La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– No sé cómo voy a remediarlo -dijo la señorita Ophelia-; me resultan desagradables, sobre todo esta niña; ¿cómo puedo evitar sentirme así?
– Parece que Eva lo hace.
– ¡Pero ella es tan cariñosa! Aunque, después de todo, sólo se parece a Jesucristo -dijo la señorita Ophelia-. Quisiera parecerme a ella. Puede enseñarme una lección.
– Si fuera así, no sería la primera vez que un niño enseñara a un discípulo mayor -dijo St. Clare.
CAPÍTULO XXVI
No llores por aquellos que el velo del sepulcro ha tapado a nuestros ojos en la mañana de la vida [43].
El dormitorio de Eva era una habitación espaciosa que, como todas las demás habitaciones de la casa, daba al amplio porche. La habitación se comunicaba, por un lado, con la de sus padres y, por el otro, con la ocupada por la señorita Ophelia. St. Clare había seguido sus propios gustos a la hora de amueblar este cuarto en un estilo que guardaba una peculiar armonía con la personalidad de su destinataria. En las ventanas colgaban cortinas de muselina blanca y rosa, el suelo estaba cubierto por una moqueta que había mandado hacer en París, según un dibujo diseñado por él mismo con una cenefa de capullos y hojas de rosa en las orillas y rosas abiertas en el centro. La cama, las sillas y los sofás eran de bambú, trabajado en unas formas bellas y fantásticas. Sobre la cabecera de la cama había una peana de alabastro donde se alzaba la escultura de un hermoso ángel con las alas recogidas, que sostenía una corona de laurel. Aquí se sujetaban unas ligeras cortinas de gasa rosada a rayas, que servían de protección contra los mosquitos, un accesorio indispensable en todos los dormitorios en ese clima. Los elegantes sofás de bambú estaban repletos de almohadones de damasco de color rosa y por encima de ellos, prendidas de las manos de figuras esculpidas, colgaban cortinas de gasa parecidas a las de la cama. Había una mesa ligera de formas caprichosas en el centro de la habitación, sobre la que se erguía un jarrón de mármol de Paros que estaba tallado en forma de azucena blanca rodeada de capullos, que se mantenía siempre lleno de flores. Sobre esta mesa yacían los libros y los pequeños tesoros de Eva, junto con una magnífica escribanía de alabastro, que le había comprado su padre una vez que la vio empeñada en mejorar su caligrafía. Había una chimenea en el dormitorio y sobre su repisa se alzaba una preciosa figura de Jesús rodeado de niños, con dos jarrones de mármol a cada lado, que Tom se enorgullecía y deleitaba en llenar de flores cada mañana. Las paredes estaban adornadas con dos o tres exquisitos cuadros de niños en diferentes actitudes. En resumen, no se podían posar los ojos en ningún sitio sin encontrarse con imágenes de infancia, de belleza y de paz. Los pequeños ojos de su dueña nunca se abrían a la luz de la mañana sin tropezar con algo que le llenaba el corazón de pensamientos hermosos y sosegadores.
Las fuerzas engañosas que habían animado a Eva durante algunos breves días se escapaban rápidamente; se oían cada vez menos sus ligeras pisadas en el porche y se la encontraba cada vez más a menudo reclinada en un pequeño canapé junto a la ventana abierta, con los grandes ojos profundos fijos en las olas de las aguas del lago.
Era a mediados de la tarde y se encontraba reclinada en este lugar, su Biblia medio abierta y sus dedos transparentes inertes entre las páginas, cuando de pronto oyó la voz de su madre hablando con tono agudo en el porche.
– ¿Qué haces ahora, desvergonzada? ¿Qué nueva travesura? Conque cogiendo flores, ¿eh? -y Eva oyó el sonido de un fuerte bofetón.
– ¡Caramba, ama! Son para la señorita Eva -oyó decir a una voz que reconoció como la de Topsy.
– ¡Para la señorita Eva! ¡Bonita excusa! ¿Crees que ella quiere tus flores, negra inútil? ¡Lárgate de aquí!
Eva se levantó inmediatamente del canapé y salió al porche.
