Электронная книга - «Un Asesinato Literario». Краткое содержание книги:
«¿Qué les hacía falta?» Michael oyó avergonzado su estúpida pregunta, de respuesta evidente, y rememoró la sonrisa benévola de Boris. Max Lowenthal había dicho: «¿Cómo? ¿Qué ha dicho?», y Boris Zinger tradujo la pregunta de Michael. Lowenthal se encargó de responderle: necesitaban trascender su situación, necesitaban algo que estuviera más allá de sus cuerpos, del frío, el hambre, los registros diarios, más allá del dolor. Allí se vivía una gran soledad, pero ellos, Boris y Anatoli, se tenían el uno al otro. Como si fueran hermanos. Más que hermanos, eran espíritus que se complementaban. Anatoli creaba y Boris recordaba. En aquellos tiempos apenas habían iniciado el camino; hoy día, en la Unión Soviética había docenas de personas copiando manuscritos, de manera que no todo dependía de una sola persona; pero en aquel entonces… Una vez más se oyó la risa de Boris, esta vez mezclada con sollozos, y Michael, que ya casi se sabía la cinta de memoria, hizo un ademán con el que parecía reconvenirse por su sentimentalismo.
– No digo que las musas no enmudezcan mientras truenan los cañones -dijo Max Lowenthal de pronto-, pero cuando todo ha quedado destruido, incluso sin cañones, cuando se vive en el mayor hacinamiento en un barracón, o en una celda, sin intimidad, cuando se sale a trabajar a oscuras y se vuelve de noche, cuando te someten a una vigilancia permanente, día tras día, año tras año, cuando descubres que tus pensamientos giran sobre el pan, el frío, el agotamiento…, entonces tu único refugio es una realidad externa. Primero fueron los poemas de Anatoli, y después Boris tuvo algo por lo que vivir: cuidar a Anatoli y memorizar su poesía. Cuatrocientos treinta y siete poemas. Luego Anatoli murió. De neumonía -Michael distinguía el acento estadounidense de Lowenthal aún en la grabación-. Boris no le contará nada de esto. Son cosas de las que no hablan -añadió con patetismo.
La grabadora emitió sollozos y murmullos en ruso, hebreo y yiddish: «Un espíritu noble…, un gran corazón…».
Michael oprimió el botón. Las voces callaron y él regresó al mundo corriente.
La oscuridad se había vuelto absoluta en el exterior. Las imágenes y sonidos de la jornada reverberaban en su cabeza. El acento sureño de los dos policías que aguardaban en el pasillo del hospital. Con gran alivio suyo, entendió todo lo que le decían. Le hablaban despacio, como si fuera corto de inteligencia además de extranjero. Se abstuvieron de hacer comentarios sobre su acento.
Rememoró la asombrosa estampa que había contemplado junto al gran hotel blanco. Al otro lado de la calle había una residencia de chicas, «una asociación estudiantil, sólo para mujeres», explicó Lowenthal haciendo una mueca.
Frente a la entrada del hotel, en un amplio porche, diez chicas formaban círculo en torno a una mesa redonda, sentadas en sillas de mimbre. Vestían holgadas faldas oscuras y tenían las manos calzadas con guantes blancos. Bebían a sorbitos en primorosas tazas. Michael y Lowenthal se detuvieron junto a la valla que protegía el porche circular de estilo sureño y observaron cómo diez meñiques estirados se alzaban en el aire a la vez que sendas tazas de té.
– Aquí en el sur se ve de todo -comentó Lowenthal secamente-. Siguen viviendo en el siglo pasado -y describió el ritual con que se celebraba la entrada en la mayoría de edad, a los dieciocho años: la «presentación» en sociedad. «Debutantes», dijo Michael, recordando el término con el que había denominado a aquellas jóvenes.
Él era de Boston, dijo Lowenthal con orgullo, y había decidido vivir en el sur y trabajar allí para el movimiento en pro de los derechos civiles.
– Éste es un buen ejemplo del tipo de tonterías contra las que lucho -dijo, señalando a las chicas del porche.
Una brisa mansa, agradable, ventilaba la habitación de Michael, pero en el aire seguía habiendo humedad. La belleza de la luna que se alzó sobre los magnolios le traspasó el corazón. Se había sentido todo el día como si estuvieran arrastrándolo a otro mundo contra su voluntad. Se despabiló y reanudó la escucha de las cintas.
