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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)

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La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
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Jagang se rió ente dientes de forma amenazadora y sacudió la cabeza. Las diminutas trenzas en las comisuras de la boca se agitaron.

— Y ése soy yo.

Ulicia a punto estuvo de decirle que fuera de una vez al grano, pero se lo pensó dos veces. No tenía ninguna gana de ver qué haría cuando acabara de hablar. Necesitaba tiempo para que se le ocurriera una idea. Así pues, inquirió:

— ¿Cómo sabes todo eso?

Jagang arrancó una tira de grasa chamuscada del asado y la fue mordisqueando al mismo tiempo que respondía.

— En una ciudad sepultada de mi patria, Altur’Rang, hallé un archivo de épocas arcaicas. Es irónico pensar cuán útiles han sido los libros a un guerrero como yo. El Palacio de los Profetas posee asimismo libros de inmenso valor, para quien sepa usarlos, claro. Qué lástima que el Profeta haya muerto, pero os quedan otros magos.

»Un retazo de magia de la antigua guerra, una especie de escudo, pasó de su creador a todos los descendientes de la Casa de Rahl nacidos con el don. Se trata de un vínculo que protege la mente de las personas y me impide entrar en ellas. Richard Rahl ha heredado el vínculo y ya ha empezado a usarlo. Es preciso neutralizarlo antes de que aprenda más.

»Y también a su prometida. —Su rostro adquirió una expresión lejana y meditabunda—. La Madre Confesora me infligió un pequeño revés pero mis involuntarias marionetas del norte le ajustarán las cuentas. Por culpa de su estúpido fanatismo han causado complicaciones, aunque pronto empezaré a tirar de los hilos. Y cuando lo haga, bailarán al son que yo toque. Esa cuña está profundamente metida. He invertido muchos esfuerzos en doblegar los acontecimientos a mi beneficio, para que Richard Rahl y la Madre Confesora acaben comiendo de mi mano.

»Veréis —prosiguió, mientras estrujaba entre los dedos un gran pedazo del lechoncillo asado—, Richard es el primer mago guerrero que nace en los últimos tres mil años, aunque eso ya lo sabíais. Un mago de ese tipo sería para mí un arma de inapreciable valor. Él puede hacer cosas impensables para cualquiera de vosotras, por lo que no quiero matarlo, sino controlarlo. Cuando deje de serme útil, lo mataré.

El emperador hizo una pausa para lamer la grasa del lechón de sus anillos.

— Controlar es más importante que matar. Por ejemplo, os podría haber matado a vosotras seis, pero en ese caso ya no me serviríais de nada. Mientras os domine no representáis ninguna amenaza para mí. Al contrario, me podréis ser útiles de muchas, muchas maneras.

Con la punta del cuchillo señaló a Merissa.

— Todas habéis jurado vengaros de él, pero tú, querida, has jurado bañarte en su sangre. Tal vez te dé esa oportunidad.

Merissa palideció.

— ¿Cómo… puedes saber eso? Lo dije estando despierta.

— La próxima vez que me quieras ocultar algo —replicó Jagang, regocijándose del pánico que se pintaba en la faz de la Hermana— te recomiendo que no sueñes sobre lo que has dicho estando despierta.

A través de la conexión Ulicia notó que Armina estaba a punto de desmayarse.

— Por supuesto, primero os meteré a las seis en vereda. Tenéis que aprender quién controla ahora vuestras vidas. —Con el cuchillo señaló a los silenciosos esclavos situados a su espalda—. Seréis tan obedientes como ellos.

Entonces Ulicia observó a las personas medio desnudas distribuidas alrededor del emperador y, al fijarse bien, tuvo que reprimir un grito. Todas las mujeres eran Hermanas, peor aún, en su mayoría eran Hermanas de las Tinieblas. Con un rápido vistazo comprobó que no todas ellas estaban allí. Por su parte los hombres, en su mayoría jóvenes magos que habían sido liberados después de completar su entrenamiento en palacio, eran los que habían prestado juramento al Custodio.

— Algunas son Hermanas de la Luz y me sirven bien por miedo a lo que pueda hacerles si me decepcionan. —Con dos dedos Jagang se acarició la delgada cadena de oro que iba de un anillo en la nariz a otro en la oreja—, pero mis preferidas son las Hermanas de las Tinieblas; todas están ahora bajo mi control, incluso las de palacio. —Ulicia se sintió desfallecer—. Tengo intereses en el Palacio de los Profetas. Intereses muy importantes.

