La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Nos condujeron a una mesa situada una fila por detrás de la pista de baile y no demasiado lejos del escenario. A juzgar por aquella ubicación, según me diría más tarde Judith, uno se percataba de que la madre de Charles tenía buenas influencias.
– Deberíamos ver a Adam -comentó Judith, escudriñando la muchedumbre-. Creo que le ha echado el ojo a la hija de un entrenador hípico.
– ¿Cómo ha podido entrar? -le pregunté.
Sonrió.
– Oh, sé que viene como reportero de hípica, pero es muy hábil con la gente. Ha logrado conseguir buenos contactos.
De nuevo aparecía aquella palabra.
Hubo un redoble de tambores, y un foco de luz se movió por toda la estancia hasta el maestro de ceremonias, un comediante australiano llamado Sam Mills que llevaba un traje de terciopelo rojo y un clavel blanco en el ojal de la solapa. Pidió que todo el mundo tomara asiento y comenzó diciendo: «Distinguido público, damas y caballeros, nuestra artista de esta noche tiene más capacidad pulmonar que Carbine y Phar Lap juntos…». El público se echó a reír. Charles se inclinó hacia mí y me susurró que aquéllos eran los nombres de dos de los mejores caballos de carreras australianos. Agradecí que me lo dijera, porque, de otro modo, no habría entendido el chiste.
Sam anunció que Louise Tricker había llegado a Australia después de una triunfante temporada en Las Vegas, y que todos debíamos «chocar una mano contra la otra para recibirla». Las luces disminuyeron de intensidad, y el foco se movió hacia Louise, que caminó lentamente por el escenario hasta tomar asiento frente al piano. Varias personas entre el público se quedaron boquiabiertas. Con un nombre como Louise, todo el mundo había pensado que se trataba de una mujer. Pero la corpulenta persona que estaba sentada ante el piano, con el pelo al cero y un traje a rayas, tenía que ser un hombre.
Louise presionó las teclas del piano y comenzó a cantar, sumiendo de nuevo al público en la confusión. Su voz era totalmente femenina. Antes de que hubiera terminado los primeros compases de su número de jazz, ya se había metido al público en el bolsillo. «Going my way, going only my way, not your way, my way», cantó mientras forzaba al máximo el piano y dejaba atrás al bajista y al percusionista. Tenía un estilo muy enérgico y, aunque yo había escuchado a músicos mejores en el Moscú-Shanghái, nunca había visto un artista con tanta presencia. Excepto, quizás, a Irina.
– ¿Qué tal están ustedes? -preguntó Louise después de su primer número. La mitad del público no dijo nada y la otra mitad gritó:
– ¡Estamos bien, Louise! ¿Y tú?
Judith se rió cerca de mi oreja:
– La gente de buena familia frente a los del teatro y a los aficionados a las carreras.
– ¿Qué tipo de artistas suelen actuar aquí? -le pregunté.
– Normalmente hay buenos espectáculos de cabaret y de variedades.
Louise comenzó un nuevo número, una pieza de ritmos caribeños. Me recliné en mi asiento y pensé en Irina. Si Chequers tenía espectáculos de cabaret, quizás ella podría presentarse a alguna audición. Era tan buena como algunas de las mejores estrellas de cabaret en Estados Unidos y Europa que habían actuado en el Moscú-Shanghái. Si a los australianos de un pueblo rural les había gustado, sin duda en Sídney la adorarían.
Después del último número, que combinaba una letra improvisada con música swing, Louise se levantó de un salto y saludó a un público que se había puesto en pie para ovacionarla. Independientemente de lo que pensaran sobre su aspecto, nadie podía negar que su actuación había sido excepcional.
A medianoche, una banda se instaló en el escenario y la gente se apresuró a saltar sobre la pista de baile, o bien porque les aliviaba que se hubiera terminado la actuación de Louise Tricker de aquella noche, o bien porque tenían un exceso de adrenalina corriéndoles por las venas y necesitaban desfogarse.
