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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– Pete, los niños… -le reprendió su esposa mientras servía vasos de leche a sus hijas.

Hanken asintió.

– Conozco a ese hombre -dijo Lynley-. Carece de instintos violentos. Tuvo que abandonar el Yard porque ya no podía soportar su trabajo, por el amor de Dios. ¿Dónde y cuándo desarrolló la capacidad, la sed de sangre, de matar a su propia hija? Vamos a indagar más a Upman y Britton, y a Ferrer, si es preciso. No son trigo limpio. Y en el Yard hay al menos doscientas personas capaces de testificar que Andy Maiden sí lo es. La compañera de piso, Vi Nevin, insiste en que hablemos de nuevo con Upman. Puede que nos esté dando largas, pero yo digo que empecemos por él.

Era el lugar lógico por donde empezar, convino Hanken, pero algo acerca de arrancar la investigación a partir de allí no le parecía correcto.

– ¿Te lo estás tomando como algo personal?

– Lo mismo podría preguntarte a ti -fue la réplica de Lynley. Antes de que Hanken pudiera contradecirle, concluyó la llamada con la información de que la chaqueta de cuero negra de Terry Cole no constaba en el recibo de los efectos personales entregados a su madre la mañana anterior-. Lo lógico sería buscarla entre las pruebas encontradas en el lugar del crimen, antes de movilizar las tropas -indicó. Y, como si deseara suavizar su desacuerdo, añadió-: ¿Tú qué opinas?

– Me encargaré de ello -dijo Hanken.

Cuando colgó, miró a su familia: Sarah y Bella estaban destrozando sus bocadillos y tirando las migas en la leche, P.J. empezaba a agitarse y a reclamar su comida, y la querida Kathleen se desabotonó la blusa, aflojó el sujetador y alzó a su hijo hasta el pecho. Para él eran un milagro, su pequeña familia. Haría cualquier cosa por su bienestar.

– Tenemos muchísima suerte, Katie -dijo a su mujer, mientras Bella introducía un palito de zanahoria en la fosa nasal derecha de su hermana. Sarah lanzó un chillido de protesta que sobresaltó a P.J, quien soltó el pecho de su madre y se puso a berrear.

Kathleen meneó la cabeza con gesto de cansancio.

– Sí somos una familia afortunada. -Indicó el móvil con la cabeza-. ¿Te marchas otra vez?

– Temo que sí, cariño.

– ¿Y el columpio?

– Lo montaré a tiempo. Te lo prometo.

Apartó las zanahorias de sus hijas, cogió un paño húmedo del fregadero y limpió la mesa de la cocina.

Su esposa arrulló, canturreó y consoló a P.J. Bella y Sarah firmaron una paz precaria.

Después de ordenar al agente Mott que volviera a revisar todo lo encontrado en el lugar de los hechos, y después de telefonear al laboratorio para asegurarse de que no habían omitido sin querer la chaqueta de Terry Cole de la lista de ropas enviadas para analizar, Hanken se dispuso a sostener un nuevo duelo con Will Upman. Encontró al abogado en el estrecho garaje contiguo a su casa de Buxton. Iba vestido con tejanos y camisa de franela, y estaba acuclillado junto a una mountain bike de aspecto magnífico, cuya cadena y piñones estaba limpiando con una manguera, un pequeño aerosol de disolvente y un cepillo de plástico con el extremo en forma de media luna.

No estaba solo. Apoyada contra el capó de su coche, los ojos clavados en él con la inconfundible ansia de una mujer desesperada por forjar una relación sólida, una menuda morena le estaba diciendo:

– Dijiste a las doce y media, Will. Y sé que esta vez no me he confundido de hora.

– No es posible, cariño -dijo Upman-. Sé que pensaba limpiar la bici. Si estás dispuesta a comer tan temprano…

– No es temprano. Y será menos que temprano cuando lleguemos allí. Maldita sea. Si no querías ir, haberlo dicho.

– Joyce, ¿dije, llegué a insinuar que…? -Upman vio a Hanken-. Inspector. -Dejó la manguera a un lado, que lanzó un chorrito de agua hacia el camino de acceso-. Joyce, te presento al inspector Hanken, de la policía de Buxton. ¿Quieres cerrar el grifo, por favor, cariño?

Joyce suspiró y obedeció. Volvió al coche y se paró ante uno de los faros delanteros.