Extendió los brazos y la luz de las llamas arrancó destellos a las cadenas de oro que le colgaban sobre el pecho.

— Ahora todas me obedecen. ¿No es cierto, queridas? —preguntó clavando su impenetrable mirada en las esclavas situadas contra la pared.

Janet, una Hermana de la Luz, se besó el dedo anular con lágrimas en los ojos. Jagang se rió. Su anillo relució a la luz de las llamas cuando la apuntó con un grueso dedo.

— ¿Veis? Le permito que lo haga, pues de ese modo no pierde sus vanas esperanzas. Si se lo impidiera, se suicidaría porque no teme a la muerte como aquellas que han jurado servir al Custodio. ¿No es así, Janet, querida?

— Sí, excelencia —respondió la Hermana con voz temerosa—. Vos poseéis mi cuerpo en esta vida pero cuando muera mi alma pertenece al Creador.

Jagang rió de nuevo; era un sonido malsano y chirriante. No era la primera vez que Ulicia lo oía, y sabía que ella lo volvería a provocar.

— ¿Veis? Lo tolero para mantener mi control. Naturalmente, como castigo tendrá que servir una semana en las tiendas. —Janet se encogió ante la oscura mirada del emperador—. Pero eso ya lo sabías antes de decirlo, ¿no es así?

— Sí, excelencia —contestó Janet con voz trémula.

Los tenebrosos y turbios ojos de Jagang se fijaron de nuevo en las seis Hermanas plantadas frente a él.

— Prefiero a las Hermanas de las Tinieblas porque tienen sobradas razones para temer la muerte. —De un gesto partió un faisán por la mitad. Los huesos se quebraron con un ruido seco—. Han fallado al Custodio, a quien han entregado su alma. Si mueren, no tienen escapatoria. Si mueren, el Custodio se vengará de ellas por su fracaso. —El hombre lanzó una carcajada grave, resonante y burlona—. Así pues, si me disgustáis hasta el punto de ganaros la muerte, estaréis en manos del Custodio por toda la eternidad.

Ulicia tragó saliva.

— Lo entendemos… excelencia.

Ante aquella mirada de pesadilla Ulicia se olvidó incluso de respirar.

— Oh no, Ulicia, creo que aún no lo entendéis. Pero cuando acabe con las lecciones, entonces seguro que sí.

Sin apartar de Ulicia su angustiosa mirada, sacó a rastras de debajo de la mesa una hermosa mujer de rubia cabellera. La mujer hizo una mueca de dolor cuando Jagang la alzó por el pelo con su poderoso puño. Iba vestida igual que las demás. A través del transparente tejido Ulicia entrevió magulladuras amarillas antiguas y otras más recientes de color morado. La mujer mostraba un cardenal en la mejilla derecha y otro enorme, reciente y de color azul negruzco, en la mandíbula izquierda junto con una línea de cuatro cortes infligidos por los anillos de Jagang.

Era Christabel, una de las Hermanas de las Tinieblas que Ulicia había dejado en palacio a fin de que preparasen el terreno para su regreso. Pero, al parecer, ahora preparaban el terreno para la llegada de Jagang, aunque Ulicia no lograba comprender qué podía querer el emperador del Palacio de los Profetas.

— Ponte al frente —le ordenó Jagang, señalando con la mano.

La hermana Christabel bordeó corriendo la mesa para situarse ante Jagang. Rápidamente se arregló la alborotada melena y se secó la boca con el dorso de la mano antes de ejecutar una reverencia.

— ¿En qué puedo serviros, excelencia?

— Bueno, Christabel, tengo que enseñar a estas seis Hermanas su primera lección. Y para ello —prosiguió, arrancando tranquilamente la otra pata del faisán— debes morir.

Christabel inclinó la cabeza.

— Sí, excel… —Al comprender lo que acababa de decir el emperador se quedó paralizada. Ulicia se percató de que las piernas le temblaban al erguirse, pero no osó protestar.

Con la pata de faisán Jagang apuntó a las dos mujeres sentadas ante él sobre la piel de oso, que se alejaron gateando. El hombre esbozó su truculenta y burlona sonrisa antes de decir:

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