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La gardenia blanca de Shanghái

Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:

En la pequeña ciudad china de Harbin, Anya Kozlova, una niña de trece años, vive rodeada del amor de sus padres, unos inmigrantes rusos que huyeron de su país tras la revolución bolchevique. Sin embargo, pocos meses antes del final de la segunda guerra mundial, su padre fallece en un trágico accidente y su madre, Alina, es deportada por las autoridades chinas a un campo de trabajo en Siberia. Sola, desesperada y sin ningún otro familiar al que recurrir, Anya se verá obligada a emigrar primero a Shanghái -una glamurosa ciudad en la que trabajará en la sala de fiestas más famosa del momento- para luego marcharse a la isla filipina de Tubabao, donde se encontrará con otros refugiados rusos, y, desde allí, preparar su posterior partida a la Australia de los años cincuenta, un país aún virgen y salvaje donde, tras muchos esfuerzos, logrará el éxito y reconocimiento personal. Testigo de una época dura, apasionante y decisiva en Europa y en el mundo, recorreremos con Anya continentes, países, paisajes y culturas, la veremos enamorarse, casarse y perderlo todo y asistiremos, también, a su lucha por responder a la única pregunta que da sentido a su vida, ¿qué le ocurrió a su madre?
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– No quiero que me mantengas cuando me las puedo arreglar por mi cuenta -discutió-. Quiero que ahorres tu dinero para que puedas retomar la carrera de cantante.

Fue Betty la que tomó las riendas de la situación.

– Sólo llevas en el país unas semanas, cariño -le dijo a Ruselina-. Se tarda un tiempo en conocer gente. Te saldrá más trabajo de costura con el tiempo. Anya y yo necesitaremos uniformes nuevos muy pronto, así que ¿por qué no los haces tú? Y luego, creo que a este piso le vendrían muy bien unas bonitas cortinas.

Más tarde, cuando estaba leyendo el periódico en la cocina, oí por casualidad que Betty le decía a Ruselina:

– No tienes que preocuparte tanto por ellas. Son jóvenes. Se las arreglarán. La cafetería está funcionando mejor que nunca, y todas vosotras tenéis un techo bajo el que guareceros. Estoy contenta de que estéis aquí.

La semana siguiente, Betty me dio una tarde libre, en lugar de una mañana, y la pasé en la terraza, leyendo una novela titulada Siete mendigos de Sídney, de una escritora australiana, Christina Stead. La encargada de la librería en el Cross me la había recomendado.

– Es intensa e impactante -me explicó-. De hecho, es una de mis favoritas.

Había sido una buena elección. El trabajo en la cafetería era tan agotador que, durante un temporada, me faltaba la energía hasta para leer. Pero aquella historia me devolvió uno de mis placeres predilectos. Aquella tarde, pretendía leer durante una hora y luego darme un paseo por los jardines botánicos, pero, después del primer párrafo, el libro me enganchó. El lenguaje era lírico, pero no demasiado difícil. Me dejé arrastrar por el fluir de la escritura. Pasaron cuatro horas y casi no me di ni cuenta. Entonces, por alguna razón, levanté la mirada y me llamó la atención el ventanal del estudio de Judith. Tenía expuesto otro vestido. Era un traje de fiesta de seda de color verde salvia, cubierto por una capa de tul.

«¿Por qué no se me ha ocurrido antes?», me dije a mí misma, dejando el libro a un lado y poniéndome en pie.

El rostro de Judith dibujó una sonrisa cuando abrió la puerta y me encontró en el escalón de entrada.

– ¡Hola, Anya! -me dijo-. Me preguntaba si vendrías alguna vez a visitarme.

– Siento no haberlo hecho antes -le respondí-, pero una amiga ha venido a vivir con nosotras y hemos estado ayudándola a instalarse.

Seguí a Judith a través de la entrada embaldosada hasta la habitación principal, donde había dos sillones dorados a cada lado de un espejo bañado en oro.

– Sí, Adam me lo ha contado. Una refinada señora mayor, según dijo.

– He venido a ver si podrías darle trabajo. Viene de una época en la que la costura era una noble forma de arte.

– Ah, eso suena bien -comentó Judith-. De momento, tengo bastantes cortadores y costureras, pero es bueno saber que hay alguien que me puede ayudar en los períodos más atareados. Dile que venga a verme en cuanto tenga una oportunidad.

