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Un Asesinato Literario

Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:

Tras el éxito alcanzado con las anteriores novelas de la misma serie, la escritora Batya Gur nos ofrece otra historia donde el inspector Ohayon entra en el turbio laberinto del mundo de las letras. Utilizando como escenario narrativo los ambientes literarios de la ciudad de Jerusalén, Batya Gur nos introduce con este nuevo thriller psicológico en un mundo sutilmente envenenado, en donde se pueden cumplir -en nombre del arte- incluso los crímenes más despiadados.
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En ese momento, Michael lo interrumpió para preguntarle si le había enseñado a Boris el libro enviado por Tirosh.

Tras un instante de silencio, Lowenthal dijo con bochorno que, sin saber cómo, había perdido el libro años atrás. Y añadió bajando la voz que en cierta ocasión le había dejado el libro a una persona que sabía hebreo y que no demostró demasiado entusiasmo por él. Por eso no le había importado demasiado perderlo, prosiguió en el mismo tono abochornado. Enmudeció un momento y luego dijo que aquel joven, Dudai, le había prometido enviarle un ejemplar.

Entonces Michael sacó de la cartera un libro que tenía preparado y se lo tendió a Boris sin decir nada. Boris acarició la portada con alborozada emoción antes de abrirlo y comenzar a hojearlo. Sólo se oyó entonces el crujir de las páginas.

Michael guardaba una vivida imagen de la perplejidad y la consternación que se pintaron en el rostro del enfermo al no encontrar las palabras conocidas, las palabras conservadas durante años y años y repetidas a diario como una oración. Dijo varias veces: «Esto no es…», y después:

– Ese muchacho, Dudai, me dijo que todo había ido bien, que todo había ido bien.

Michael imaginó cómo debía de haberse reprimido Iddo para no desvelar nada a Boris, y ni siquiera a Lowenthal.

Entonces se oyó la ronca voz de Zinger, recitando versos que le acudían a los labios en tropel. Michael escuchó de nuevo las conocidas y típicas imágenes de la poesía de Tirosh, así como el celebérrimo verso: «Al alba, se marchitaron en tu piel las violetas» declamado por la misma voz que en la cinta del laboratorio de Criminalística de Jerusalén. Un torrente de citas de «Apolo se me apareció junto a un árbol desgarrado» y del largo poema «Sobre el último primer hombre»: «Bajo la fina piel se esconden la carne cálida y la sangre…» y «En el amarilleante esqueleto del hombre vivo canta el polvo la canción de las sirenas», y después «Pues sólo un viento marchito puede ser el espíritu del hombre…»; a continuación Michael oyó su propia voz interrumpiendo apremiante el compulsivo caudal de versos con la pregunta:

– ¿Es eso lo que escribió Ferber?

Y el estallido de cólera del enfermo.

– ¿Qué es esto? -exclamó varias veces.

Luego se oyeron quejidos y sollozos.

Los finos labios de Lowenthal se fruncieron en rictus severo y, agarrando a Michael por el brazo, lo arrastró fuera de la habitación, al pasillo.

Con grave expresión en el semblante, Lowenthal solicitó una explicación de lo que había sucedido. Al final le preguntó a Michael si pesaba sobre Tirosh una sospecha de plagio y Michael asintió.

La cinta llegó al final.

Fue a mediados de los sesenta, le explicó Lowenthal a Michael en el comedor del elegante hotel, cuando se inició un flujo importante de manuscritos hacia el extranjero. Hasta entonces había sido un lento chorreo, algo esporádico. Los canales empleados se investigaban a fondo previamente. Había que cerciorarse de que la fuente no sufriría ningún perjuicio en la Unión Soviética y de que no era una encerrona. Lowenthal clavó el tenedor en un trozo de batata y se lo llevó a la boca. Continuó hablando sin haber terminado de masticarlo:

– Por eso resulta tan fantástica mi historia, y es que en 1956 yo estaba en las nubes. Si hubiera sabido lo que sé hoy, nunca se me habría ocurrido sacar clandestinamente de Rusia los manuscritos de Ferber. Sólo un lunático o un imbécil habría hecho lo que hice entonces.

