. Aún tenía ese lustre de traje barato, y tras haber sido herido en Corea mientras comandaba a otros hombres, era en todo caso más atrevido. Stern lo trató con corrección formal y después de la cena se despidió pensando que no lo vería más.
La correspondencia entre Dixon y Silvia comenzó con prudencia, con una nota donde él agradecía la cena. Stern nunca pensó en sugerirle que no respondiera. Ocho meses después, cuando Dixon reapareció, matriculado en la universidad, se había convertido en romance. Stern nunca había vigilado a su hermana y no sabía cómo poner fin a esa desastrosa relación, aunque se erizaba de rabia cuando los dos estaban juntos en su presencia, y apenas hablaba con Dixon. Al fin estalló una crisis cuando Stern prohibió a Silvia que se trasladara a la universidad para estar con Dixon. Ella aceptó la orden en silencio, pero tres meses después anunciaron su boda. Silvia y Dixon contestaron a cada objeción de Stern: Dixon se convertiría al judaísmo, Silvia no abandonaría el colegio, Dixon, a quien de todos modos no le interesaba estudiar, dejaría la universidad y buscaría trabajo en una casa de corretaje. Stern abandonó su contención y denunció a Dixon: un oportunista, un farsante, una quimera. Ellos mantuvieron su resolución. Un domingo Dixon se presentó a cenar y suplicó a Stern que asistiera a la boda: él entregaría a la novia y sería el padrino. «No podemos hacer esto sin ti. Somos la única familia que todos tenemos», explicó Dixon.
Cuando Dixon terminó su curso para convertirse al judaísmo, Silvia y él se casaron bajo un dosel. Stern estaba detrás de los novios. Rompió a llorar en medio de la ceremonia, sin poder contenerse. No se había portado nunca así delante de otros, pero esa circunstancia lo había agobiado: tenía veinticuatro años y estaba totalmente solo. Fue entonces cuando la búsqueda de una esposa cobró importancia.
En cuanto a Dixon y Silvia, años después era imposible saber quién tenía razón y quién no. Silvia disfrutaba de las comodidades que al fin obtuvo y de la admiración que Dixon le profesaba; pero a veces sufría un intenso dolor, cuando averiguaba las aventuras del esposo. Dada la situación, nunca se atrevió a criticar a Dixon ante Stern, excepto durante un breve período en que echó a Dixon de la casa. Una noche Stern fue a su casa y encontró a Silvia y Clara ante la mesa del comedor. Estaban bebiendo jerez y la mirada de Clara le advirtió que algo andaba mal. La compungida Silvia habló de inmediato con el hermano.
– Siempre creí que todo era porque quería hijos -dijo, ofreciendo su propia explicación para las infidelidades de Dixon. Esa esterilidad que los médicos no podían explicar había sido la aflicción de Silvia durante esos años; a menudo hablaba de ello con Clara, pero sólo en privado, pues Dixon se sentía demasiado humillado como para soportar la idea de que otros lo supieran-. Pero él se aprovecha de ello. Siempre lo ha hecho. Ni siquiera advertí que había mentido al rabino hasta que se quitó los pantalones la noche de bodas.
Este comentario resultó misterioso por un instante y luego ultrajante. Las revelaciones parecían formar ondas, no alrededor de Silvia sino de Stern. Se le estaba comunicando algo, pero no atinaba a interpretar el mensaje. Para entonces había realizado varias competencias deportivas con Dixon. En repetidas ocasiones había estado con él en varios vestuarios de club. Dixon no disimulaba, sino que actuaba abiertamente. Debía de haber supuesto que entre hombres, criaturas del presente, ese ritual secular se podía considerar bárbaro o anticuado. Nunca se sabía qué pensaba Dixon. Pero desde luego no creería que Stern no había caído en la cuenta de que Dixon no estaba circuncidado.