– Will -dijo. Su tono implicaba: «He tenido la paciencia de una santa.»

Upman le dedicó una sonrisa.

– Trabajo -dijo, y movió la cabeza en dirección a Hanken-. ¿Nos concedes unos minutos, Joy? Olvidemos la comida y tomemos algo aquí. Después podemos ir a Chatsworth. Dar un paseo, charlar.

– He de recoger a los niños.

– A las seis. Me acuerdo. Lo conseguiremos. Ningún problema. -De nuevo la sonrisa. Más íntima esta vez, el tipo de sonrisa que un hombre utiliza cuando desea insinuar a una mujer que hablan un lenguaje especial que solo ellos dos comprenden. Una chorrada, casi siempre, decidió Hanken, pero Joyce parecía lo bastante ansiosa para aceptar el tema central que dicho lenguaje implicaba-. ¿Podrías prepararnos unos bocadillos, cariño, mientras terminamos aquí? Hay pollo en la nevera.

Upman no hizo alusión a la presencia de Hanken o a la privacidad que el desplazamiento de Joyce a la cocina proporcionaría.

Ella suspiró de nuevo.

– De acuerdo. Por esta vez. Pero me gustaría que anotaras la hora cuando quieras que venga a verte. Con los niños no es tan fácil…

– Lo haré a partir de ahora. Palabra de scout. -Le envió un beso por el aire-. Lo siento.

Ella lo aceptó todo.

– A veces me pregunto por qué me preocupo -dijo, sin la menor convicción.

Cuando se hubo marchado para demostrar su valía como ama de casa, Upman volvió a su mountain bike. Se acuclilló y roció un poco de disolvente en los piñones y a lo largo de la cadena. Un agradable olor a limón se alzo en derredor. Giró el pedal izquierdo hacia atrás mientras rociaba, imprimiendo a la cadena una rotación alrededor de las marchas, y cuando estuvo empapada, se apoyó sobre los talones.

– No se me ocurre de qué más podemos hablar -dijo a Hanken-. Le dije lo que sé.

– Justo. Y yo sé lo que usted sabe. Esta vez quiero saber qué opina.

Upman cogió el cepillo del suelo.

– ¿Sobre qué?

– Nicola Maiden cambió de residencia en Londres hace cuatro meses. Dejó la facultad más o menos en esa época, y no pensaba reanudar sus estudios. De hecho, se dedicaba a una actividad laboral muy diferente. ¿Qué sabe de eso?

– ¿Sobre la actividad laboral? Nada, me temo.

– Entonces ¿por qué se pasó el verano haciendo el tipo de trabajo que una estudiante de leyes acepta en vacaciones para adquirir experiencia? No iba a servirle de nada, ¿verdad?

– No lo sé. No le hice esas preguntas.

Upman aplicó el cepillo a la cadena con meticulosidad.

– ¿Sabía que había dejado la facultad? -preguntó Hanken. Y cuando Upman asintió, dijo exasperado-: Joder, tío. ¿Qué le pasa? ¿Por qué no nos lo dijo cuando hablamos ayer?

Upman alzó la vista.

– No me lo preguntaron -replicó con sequedad. Y la implicación era diáfana: un hombre en su sano juicio nunca daba respuestas a preguntas que la policía no formulaba.

– De acuerdo. Fue error mío. Se lo pregunto ahora. ¿Le dijo que había dejado la facultad? ¿Le dijo por qué? ¿Y cuándo se lo dijo?

Upman examinó la cadena de la bicicleta mientras la limpiaba, centímetro a centímetro. La mugre resultante de la combinación de polvo, tierra y lubricante empezó a licuarse en gotitas marronosas, algunas de las cuales cayeron al suelo.

– Me telefoneó en abril -dijo Upman-. Su padre y yo habíamos pactado el año pasado su empleo del verano. En diciembre, creo. Le dije que, en aquel momento, la había elegido por la amistad con su padre, aunque solo éramos simples conocidos, y le pedí que me comunicara cuanto antes si encontraba algo más de su gusto, para ofrecer el empleo a otra estudiante. Algo más de su gusto en el campo del derecho, quería decir, pero cuando me telefoneó en abril, me dijo que iba a abandonar la práctica legal definitivamente. Tenía otro trabajo que le gustaba más, dijo. Más dinero, menos horas. Bueno, todos queremos eso, ¿no?

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