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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– ¿No dijo qué era?

– Mencionó una firma de Londres. No recuerdo cuál. No nos extendimos mucho sobre el tema. Solo hablamos unos minutos, más que nada sobre el hecho de que no iba a trabajar para mí en verano.

– Pero terminó aquí. ¿Por qué? ¿La convenció usted?

– En absoluto. Telefoneó otra vez unas semanas después, dijo que había cambiado de opinión y preguntó si aún estaba libre el puesto.

– ¿Había cambiado de opinión acerca de la facultad?

– No. Ella misma lo confirmó, pero creo que aún no estaba preparada para decírselo a sus padres. Siempre estaban hablando de sus logros. Bueno, como todos los padres, ¿no? Al fin y al cabo, su padre había dado la cara por ella, y lo sabía. Los dos estaban muy unidos, y creo que ella no quería decepcionarle, de tan orgulloso que estaba de ella. Mi hija la abogada, ya sabe.

– ¿Por qué le dio el empleo? Si ya había abandonado la universidad, si había dejado claro que no volvería… Ya no era una estudiante de leyes. ¿Por qué la contrató?

– Como conozco a su padre, no me pareció mal colaborar en un pequeño engaño para ahorrarle el disgusto, al menos de momento.

– No me lo creo. Usted tenía algo con la chica, ¿verdad? Ese trabajo de verano no era más que una fachada. Y usted sabe muy bien a qué se dedicaba en Londres.

Upman apartó el cepillo de la cadena de la bicicleta. Gotas aceitosas cayeron al suelo. Miró a Hanken.

– Ayer le dije la verdad, inspector. Era atractiva, de acuerdo. E inteligente. La idea de tener a una joven inteligente y atractiva en la oficina desde junio a septiembre no me desagradaba. Pensé que sería una distracción visual. Pero no soy un hombre al que una agradable distracción visual aparte de su trabajo. Cuando ella llamó por segunda vez, me alegré de tenerla. Al igual que mis socios, por cierto.

– ¿De tenerla, ha dicho?

– Joder. Venga ya. No estamos examinando al testigo hostil. Es inútil que intente atraparme con argucias, porque no oculto nada. Está perdiendo el tiempo.

– ¿Dónde estaba usted el nueve de mayo? -insistió Hanken.

Upman frunció el entrecejo.

– ¿El nueve? Tendría que consultar mi agenda, pero supongo que reunido con clientes, como de costumbre. ¿Por qué? -Miró a Hanken y, al parecer, le leyó el pensamiento-. Ah ya. Alguien debió de ir a Londres para ver a Nicola. ¿Me equivoco? Para convencerla, tal vez por la fuerza, de que pasara un fascinante verano en Derbyshire, tomando declaración a esposas abandonadas por sus maridos. ¿Eso piensa?

Se levantó y fue a buscar la manguera. Abrió el grifo y dirigió el chorro a la cadena de la bici.

– Tal vez fue usted -dijo Hanken-. Tal vez quería alejarla del «otro empleo». Tal vez quería asegurarse de conseguir la -su labio se curvó- «distracción visual» que deseaba. Puesto que era atractiva e inteligente, como ha dicho.

– El lunes por la mañana recibirá copias de mi agenda -fue la seca respuesta de Upman.

– Con nombres y números de teléfono incluidos, espero.

– Como usted quiera. -Upman señaló la puerta por la que había desaparecido la sufrida Joyce -. Por si no se ha fijado, ya hay una mujer atractiva e inteligente en mi vida, inspector. Créame, no me habría desplazado hasta Londres para buscarme otra, pero si sus pensamientos apuntan en esa dirección, tal vez debería concentrarse en quién no tenía acceso a esa mujer. Y creo que los dos sabemos quién es ese pobre capullo.

