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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Ya hemos tomado nuestra decisión al respecto -manifestó Tom con voz firme.

– Muy bien, entonces solo disponen de dos alternativas. Pueden superar la oferta de Fairchild’s de cinco coma diez dólares por acción, sin olvidar que según el director ejecutivo ya están muy por encima de su valor real, o bien pueden ponerse en contacto con todos los accionistas para que les den un poder sobre sus acciones.

– La segunda -contestó Nat sin vacilar.

– Como supuse que esa sería la respuesta, señor Cartwright, he realizado un cuidadoso estudio de la lista de accionistas. Esta mañana, había un total de veintisiete mil cuatrocientos doce; la mayoría de ellos tienen pequeñas cantidades, un millar o menos de acciones. Sin embargo, hay un cinco por ciento que permanece en las carteras de tres particulares: dos viudas residentes en Florida, que poseen un uno por ciento cada una, y el viejo senador Harry Gates, que es dueño de un uno por ciento.

– ¿Cómo es eso posible? -preguntó Tom-. Todo el mundo sabe que Harry Gates ha vivido exclusivamente de su salario como senador a lo largo de su vida pública.

– Se lo tiene que agradecer a su padre -le explicó Logan-. Al parecer, era amigo del fundador del banco, quien le ofreció un uno por ciento de la empresa en mil ochocientos noventa y dos. Compró cien acciones por cien dólares y la familia Gates las ha conservado desde entonces.

– ¿Cuál es su valor actual? -quiso saber Tom.

Nat hizo el cálculo.

– Aproximadamente medio millón de dólares, y lo más probable es que ni siquiera lo sepa.

– Jimmy Gates, su hijo, es un viejo amigo mío -comentó Logan-. La verdad es que él me consiguió el empleo. Estoy en condiciones de decirles que en cuanto Jimmy se entere de que Ralph Elliot está implicado en esto, nos otorgarán un poder sobre las acciones inmediatamente. Si pueden hacerse con ellas, y pescar a las dos viudas de Florida, estarán muy cerca de controlar el treinta por ciento; eso significa que necesitarán otro veintiún por ciento para respirar tranquilos.

– Por la experiencia que tengo de las otras compras, al menos un cinco por ciento no se pondrán en contacto con ninguna de las partes -señaló Nat-. Hay que tener en cuenta los cambios de domicilio, las acciones depositadas en fondos e incluso a los particulares que, como Harry Gates, nunca se han preocupado de saber qué tienen en cartera.

– Estoy de acuerdo -asintió Logan-, aunque no estaré tranquilo hasta saber que controlan el cincuenta y uno por ciento.

– ¿Qué tenemos que hacer para que ese veintiún por ciento venga a parar a nuestras manos?

– Dedicar muchas horas de trabajo -respondió Logan-. Para empezar, tendrán que enviarle una carta personal a cada uno de los accionistas, o sea, algo más de veintisiete mil. Esto es lo que he pensado. -Logan repartió las fotocopias de un modelo de carta entre los miembros de la junta-. Verán que hago hincapié en la solidez del banco, su larga historia al servicio de la comunidad, su constante crecimiento que supera a cualquier otra entidad financiera del estado. También les pregunto si quieren que un banco se haga con el monopolio.

– Sí, el nuestro -dijo Nat.

– Todavía no es el momento adecuado para eso -replicó Logan-. Ahora, antes de que decidamos si esta carta es válida, querría saber sus opiniones, dado que tendrá que firmarla el presidente o el director ejecutivo.

– Eso significa tener que firmar más de veintisiete mil cartas.

– Sí, pero se las pueden repartir entre ustedes -dijo Logan con una sonrisa-. No se me ocurriría proponer una tarea digna de Hércules si no estuviese plenamente seguro de que nuestros rivales enviarán una circular encabezada «Estimado/a accionista», y con una elegante firma encima del nombre de su presidente. El toque personal puede significar la diferencia entre salvar el pellejo y la extinción.

– ¿Hay algo en lo que yo pueda ayudar? -preguntó Julia.

– Desde luego que sí, señora Russell -respondió Logan-. He redactado una carta diferente para usted que enviaremos a todas las accionistas. La mayoría de ellas son divorciadas o viudas y probablemente no se preocupan de sus carteras más que de Pascuas a Ramos. Hay casi cuatro mil accionistas mujeres, así que eso le ocupará todo el fin de semana. -Le entregó una copia de la carta-. Verá que hago referencia a su experiencia personal como directora de su propia empresa, además de ser miembro de la junta del banco desde hace siete años.

– ¿Alguna cosa más? -le interrogó Julia.

– Sí. -Logan le entregó otras dos hojas-. Quiero que visite a las dos viudas de Florida.

– Podría ir allí a principios de la semana que viene -propuso Julia después de consultar su agenda.

– No -negó Logan con voz firme-. Llámelas ahora y concierte una cita para mañana mismo. Puede estar segura de que Ralph Elliot ya les habrá hecho una visita.

Julia asintió y comenzó a leer las hojas donde figuraba todo lo que se sabía de las señoras Bloom y Hargaten.

– Por último, Nat -prosiguió Logan-, tendrá que lanzarse a una campaña de prensa bastante agresiva; en otras palabras, tendrá que echar toda la carne en el asador.

– ¿Qué tiene pensado? -preguntó Nat.

– El chico local que triunfa, el héroe de Vietnam, el licenciado de Harvard que regresó a Hartford para hacer grande un banco con su mejor amigo. Tendrá que mencionar incluso su historial como corredor deportivo. Todo el país vive en este momento la euforia de correr, quizá algunos de los que practican el footing sean accionistas. Si algún periodista, ya sea de La gaceta del ciclista, de Labores de punto, le pide una entrevista, dígale que sí.

– ¿Contra quién voy a enfrentarme? -quiso saber Nat-. ¿Contra el presidente de Fairchild’s?

– No, no lo creo -respondió el abogado-. Murray Goldblatz es un banquero muy astuto, pero jamás se arriesgarían a que saliera por televisión.

– ¿Por qué no? -preguntó Tom-. Lleva más de veinte años como presidente de Fairchild’s, es uno de los financieros más respetados en el ramo.

– Estoy de acuerdo, presidente -admitió Logan-. Pero no olvide que sufrió un infarto hace un par de años y, lo que es peor, tartamudea. Quizá a usted no le preocupe porque se ha acostumbrado con el paso de los años, pero lo más probable es que si sale por televisión, el público solo lo verá una vez. Puede que sea el banquero más respetado, pero el tartamudeo equivale a incapacidad. Ya sé que le parecerá injusto, pero puede estar seguro de que ellos lo han pensado.

– En ese caso, creo que mi oponente será Wesley Jackson -murmuró Nat-. Es el banquero más lúcido que he conocido. Incluso le ofrecí formar parte de la junta.

– Me parece muy bien -señaló Logan-. Claro que es negro.

– Estamos en mil novecientos ochenta y ocho -protestó Nat, con tono airado.

– Lo sé, pero más del noventa por ciento de sus accionistas son blancos; por tanto, ellos también lo habrán tenido en cuenta.

– En ese caso, ¿a quién cree que pondrán como oponente?

– No tengo ninguna duda de que se enfrentará a Ralph Elliot.

– ¿Así que los republicanos han acabado por aceptar a Barbara Hunter después de todo? -comentó Fletcher.

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