Con la vista fija, se estremeció, y prosiguió hablando como si estuviera ante una comisión de investigación histórica: Hoy día contaban con diversos métodos para sacar los manuscritos, que no iba a entrar a analizar en detalle por motivos evidentes. Por ejemplo, dijo pasándose por los labios la blanca servilleta de hilo, en Italia había una red creada por un grupo católico antisoviético de izquierdas, con base en Milán. Uno de los miembros era bibliotecario en Bolonia, dijo Lowenthal vagamente. Personalmente, él sólo conocía a ese bibliotecario, que se las arreglaba para enviar y recibir correo de la Unión Soviética. Luego se lo remitía a Lowenthal, a su domicilio particular desde Bolonia, y, a su vez, él les informaba de la fecha exacta de recepción.

– ¿A quién informaba? -preguntó Michael.

Al bibliotecario de Bolonia. Además también informaba del estado del manuscrito y, tras mostrárselo a expertos rusos, le transmitía su opinión. Una vez establecido el contacto, empezaron a llegar muchos manuscritos a sus manos.

– No se lo va a creer -rió Lowenthal-, algunos llegaban en la valija diplomática del Vaticano. Los representantes del Vaticano en Moscú se encargaban de establecer los contactos. También hay otros medios, a través de periodistas, por ejemplo. Usan la valija diplomática de los representantes de su país en Moscú, a veces sin que se sepa en la embajada. Sus contactos en Estados Unidos se encargaban de pasarme a mí el material. A veces era un periodista y, otras, supongo que un agente de la CIA. O algún funcionario del Gabinete de Asuntos Rusos del Departamento de Estado.

»Además hay otro método -prosiguió con renovada energía tras dar buena cuenta del pollo que quedaba en su plato-. Las personas que viajan a Rusia con frecuencia, como una bióloga sueca conocida mía, Perla Lindborg. Iba a Rusia varias veces al año y me remitía el material desde Estocolmo. Si le he revelado su nombre es porque ya ha fallecido. Y había otra persona, un físico austriaco que enviaba el material desde Viena. Hay otra conexión vía Hong Kong, pero…

Lowenthal dirigió a Michael una mirada nostálgica y afirmó que había logrado que confiaran en él. Se había ganado su confianza después de que varios rusos le entregaran manuscritos sacados clandestinamente de la Unión Soviética.

– Quizá no esté al tanto de algunas cosas -dijo agitando un dedo en el aire-, ¿Sabía que la editorial de la YMCA de París publica manuscritos de los disidentes soviéticos?

Sin esperar respuesta, añadió que un editor antisoviético de Frankfurt publicaba obras que sacaba de Rusia y depositaba los derechos de autor en cuentas abiertas a nombre de los autores en un banco suizo. En 1972, Lowenthal fue a Frankfurt a entregar dinero a los contactos de allí. Quienes, a su vez, enviaron el dinero, procedente de los derechos de publicación, a la Unión Soviética, por una ruta secreta. A partir de entonces había quedado establecido que era digno de confianza. Cuando fue a Rusia en el 73, sabían que podían responder de Max Lowenthal al cien por cien. El propio Andrei Sajarov lo llamó para citarse con él. Ya nadie dudaba de él. ¿Por qué le estaba contando todo eso a Michael?, preguntó Lowenthal retóricamente.

– Para que comprenda cómo se ha refinado el sistema hoy día, la complejidad del proceso, y se dé cuenta de lo primitivo de mis métodos en el 56. Fui un temerario, un chapucero, no sabía nada de nada. Era mi primera visita a la Unión Soviética; ¿cómo iba a saberlo? Si me hubiera encontrado con los manuscritos de Ferber hace diez años, o quince, todo habría sido muy distinto. Pero en aquel entonces… No podrá creerme si le cuento lo que hice entonces. Me hice cargo de aquellas páginas pequeñas, rellenas apretadamente en letra menuda, sintiéndome el rey de los espías. La noche antes de salir del país, descosí la pretina de mis pantalones -y, a modo de demostración, se desabrochó el fino cinturón de cuero y le enseñó el forro de la pretina de sus pantalones-, aplasté bien los papeles -alisó el mantel para ilustrar sus palabras-, los embutí en la pretina y volví a coser el forro.

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