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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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El secuestrador recuperó el equilibrio y avanzó hacia la maestra, que continuó arrodillada en el suelo y con el arma apuntando al pecho de Billy.

– No será usted capaz de apretar el gatillo, ¿verdad que no, señorita Hudson?

La mujer temblaba cada vez con mayor violencia con cada paso que daba Billy. Estaba a menos de un metro cuando la maestra cerró los ojos y apretó el gatillo. Se oyó un chasquido. Billy sonrió como si algo le hubiese hecho mucha gracia.

– No tiene balas, señorita Hudson. Nunca tuve la intención de matar a nadie. Solo quería que alguien me escuchara para variar.

Fletcher se apartó del pupitre, corrió hacia la puerta y la abrió de par en par.

– Fuera, fuera -gritó, y acompañó el grito con un gesto para animar a los aterrorizados niños.

Una niña alta con unas trenzas muy largas fue la primera en levantarse, cruzar la puerta y echar a correr por el pasillo. Dos más la siguieron. A Fletcher le pareció oír una voz aguda que decía: «Vamos, vamos» mientras mantenía la puerta abierta. En cuestión de segundos todos los demás niños excepto uno pasaron a su lado y desaparecieron por el pasillo. Fletcher miró al niño que aún permanecía en el rincón. El chiquillo se levantó finalmente y caminó hacia el frente de la clase. Se inclinó, cogió a la señorita Hudson de la mano y la llevó hacia la puerta, sin mirar ni una sola vez a Billy. Cuando llegó a la puerta, dijo:

– Muchas gracias, senador. -Y acompañó a su maestra por el pasillo.

Se escuchó una tremenda ovación cuando la niña alta de las trenzas largas apareció a la carrera en la puerta principal. Los focos se centraron en ella y la chiquilla se protegió los ojos con la mano, incapaz de ver a la multitud que la aclamaba. Una madre cruzó el cordón policial y corrió a través del patio para abrazar a su hija. Salieron otros dos niños, mientras Nat pasaba el brazo por los hombros de Su Ling y permanecía atento a la salida de Luke. Al cabo de unos segundos, un grupo más numeroso salió al patio. Su Ling no pudo contener las lágrimas al ver que Luke no estaba entre los que acababan de salir.

– Todavía falta uno además de la maestra -oyó que informaba un reportero de televisión para el informativo de la tarde.

La mirada de Su Ling no se apartó ni un instante de la puerta principal mientras transcurrían lo que más tarde describiría como los dos minutos más largos de su vida.

Se escuchó una ovación todavía más estruendosa cuando la señorita Hudson apareció en la puerta cogida de la mano de Luke. Su Ling miró a su marido, quien hacía lo imposible por contener las lágrimas.

– ¿Se puede saber qué pasa con vosotros los Cartwright, que siempre tenéis que ser los últimos en salir?

Fletcher permaneció junto a la puerta del aula hasta que la señorita Hudson se perdió de vista. Luego la cerró lentamente y se acercó a la mesa para atender el teléfono que no había dejado de sonar.

– ¿Es usted, senador? -preguntó Culver.

– Sí.

– ¿Está bien? Nos pareció oír un estruendo, algo así como una detonación.

– No. Estoy perfectamente. ¿Los niños están bien?

– Sí, tenemos a los treinta y uno -respondió Culver.

– ¿Incluido el último en salir?

– Sí, acaba de reunirse con sus padres.

– ¿Qué hay de la señorita Hudson?

– Ahora mismo está hablando con Sandra Mitchell para Eyewitness News. Le está diciendo a todo el mundo que es usted lo más parecido a un héroe.

– Creo que debe de estar refiriéndose a otra persona -replicó el senador.

– ¿Usted y Bates tienen la intención de reunirse con nosotros en algún momento? -preguntó Culver, sin hacer caso del comentario que atribuyó a una falsa modestia.

– Deme solo cinco minutos más, jefe. Por cierto, le prometí a Billy que él también hablaría con Sandra Mitchell.