Le di las gracias a Judith y contemplé los jarrones de cristal llenos de rosas sobre la repisa de la chimenea.

– Esta habitación es preciosa -señalé.

– El probador está por aquí. -Judith abrió unas puertas aba-tibies y me enseñó una estancia con una alfombra blanca y lámparas de araña colgando del techo.

Había dos sillas estilo Luis XV cubiertas de cretona rosa. Separó las cortinas de lamé dorado y entramos en una zona del estudio con una atmósfera diferente. No había cortinas en las ventanas, por lo que la luz de la tarde recaía directamente sobre los bancos de trabajo cubiertos de acericos y tijeras. Había un grupo de maniquíes de costura apoyados contra la pared trasera de la habitación, que daban la impresión de estar celebrando una reunión. Ya eran más de las cinco, por lo que el personal de Judith ya había acabado su jornada laboral y se había ido a casa. La estancia tenía un ambiente parecido al de una iglesia vacía.

– ¿Qué te parece si tomamos un té? -preguntó Judith, dirigiéndose hacia una cocinilla que había en la esquina-. No, tomemos un poco de champán.

La contemplé mientras colocaba dos copas sobre un banco de trabajo y abría el corcho de la botella de champán.

– En esta habitación me relajo mejor que en ninguna otra -comentó, echándose a reír-. La sala principal es más llamativa. Esta estancia me resulta más íntima.

Me tendió una copa, y el primer sorbo se me subió directamente a la cabeza. No había vuelto a beber champán desde el Moscú-Shanghái. Allí, en el estudio de Judith, aquellos días parecían haberse alejado una eternidad.

– ¿Ésos son tus últimos diseños? -le pregunté, señalando un perchero de vestidos con fundas de organdí.

– Sí. -Dejó a un lado la copa, cruzó la estancia y arrastró el perchero hacia mí. Bajó la cremallera de una de las fundas para enseñarme un vestido de encaje con mangas casquillo y un escote en forma de pico que se abría ampliamente para dejar al descubierto los hombros. El vestido tenía un forro de seda color bronce, lo cual lo hacía parecer tan caro como la parte exterior.

– La gente lleva enaguas rígidas -me explicó-, pero a mí me gusta que la tela caiga sobre el cuerpo, para que envuelva la figura como si fuera una cascada. Por eso necesito modelos con buenas piernas.

– Los bordados son bellísimos. -Recorrí con la punta de los dedos las cuentas plateadas del corpiño. Mi mirada recayó sobre la etiqueta del precio. Algunos australianos habrían considerado aquella cantidad como un depósito para una parcela de terreno. Recordé que, en Shanghái, yo compraba vestidos como aquél y ni siquiera me paraba a pensar en el precio. Pero, después de todo lo que había pasado, mis prioridades habían cambiado. Aun así, no podía evitar sentirme fascinada por aquella extraordinaria prenda.

– Tengo a una italiana que me ensarta las cuentas y a otras dos que confeccionan los bordados. -Judith volvió a colocar el vestido dentro de su funda y cogió otro para enseñármelo. Era un traje de noche con un cuello vuelto, el pecho era de color lavanda, el corpiño, color turquesa y la falda era negra con escarapelas a lo largo del dobladillo. Le dio la vuelta para enseñarme el suave polisón de la parte trasera.

– Éste es para una obra que se estrenará en el Teatro Real -me explicó, colocándose el vestido contra su propio cuerpo-. Me llega mucho trabajo de las compañías teatrales y también un poco de la gente que acude a las carreras de caballos. Ambos son mundos fascinantes.

– Parece que tienes una clientela interesante -observé.

Judith asintió.

– Pero me encantaría conseguir que las damas de la alta sociedad se pusieran mis vestidos, porque salen en las revistas todo el tiempo. Y también, porque suelen tener prejuicios contra los diseñadores australianos. Todavía piensan que es más prestigioso comprarse los vestidos en Londres o en París. Pero lo que tiene buena acogida en Europa no tiene necesariamente por qué traducirse en éxito aquí. A pesar de todo, los círculos tradicionales de alta sociedad son muy cerrados. Es difícil abrirse camino.

Me tendió el vestido.

– ¿Te gustaría probártelo?

– A mí me sientan mejor los diseños más sencillos -repliqué, dejando a un lado mi copa.

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