– ¡No, mamá! Quiero las flores; dámelas, por favor. ¡Las quiero!
– Pero, Eva, tu cuarto ya está lleno.
– No puedo tener demasiadas -dijo Eva-. Topsy, tráelas aquí, ¿quieres?
Topsy, que estaba de pie de mal humor con la cabeza gacha, se acercó a ella y le ofreció las flores. Hizo esto con un aire de vacilación y timidez, muy diferente del descaro y la audacia que antes le fueran habituales.
– ¡Es un ramo precioso! -dijo Eva al verlo.
Era un ramo bastante singular: un geranio de brillante color escarlata y una sola camelia blanca, con sus hojas satinadas. Estaba preparado con claro gusto en cuanto al contraste de colores, y la posición de cada hoja había sido cuidadosamente estudiada.
Topsy parecía contenta cuando Eva dijo:
– Topsy, arreglas muy bien las flores. Toma -dijo- este jarrón que no tiene flores. Me gustaría que me preparases un ramo para él todos los días.
– ¡Qué raro! -dijo Marie-. ¡Ya me dirás para qué quieres algo así!
– No importa, mamá; a ti te da igual que lo haga Topsy, ¿verdad?
– Por supuesto, lo que tú quieras, querida. Topsy, ya has oído a tu joven ama; a ver si le haces caso.
Topsy hizo una pequeña reverencia y bajó la mirada; y al darse la vuelta, Eva vio deslizarse una lágrima por su negra mejilla.
– Verás, mamá, yo sabía que Topsy quería hacer algo por mí -dijo Eva a su madre.
– ¡Tonterías! Sólo es porque le gusta hacer travesuras. Sabe que no debe coger flores, y por eso lo hace; no hay más. Pero si a ti te gusta que las coja, así sea.
– Mamá, creo que Topsy es diferente de cómo solía ser, intenta ser buena chica.
– Tendrá que intentarlo durante mucho tiempo si quiere ser buena ella -dijo Marie con una risa displicente.
– Bueno, pero ya sabes, mamá, la pobre Topsy siempre lo ha tenido todo en contra.
– No desde que está aquí, desde luego. Se le ha hablado y predicado y se ha hecho todo lo que se podía hacer por ella; y está igual de desagradable, y siempre lo estará. ¡Nunca conseguirás hacer nada bueno de esa criatura!
– Pero, mamá, es tan diferente que te eduquen como a mí, con tantos amigos y tantas cosas para que seas buena y feliz; y ¡ser educada como ella lo ha sido toda su vida hasta que llegó aquí!
– Es muy probable -dijo Marie con un bostezo-. ¡Vaya, vaya, qué calor hace!
– Mamá, ¿verdad que tú crees que Topsy podría convertirse en ángel, igual que cualquiera de nosotros, si fuera cristiana?
– ¡Topsy! ¡Qué idea más ridícula! No se le podía ocurrir a nadie más que a ti. Pero supongo que es verdad.
– Pero, mamá, ¿no es Dios padre de ella tanto como nuestro? ¿No es Jesús su salvador?
– Puede ser. Supongo que Dios creó a todo el mundo -dijo Marie-. ¿Dónde están mis sales?
– ¡Ay, qué lástima, qué lástima! -dijo Eva, mirando el lejano lago y hablando a medias para sí.
– ¿Qué es una lástima? -preguntó Marie.
– Pues que alguien, cualquiera, que podría convertirse en ángel reluciente y vivir entre los ángeles, ¡pueda caer y caer sin que nadie le ayude! ¡Vaya por Dios!
– Bien, nosotros no podemos remediarlo; no vale la pena preocuparse, Eva. No sé qué se puede hacer; deberíamos estar agradecidas por las ventajas que tenemos.
– Yo no puedo -dijo Eva-. Me da tanta pena pensar en los pobres que no tienen ninguna.
– Eso es muy raro -dijo Marie-. A mí la religión me hace estar agradecida por mis ventajas.
[43] «Weep not for Those», poema del poeta irlandés Thomas Moore (1779-1852). [Nota de Stowe.]