El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
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– Es una citación -observó.
– La ayudante Klonsky me la acaba de entregar.
– ¡Otra vez! -exclamó Marta, recordando el día de los funerales-. Son ustedes increíbles. ¿No saben lo que es una oficina? -Avanzó hacia Sonny-. Lárguese.
– Oh, cielos. -Stern alzó la mano y la tendió desesperadamente hacia Sonny, pero ella ya estaba en la puerta y sólo se despidió diciéndole: «El jueves»-. Caramba, Marta, qué modales.
– ¿Quieres decir que esto te alegra?
– Marta, son circunstancias muy complicadas.
Su hija ladeó la cabeza burlonamente y cambió de expresión.
– ¿Es tu novia?
– ¿Novia? -preguntó Stern. Confundido, atinó a preguntarle quién le hablaba de sus novias. Resultó ser una reacción en cadena. Maxine había llamado la noche anterior a Kate, después de charlar con la madre; Marta había hablado con Kate esa tarde, porque Marta no estaba allí como habían previsto. Kate dijo que no se encontraba bien, pero que Stern esperaría a Marta, pues ella le había dejado un mensaje. El resto había surgido durante la charla.
– ¿Es ella? -insistió Marta.
Profundamente turbado por toda la situación -Sonny, la citación, la imagen de una red femenina de tam-tam que transmitía sus problemas a horas tardías de la noche-, Stern no pudo contener su irritación. ¿Por qué sus jóvenes hijos se concedían el privilegio de ser irreverentes, incluso groseros?
– ¿Te parece que se encuentra en estado de ser mi novia?
Marta se encogió de hombros. Quién podía saberlo. Quién sabía de ética a fines de siglo.
Stern decidió cambiar de tema y preguntó por Kate.
– Dice que no es nada grave. Está cansada. Pero la noto muy alterada. ¿Está pasando algo?
– Ay, Marta -respondió Stern, abrazando al fin a la hija, que lo estrechó con gusto.
Le preguntó qué tal había ido el viaje y si tenía hambre. Decidieron salir a comer.
– ¿Qué es esto? -preguntó Marta, mostrando la citación.
– Supongo que tendría que llamar a alguien.
– Puedo representarte -se ofreció Marta-. He tenido un par de clientes con citaciones de un gran jurado. Nada como esto, pero tú podrías indicarme qué hacer. No tengo gran experiencia en los tribunales, pero me encantaría intentarlo. Tengo licencia aquí.
Ya lo creo, pensó Stern, por no mencionar tres estados más. No obstante, la idea le resultaba atractiva.
Acostumbrado a actuar en solitario, Stern nunca se sentiría cómodo del todo con uno de sus competidores. A los abogados penales les encantaban los chismes. No deseaba ver un mordaz artículo periodístico sobre su visita al gran jurado.
– Trae la citación -dijo Stern-. Hablaremos mientras comemos.
Marta subió un momento. Había cosas de Clara que había descubierto esa tarde, mientras hurgaba en los cajones, y quería que Stern las viera.
– Es un camafeo que tu abuelo Henry le regaló cuando tenía dieciséis años. Hacía años que no lo veía.
Stern sostuvo el colgante ante la luz plateada de la mesa. Bajo el mismo fulgor débil, Marta estudió la silueta femenina.
– Es hermoso.
– Sí. Henry tenía buen ojo para estas cosas.
– Es extraño que nunca nos lo haya obsequiado a ninguna de nosotras. ¿No crees?
Tal vez no podía separarse de él o le recordaba al padre. Acaso lo guardaba para la primera nieta. Le irritaba pensar que Clara tenía algún plan que había quedado sin cumplir. Le preguntó a Marta qué más había descubierto.
– Esto es asombroso. -Marta miró en su enorme bolso y sacó una bola de papel de la cual extrajo un espléndido anillo de zafiro. La piedra era muy grande, flanqueada en ambos lados por una hilera de diamantes, contra un trasfondo de platino u oro blanco.
– Vaya -dijo Stern. Era uno de esos objetos tan lujosos que actualmente incluso el seguro resultaba prohibitivo. Estudió atentamente el anillo-. ¿Dónde encontraste estas cosas?
– Había una cajita japonesa de laca en el fondo del segundo cajón. Supongo que era su lugar íntimo o algo así. -Marta tocó el anillo-. ¿No sabes dónde lo consiguió? Parece antiguo.
