El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
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– Háblame de tu viaje -insistió Stern.
Ella describió la calurosa y desolada Texas. Uno conducía a cien por hora en las carreteras y las torres de la ciudad se erguían a lo lejos en el trémulo calor y nunca parecían acercarse.
– Te has portado mal mientras he estado fuera -dijo Helen.
Estaban en la cocina. Helen preparaba una ensalada y Stern intentaba ayudarla mientras bebía vino.
– ¿Yo?
– Anoche llamé y respondió el contestador. A las once.
Ella enarcó las cejas.
– Estaba trabajando -dijo Stern-. El caso de Dixon -añadió para reforzar la excusa. Había intentado hablar con Dixon todo el día. Quería que regresara ya. Tras telefonear varias veces a la casa de la isla, había llamado a Elise, la secretaria de Dixon, quien podía ponerse en contacto con Dixon las veinticuatro horas del día, como si fuera el presidente. Pero hoy Dixon estaba inaccesible, perdido bajo el sol del Caribe. Tal vez había tomado la sabia decisión de no regresar nunca o, con mayor realismo, quería disfrutar sin trabas del último hálito de libertad. Sin duda Dixon sabía que sus problemas eran graves. Tenía una buena razón para alejarse.
Entretanto, Stern estaba en la cocina de Helen, y aunque no le mentía, eludía la verdad. ¿Hasta qué punto? No sabía qué hacer. En esos momentos sentía un intenso calor. Tarde o temprano su resistencia se vendría abajo, buscaría a Sonny y cometería una locura. Ese día no había podido hacer nada. Se había sentado, boquiabierto, los ojos cerrados, evocando todas las imágenes con el corazón acelerado. Estaba irremediablemente fascinado por ella. ¿Pero qué haría con el presente? ¿El mundo? Aquí estaba la decente, capaz y amable Helen. ¿Cómo la trataría?
No tenía planes, excepto un vago rechazo a compartir la cama con ella esa noche, quizá por decencia, o quizá porque no podía tolerar nuevos estímulos.
Como de costumbre, Helen había preparado una magnífica comida, ensalada de camarones, la favorita de Stern, con verduras y patatas. Quería que éste fuera un reencuentro memorable. La semana anterior, hablando de Miles, Helen había dicho como por casualidad que al divorciarse no había imaginado la posibilidad de casarse de nuevo. No había ningún énfasis, pero sin duda intentaba destacar que ese estado de ánimo era agua pasada.
Stern había comprendido, pero había tenido la prudencia de dejar pasar el comentario. Ahora tendría que maniobrar con discreción para distanciarse.
Comieron y charlaron. Aun en medio de su tormento y su excitación, Stern agradecía la constante afabilidad. Apartó las patatas con el tenedor.
– Pero si te gustan -dijo Helen.
La cara de Stern ocultó un mundo de emociones demasiado difícil de expresar.
– Estoy pensando en hacer régimen -admitió.
– ¿Régimen? -Helen dio un mordisco, masticó una vez y lo examinó con atención. Un destello de inteligencia le cruzó los ojos. Stern sintió que se le hacía un nudo en el estómago. ¿Por qué diablos había llegado a pensar que esa mujer no era inteligente?-. Yo tenía razón. Estás viendo a una persona más joven, ¿verdad, Sandy?
¿Ahora qué? ¿Por qué a menudo la mentira es la verdad? ¿Viendo? Oh, sí, estaba viendo. En el aire, en el cielo. Una proyección holográfica. Estaba viendo a alguien más joven, constantemente.
– Sí -admitió, tras unos segundos de silencio.
Helen le clavó los ojos.
– Mierda -dijo. Transcurrió un momento y añadió-: Bueno.
A Stern no se le ocurría una sola palabra de consuelo.
– Podré resistirlo -suspiró ella.
Lengua, habla. Sólo atinaba a mirar.
Helen se levantó de la mesa.
La encontró en la cocina, la bonita cocina que Miles le había construido antes de buscar la libertad.
La barbilla erguida, Helen miraba por la ancha ventana el cielo del anochecer, parcialmente oculto por un manzano que semanas atrás había florecido con todo esplendor. Él se acercó por detrás y le tocó los hombros.
– Helen.