– ¿Qué hizo después de la muerte de Anatoli? -se oyó preguntar en el tono quedo y cauteloso que había adoptado a lo largo de toda la entrevista.
Boris se había dedicado a recitar los poemas una y otra vez hasta que los fijó bien en su memoria. En último término, sabía que era el único testigo de los poemas, la única fuente, y era consciente de su valor, de su grandeza. La labor de su vida, su vocación, su misión, fue sacarlos a la luz. Y cuando le prolongaron la condena y lo trasladaron a un campo de las afueras de Moscú, lo invadió una honda inquietud.
Durante cinco años, dijo Boris, había cultivado la amistad de un hombre en aquel campo próximo a Moscú…, no era un preso, sino un trabajador, un fontanero analfabeto. Le había enseñado cosas, le había dado consejos sobre su vida amorosa y también le había sobornado con todos los medios a su alcance, regalándole cualquier cosa que llegara a sus manos o robara.
– No era más que un simple kulak -se disculpó Boris, con su fuerte acento ruso-, pero no tenía otra alternativa. En esos sitios se tarda años en conocer a alguien. Nadie confía en nadie. Todo el mundo está bajo sospecha. Además me temía que también yo moriría pronto. Y tomé mi espíritu entre las manos, como le gustaba decir a Anatoli, y le entregué los poemas al kulak. Ya sabe que en Rusia no se censura el correo nacional. Siempre que no estés preso, puedes enviar lo que quieras dentro del país. Le di la dirección de una persona a quien había conocido en mis tiempos de estudiante en Moscú, antes de que me detuvieran. Un recién llegado al campo me dijo que esa persona aún estaba en Moscú y que no había cambiado de dirección. Así que me arriesgué, con la esperanza de que mi antiguo conocido lograra pasar todo el material a alguien de Moscú que, a su vez, lo sacara del país.
– ¿Todos los poemas de golpe? -se oyó decir Michael.
No. Los repartió en diez paquetes, escribiéndolos en letra muy menuda. Una vez más se oyeron bisbiseos en yiddish. Luego toses de Boris y los intentos de Lowenthal de concluir la entrevista en ese punto, diciéndole a Michael que dejara descansar a Boris y que podría volver a hablar con él más adelante.
«¿No podría hacerme ahora un resumen de lo esencial?» No sin cierta vergüenza, Michael oyó su voz, y a continuación la impaciente respuesta de Lowenthaclass="underline" era él quien había recibido los poemas de manos de un estudiante judío de Moscú, en 1956, cuando empezaban a notarse los primeros efectos del deshielo. Era su primera visita al país.
– ¿En 1956? -preguntó Michael.
– Ya sé que parece extraño. Era muy pronto para alguien como yo, que no era comunista y ni tan siquiera pertenecía a ninguna coalición, pero fue mi dedicación a la lucha por los derechos civiles la que me llevó allí.
– ¿No estaría trabajando para la CIA, verdad?
– Por supuesto que no. Ni entonces ni nunca. Pero he comprobado que te pueden ocurrir las cosas más increíbles cuando no eres consciente de que son increíbles.
Desde Moscú había ido en avión a Viena, y allí, dijo con ojos relumbrantes, conoció a un joven de talento que más adelante se convertiría en un poeta de renombre en Israel. Se conocieron en un congreso anticomunista al que ambos asistieron en calidad de representantes estudiantiles. Le enseñó los poemas. Shaul Tirosh, dijo Lowenthal con orgullo, ése era el hombre al que había entregado los manuscritos. Fueron juntos a un café…, todavía recordaba el sabor de la tarta de manzana, aunque no el nombre del café. Ya entonces había sentido la necesidad de compartir sus experiencias, explicó Lowenthal, y por eso le mostró los poemas a Tirosh. Le emocionaron mucho y se ofreció inmediatamente a llevárselos a Israel. Le dijo a Lowenthal que trabajaba en el Departamento de Literatura Hebrea de la Universidad Hebrea, y que tenía contactos en el mundo literario, y como acariciaba las páginas con tanto amor, Lowenthal supo que estarían en buenas manos. Tirosh le tradujo unos cuantos versos, sobre la marcha, en el café, e incluso él, que no entendía nada de poesía, quedó impresionado por su fuerza. Sabía que podía confiar en él, repitió Lowenthal, y, en efecto, Tirosh había publicado los poemas en una edición comentada. Por desgracia, él no sabía hebreo, ya lo había visto Michael, y por eso no había podido disfrutar plenamente del fruto de su esfuerzo.