Su lugar privado, pensó Stern. ¿Podría Nate haberle comprado un regalo tan generoso? Una vez más tuvo la sensación de que la tierra se le deslizaba bajo los pies al descubrir los secretos de Clara. Cerró los ojos, aguijoneado por la culpa. Oh, era un sujeto mezquino y suspicaz.
– Éste es sin duda el anillo que tu madre recibió la primera vez que se comprometió.
– ¿Comprometió?
Stern sonrió.
– ¿No sabías que tu madre se casó conmigo después de un rechazo?
– Claro que no -dijo Marta-. Cuéntame. Ha de ser una historia sabrosa.
Se había inclinado sobre la mesa y la camarera tuvo que indicarle que se irguiera para servirle la cena. El establecimiento se llamaba Balzini's y era un restaurante vistoso de Riverside, con ambiente italiano, chimeneas falsas y manteles de lino carmesí. La carne era aceptable. Él siempre sería hijo de Argentina y sabría disfrutar de un trozo de carne asada, pero no era la elección que esperaba en Marta. Al parecer, sin embargo, ella había descubierto que servían una generosa ensalada.
Stern mencionó a Hamilton Kreitzer y añadió que el noviazgo había terminado de repente, pero no contó nada más. Si Clara no había querido compartir con sus hijos esa parte de su pasado, él no era quién para revelarlo. La intimidad de Clara constituía ahora el tesoro final y más valioso de su esposa.
Al mismo tiempo, Marta era la menos proclive a dejarse desconcertar por las revelaciones. Marta, cuyas relaciones con Clara fueron bastante difíciles, en cierto aspecto la conocía mejor. Stern recordaba a Marta a los cuatro o cinco años, junto a la madre, en el fregadero, cuestionando cada hábito: ¿Por qué pelas las zanahorias? ¿Por qué te lavas las manos antes de tocar la comida? ¿Y si saliéramos al jardín y comiéramos las verduras arrancándolas de la tierra? ¿Cómo te pueden hacer daño gérmenes que ni siquiera vemos? Sin cesar. La paciencia de Clara se agotaba al fin. «¡Marta, por favor!» Pero esto inducía a la niña a intensificar el interrogatorio. A veces, Clara terminaba por irse de la habitación.
Al conocer desde pequeña las debilidades de la madre, Marta era menos propensa a reverenciar a Clara que sus hermanos y veía a la madre con mayor distanciamiento. Sus observaciones no eran halagüeñas. Con el tiempo Stern había logrado evaluar el rumbo de las opiniones de Marta. Tal vez su visión de la madre se sintetizara en una palabra: débil. Marta no valoraba gran cosa el reino doméstico de Clara, la música, el jardín, las funciones en la sinagoga y las meriendas. Consideraba que la madre era una criatura poco activa que se refugiaba de turbulencias internas y externas detrás de sus modales dignos y sus hábitos elegantes, que carecía de espíritu para enfrentar las cosas. Marta medía el mundo por los valores del padre: acción, éxito. Su madre no era emprendedora y eso la disminuía ante sus ojos. Con el tiempo habían logrado una relación que se podía describir como aceptable. Los reproches de Marta herían a Clara. Aun así, permanecía disponible para ella. En el universo de los desastres emocionales -Peter y su padre, por ejemplo-, Marta y la madre habían logrado una componenda. Reconocían y reverenciaban, a pesar de sus reservas, un mundo común de afectos.
– ¿Éste era su corazón roto? -preguntó Marta, tocando el anillo que sostenía el padre.
– Quizá. ¿Así la veías? ¿Una persona con el corazón roto?
– No sé. A veces. -El juicio, como la mayoría de las observaciones de Marta, lo afectó profundamente, pero ella continuó, sin reparar en ello-: Resulta difícil pensar en vosotros vacilando o teniendo amoríos frustrados. De niña, yo pensaba lo mismo que todos los pequeños: que concordabais perfectamente, que estabais hechos el uno para el otro. Tonto, ¿eh? -Marta alzó los ojos tímidamente, mirando al padre por un instante. Sin duda, con el tiempo Marta también había desarrollado una visión despiadada del matrimonio de sus padres. Stern sospechaba que ello había contribuido a su ambigüedad ante los hombres, sus relaciones inconstantes. De pronto Marta miró a lo lejos, llevada por los recuerdos-. Una noche, cuando yo tenía once o doce años, me senté en la cama, en la oscuridad. Kate dormía, hacía calor y el viento agitaba las persianas. Yo pensé: «Está allá afuera. Ese hombre único, perfecto». Ese pensamiento resultaba muy excitante. -Cerró los ojos y agitó la cabeza, dolorida-. ¿Alguna vez has pensado algo parecido?