Ella le cogió las manos.
– Sabía que esto era prematuro. Debí dejar que lo superaras todo.
– Helen, por favor, no…
– ¿No reaccionas exageradamente?
– Helen, esto no es…
– Sí, lo es. Estás enamorado. -Se volvió para mirarlo a la cara-. ¿O no?
Él cerró los ojos sin responder.
Ella se volvió y se apretó el puño contra la nariz. Se esforzaba desesperadamente para no llorar.
– Estoy actuando como una harpía.
– Claro que no -la consoló Stern.
– Tú no prometiste nada -dijo Helen, mirándolo-. ¿Qué edad tiene?
Él pensó en eludir la respuesta y desistió.
– Cuarenta -dijo-. Cuarenta y uno. -Encinta. Con un solo pecho. Casada. Y no está interesada en mí. Por un instante se sintió avergonzado de tanta locura.
Helen se encogió de hombros.
– Al menos estás cuerdo.
Él contuvo un gruñido.
Al fin regresaron a la mesa. Él no ofreció detalles de su nueva relación y Helen valientemente se negó a preguntar. Le contó que Maxine, después de ese encuentro con Kate, había señalado que la hija de Stern parecía cansada; no tenía el fulgor de las mujeres embarazadas.
Stern pensó de inmediato en Sonny y sintió una punzada al ver lo rápidamente que había olvidado a la hija.
En cuanto se hubo tomado el café, Stern fue a buscar el sombrero. En la puerta, abrazó a Helen, quien lo retuvo un instante.
– Supongo que no te enfadarás si te digo que no quiero verte, ¿verdad? -preguntó ella-. Dadas las circunstancias.
– Claro que no.
Él la besó fugazmente, salió al aire nocturno y caminó hacia el coche acuciado por el remordimiento. Estaba perdiendo el control. Había abandonado lo mejor de su vida actual para satisfacer una fantasía adolescente. Pero a pesar de la angustia, estaba de buen talante. Otro lazo cortado. Había mil más, pero su propósito era claro. Estaba dispuesto a superar todos los obstáculos. Se sentía gallardo como un caballero. Caminó avenida abajo con paso resuelto, lleno de dolor y de la euforia de la libertad, de sueños salvajes e improbables.
32
El lunes fue un día de comunicaciones imprevistas.
La primera esperaba a Stern cuando éste llegó a la oficina. Había llamado el doctor Cawley, dijo Claudia, y había pedido verlo. Ella había cotejado horarios y le había concertado una cita a las cinco de la tarde en la oficina de Nate.
– El doctor dijo que era personal -informó Claudia- y que no deseaba verle en su casa. Eso es todo.
Personal y no en casa. De hombre a hombre, en otras palabras. Lejos de Fiona. Nate había rehuido a Stern durante meses. ¿Ahora quería una cita? Stern evaluó las posibilidades. ¿Acaso Fiona había hablado, tal como él sospechaba? ¿Nate y él tendrían un enfrentamiento? Tal vez Nate optara por liquidar el asunto: entregar el cheque a Stern y firmar una paz duradera. Por una vez sintió más curiosidad que angustia.
Más tarde también recibió noticias de Mel Tooley. Stern estaba al teléfono, intentando persuadir por última vez al fiscal Moses Appleton de ser más blando con Remo, cuando Claudia le pasó una nota donde decía que Tooley estaba en otra línea. Stern terminó su conversación con Moses de inmediato.
– Esto queda entre nosotros -dijo Tooley.
– Desde luego.
– Sennett es evasivo como un fantasma. Si se entera de que he llamado, perderá los estribos. Tú no has recibido esta llamada.
Stern volvió a asegurar a Mel que podía contar con su discreción.
– Mi cliente se enfrentará al gran jurado la semana próxima.
– Entiendo. ¿Puedo preguntar en qué condiciones?
– Inmunidad. Cartas. Órdenes tribunalicias. Se lo conseguí todo. No le negaron nada en la fiscalía.
– ¿Qué pronóstico hay para mi cliente?
– Malo.
– Ya veo.
– Muy malo. Hay un fajo de documentos y albaranes que mi cliente escribió y tu cliente le indicó cómo hacerlo, hasta el último detalle.