Teddy Webster hizo caso omiso de la orden de su padre, que sonó como un ladrido. Como procedía de la cocina, donde sus padres aún estaban terminando de comer, sabía que contaba con un buen cuarto de hora antes de que la orden llegara por segunda vez. Teniendo en cuenta que su madre había preparado compota de manzana por una vez (un raro acontecimiento, ya que el postre habitual consistía en un paquete de galletas abierto sin ceremonias y arrojado al centro de la mesa, mientras la mujer recogía los platos), aquel cuarto de hora podía alargarse hasta treinta minutos, en cuyo caso Teddy tendría mucho tiempo para ver el resto de El increíble Hulk, antes de que su padre gritara «¡Apaga esa maldita tele y lárgate de casa ahora mismo! Lo digo en serio, Teddy. Quiero que salgas a respirar aire puro. ¡Ahora! Antes de que te arrepientas de obligarme a repetirlo.»

Los sábados siempre eran iguales: una aburrida y estúpida repetición de todos los otros aburridos y estúpidos sábados desde que se habían trasladado a los Picos. Lo que ocurría los sábados era lo siguiente: papá se levantaba a eso de las siete y media, proclamando a voz en grito lo fantástico que era haber huido por fin de la ciudad, y el placer de respirar aire puro, disponer de espacios abiertos para explorar, y toparse con la historia, la cultura y la tradición de la nación en todos los estúpidos montones de rocas y todos los estúpidos campos. Solo que no eran campos, ¿verdad? Eran páramos, y tenían la suerte y la bendición y… oh, la rara oportunidad de vivir en un lugar desde el que podían caminar en dirección norte durante seiscientos mil millones de kilómetros, como mínimo, sin ver una sola alma. Esto no era cutre como Liverpool, ¿verdad? Esto era el paraíso. Esto era Utopía. Esto era…

Una mierda, pensó Teddy. Y a veces lo decía, lo cual desquiciaba a su padre, hacía llorar a su madre y ponía nerviosa a su hermana, que empezaba a lloriquear sobre cómo iba a ir a la academia de teatro y convertirse en una verdadera actriz si tenía que vivir en el culo del mundo, como si fuera una leprosa.

Lo cual ponía a papá como una moto, momento que aprovechaba Teddy para reptar hasta la televisión y sintonizar la cadena Fox Kids, donde en ese preciso instante se estaba proyectando la impagable escena en que un bruto gilipollas importunaba demasiado al doctor David Manner, el cual padecía uno de sus alucinantes ataques, en que ponía los ojos en blanco, los brazos y las piernas reventaban sus ropas, al tiempo que su pecho se hinchaba, los botones salían disparados y atizaba a todo el que se interponía en su camino.

Teddy suspiró de pura felicidad cuando la Masa hizo papilla a sus torturadores. Era justo lo que Teddy deseaba hacer a aquellos capullos con cerebro de mosquito que le esperaban a la puerta del colegio cada mañana y se pegaban a él como una sombra (un menú a base de burlas, puñetazos, zancadillas y empujones), desde el mismo momento en que ponía el pie en el patio de la escuela. Si fuera la Masa, los reduciría a pulpa. Los liquidaría de uno en uno, o todos a la vez. Daría igual, porque mediría más de dos metros y…

– Maldita sea, Teddy. Quiero que te largues de aquí.

Teddy se puso en pie de un brinco. Estaba tan abismado en su fantasía que no había reparado en la entrada de su padre en la sala de estar.

– Era el final -se apresuró a decir-. Quería ver…

Su padre sujetaba unas tijeras. Agarró el cable de la tele.

– No he traído a mi familia al campo para que pasen sus ratos libres atontados frente a la televisión. Tienes quince segundos para salir de esta casa, o cortaré el cable. Para siempre.

– ¡Papá! Solo quería…

– ¿Necesitas una audiometría, Ted?

El niño se precipitó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

– ¿Y Carrie? ¿Por qué ella no…?

– Tu hermana está haciendo los deberes. ¿Quieres hacer los tuyos, o prefieres salir a jugar?

Teddy sabía que su hermana estaba haciendo los deberes tanto como preparándose para realizar una lobotomía. Pero también sabía cuándo estaba derrotado.

– Jugar, papá -dijo, y salió fuera. Se concedió un sobresaliente por no escabullirse hasta la habitación de su hermana. Estaría fantaseando con Flicks, o escribiendo desquiciadas cartas de amor a un actor todavía más desquiciado. Era una forma muy estúpida de pasar el tiempo, pensó Teddy, pero también lo comprendía. Tenía que hacer algo para limpiar las telarañas de su cerebro.

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