Contemplé a las parejas dando vueltas en la pista de baile, entre las que había algunos bailarines muy buenos. Me fijé en un hombre cuyos pies se deslizaban tan suavemente que el resto del cuerpo no se movía en absoluto y en una mujer tan liviana que su manera de moverse me recordaba a una pluma mecida por la brisa. La música romántica me devolvió el recuerdo del Moscú-Shanghái. Evoqué cómo Dimitri y yo habíamos bailado durante los últimos días, después de que le hubiera perdonado por su infidelidad con Amelia. Qué cercanos parecía que estábamos. Mucho más que cuando éramos más jóvenes o justo después de la boda. Me preguntaba si mi vida como refugiada hubiera sido más fácil de haberle tenido a mi lado. Me sobresalté. ¿No era ésa la razón por la que la gente se casaba? Para apoyarse mutuamente. Empezaba a pensar que todos y cada uno de los aspectos de nuestra relación habían sido un espejismo. ¿Cómo, si no, me había dejado con tanta facilidad?
– Hola -oí que saludaba una voz familiar. Levanté la mirada para ver a Adam Bradley sonriéndonos.
– ¿Te ha gustado el espectáculo? -le preguntó Charles.
– Sí -respondió-, pero no me sentiría demasiado seguro al lado de una mujer que pudiera ganarme en un combate de boxeo.
– ¡Oh, venga ya! -le dijo, entre risas, Judith-. ¿Qué ha pasado con la hija del jinete?
– Bueno -comentó Adam, mientras contemplaba mi vestido-. Esperaba que Anya bailara conmigo para ponerla celosa.
– Si su padre lo descubre, vas a conseguir que te rompa la nariz, Adam -le advirtió Judith-. Y solamente voy a dejar que Anya baile contigo porque es una buena oportunidad de exhibir el modelo que lleva.
Adam me condujo a la atestada pista de baile. Me deshice de mis tristes pensamientos sobre Dimitri. No tenía sentido arruinar la velada lamentándome por algo que no podría cambiar, además mi vestido, que atraía las miradas apreciativas de algunos de los otros bailarines, no me sentaría tan bien si ponía cara de pocos amigos. El color era atrevido en comparación con el resto de los vestidos blancos, negros o de colores pasteles, y la gasa brillaba como una perla bajo las luces de la pista de baile.
– De hecho -comentó Adam, mirando a su alrededor-, podría hacerle mucho bien a mi carrera que me vean contigo. Todo el mundo nos está mirando.
– Espero que no sea porque se me ha bajado la cremallera -bromeé.
– Espera un segundo, voy a comprobarlo -replicó, deslizando la mano por mi espalda.
– ¡Adam! -Alcancé su mano y me la volví a colocar en un lugar más decente-. Eso no era una invitación.
– Lo sé. -Sonrió abiertamente-. No quiero que Judith y Betty se me echen encima.
La banda empezó a tocar un número más lento, y Adam estaba a punto de comenzar a llevarme cuando escuché una voz detrás de nosotros que decía:
– ¿Me permite el siguiente baile?
Levanté la vista para ver a un hombre mayor de cejas cortas y una mandíbula cuadrangular que me estaba mirando. Su protuberante labio inferior le hacía parecer un simpático buldog. Los ojos de Adam casi se le salieron de sus órbitas.
– Ah, sí, sí, claro -respondió. Sin embargo, por el modo en el que se aferraba a mí, me di cuenta de que no le agradaba que le hubieran interrumpido.
– Me llamo Harry Gray -me dijo el hombre, llevándome con elegancia-. Mi esposa me envía con estrictas instrucciones de salvarla a usted de las garras de Adam Bradley y para averiguar quién ha confeccionado su vestido.
Señaló con la barbilla en una dirección detrás de nosotros. Miré a mi espalda para ver a una mujer sentada en una mesa cerca de la pista de baile. Llevaba un vestido color champaña con un corpiño bordado y su cabello gris recogido en un moño bajo.