– ¿Quién tiene el arma?

– Está en mi poder -le informó Fletcher-. Billy no le causará más problemas. El arma ni siquiera estaba cargada -añadió antes de colgar el teléfono.

– Sabe que van a matarme, ¿verdad, senador?

– Nadie va a matarte, Billy, mientras yo esté contigo.

– ¿Me da su palabra, senador?

– Tienes mi palabra, Billy. Venga, salgamos. Nos enfrentaremos a ellos los dos juntos.

Fletcher abrió la puerta del aula. No le hizo falta buscar un interruptor para encender las luces, porque los focos instalados en el patio iluminaban todo el pasillo.

Billy y él caminaron por el pasillo en silencio. Cuando llegaron a la puerta principal, Fletcher la abrió con mucho cuidado y salió al exterior. La multitud le saludó con grandes aclamaciones, aunque él no podía ver a la gente porque los focos le cegaban.

– Esto saldrá a la perfección, Billy -dijo al tiempo que se volvía hacia el hombre.

Billy vaciló un momento, pero finalmente dio un paso adelante y se situó al costado de Fletcher. Juntos comenzaron a recorrer el camino. Fletcher volvió la cabeza para sonreírle a Billy y repitió:

– Todo saldrá bien.

Pero no había acabado de decirlo cuando una bala atravesó el pecho de Billy. El impacto del proyectil que abatió a Billy hizo que también cayera Fletcher.

El senador se dejó caer de rodillas y se lanzó sobre Billy para protegerlo, pero ya era demasiado tarde. Había muerto.

– ¡No, no, no! -gritó Fletcher, dominado por la desesperación más profunda-. ¿No saben que le había dado mi palabra?

38

– Alguien está comprando nuestras acciones -dijo Nat.

– Espero que así sea -replicó Tom-. Después de todo, cotizamos en Bolsa.

– No, presidente, me refiero a que alguien las está comprando agresivamente.

– ¿Con qué propósito? -preguntó Julia.

Nat dejó la estilográfica sobre la mesa antes de responder.

– Supongo que la intención es apropiarse de nosotros.

Varios de los miembros de la junta comenzaron a hablar al mismo tiempo, hasta que Tom se ocupó de poner orden.

– Escuchemos a Nat.

– Desde hace unos años, nuestra política ha sido comprar las pequeñas entidades bancarias que tenían dificultades e incorporarlas a nuestra cartera; en general, ha resultado ser una política provechosa. Como todos sabéis, mi estrategia a largo plazo es convertir a Russell en la entidad bancaria más importante del estado. Sin embargo, no tuve en cuenta que nuestro éxito nos convertiría, a su vez, en una presa apetecible para una entidad más grande.

– ¿Estás seguro de que alguien está intentando ahora hacerse con el banco?

– Estoy casi seguro, Julia, y tú eres en parte la responsable. La fase más reciente del proyecto de Cedar Wood ha tenido un éxito que solo se puede calificar de fantástico porque ha conseguido prácticamente doblar los beneficios en el ejercicio del año pasado.

– Si Nat tiene razón -intervino Tom-, y sospecho que la tiene, solo hay una pregunta que requiere una respuesta inmediata. ¿Queremos que nos absorban o presentaremos pelea?

– Solo puedo hablar por mí mismo, presidente -respondió Nat-, pero aún no he cumplido los cuarenta y desde luego no entra en mis planes jubilarme antes de tiempo. Opino que no nos queda más alternativa que pelear.

– Estoy de acuerdo -afirmó Julia-. Ya me han absorbido una vez, no pienso dejar que ocurra una segunda vez. En cualquier caso, nuestros accionistas no esperan que nos entreguemos sin más.

– Por no mencionar a uno o dos de los anteriores presidentes -dijo Tom, que miró los retratos de su padre, su abuelo y su bisabuelo, que le observaban desde las paredes de la sala-. No creo que sea necesario someter el tema a votación -añadió-. Por tanto, Nat, explícanos cuáles son las alternativas.

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