Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– Estoy segura de que Tom podrá responderte a casi todas -afirmó Julia.
– No, quiero escuchar tu versión -replicó Su Ling mientras Julia subía las escaleras.
– ¿Le has advertido a Julia de lo que pretende Ralph Elliot? -le preguntó Nat a Tom.
– Sí, y ella no ve ningún problema. Después de todo, ¿cómo va a averiguar Elliot que hubo dos Julia Kirkbridge? Recuerda que la primera solo estuvo con nosotros unos pocos días y que desde entonces nunca más hemos vuelto a saber de ella, mientras que Julia lleva ya un par de años por aquí y la conoce todo el mundo.
– Así y todo, no es su firma la que consta en el cheque original.
– ¿Por qué es eso un problema? -preguntó Tom.
– Porque después de que el banco pagara los tres millones seiscientos mil dólares, el ayuntamiento pidió que le entregáramos el cheque.
– En ese caso estará guardado en algún archivo, e incluso si Elliot lo encontrara, ¿qué razones tendría para sospechar?
– Porque tiene la mente de un malhechor. Ninguno de nosotros piensa como él. -Nat guardó silencio unos instantes-. Hablemos de cosas más importantes que de ese delincuente. Respóndeme a una pregunta antes de que vuelvan Julia y Su Ling. ¿Debo buscar a un nuevo presidente o Julia ha aceptado afincarse en Hartford y transformarse en ama de casa?
– Ninguna de las dos cosas -contestó Tom-. Ha decidido aceptar una oferta de compra de ese tal Trump, que lleva tiempo detrás de su empresa.
– ¿Ha conseguido un buen precio?
– Creía que disfrutaríamos de una plácida velada en familia para celebrar…
– ¿Ha conseguido un buen precio? -le interrumpió Nat.
– Quince millones al contado y otros quince millones en acciones de Trump.
– No está mal -opinó Nat-, aunque es evidente que Trump cree en el futuro del proyecto de Cedar Wood. ¿Qué piensa hacer con el dinero? ¿Abrirá una empresa de bienes raíces en Hartford?
– No. Creo que lo mejor será que te lo explique ella misma -dijo Tom cuando Su Ling salía de la cocina.
– ¿Por qué no invitamos a Julia a que entre a formar parte de la junta? -propuso Nat-. Podríamos ponerla a cargo de nuestra división inmobiliaria. Eso me descargaría de una serie de ocupaciones y tendría más tiempo para atender las cuestiones financieras.
– Eso es algo que ella consideró hace algo así como seis meses.
– ¿Por una de esas casualidades no le habrás ofrecido algún cargo si aceptaba casarse contigo?
– Sí, lo hice la primera vez y ella rechazó ambas cosas. Pero ahora la he convencido para que se case conmigo. Te dejo a ti la parte de convencerla para que entre en la junta, aunque tengo la sensación de que tiene otros planes.
37
Fletcher ocupaba su escaño en la cámara y escuchaba atentamente un discurso sobre el subsidio a la vivienda cuando se produjo una interrupción. Ya tenía sus notas preparadas, porque sería el siguiente orador. Un policía entró en la cámara y le entregó una nota al presidente, que la leyó, la volvió a leer, dio un golpe con el mazo y se levantó.
– Le pido disculpas a mi colega por interrumpir su discurso, pero un hombre armado tiene a un grupo de niños como rehenes en la escuela. Estoy seguro de que el senador Davenport tendrá que marcharse y, dadas las circunstancias, creo que lo más apropiado será dar por acabada la sesión de hoy.
Fletcher se levantó de un salto y llegó a la puerta de la cámara incluso antes de que el presidente suspendiera la sesión. Corrió hasta su despacho, mientras pensaba en lo que debía hacer. La escuela estaba en el corazón de su distrito. Lucy era una de sus alumnas y Annie era la presidenta de la asociación de padres. Rogó por que Lucy no estuviese entre los rehenes. Todo el mundo en el consistorio parecía haberse puesto en movimiento. Fletcher se alegró al ver que Sally le esperaba junto a la puerta de su despacho, libreta en mano.
– Cancela todas las citas de hoy, llama a mi esposa y dile que se reúna conmigo en la escuela, y, por favor, no te apartes del teléfono.
Cogió las llaves del coche y se unió a la multitud que abandonaba el edificio. En el momento en que salía del aparcamiento, un coche de la policía pasó a toda velocidad. Fletcher pisó el acelerador a fondo y se pegó al otro coche que se dirigía a la escuela. La fila de coches se hacía cada vez más larga, porque eran muchos los padres que iban a buscar a sus retoños; algunos parecían desesperados después de escuchar la noticia en las radios de los coches, mientras que otros mostraban por sus expresiones que no se habían enterado.
Fletcher continuó pisando el acelerador para mantenerse a un par de metros del vehículo oficial y lo siguió cuando el coche de la policía se pasó al otro carril y avanzó contra dirección, con las luces de emergencia encendidas y la sirena a todo volumen. El agente en el asiento del pasajero utilizó el altavoz para advertirle al coche que los seguía que se apartara, pero Fletcher no hizo el menor caso, a sabiendas de que no pararían. Siete minutos más tarde ambos coches se detuvieron con gran estrépito de frenos delante de la barrera que la policía había instalado delante de la escuela. El agente que le había hecho la advertencia saltó del coche y corrió hacia Fletcher en el momento en que él se apeaba del coche. Desenfundó la pistola y gritó:
– No se mueva. Apoye las manos en el coche, donde pueda verlas.
El conductor, que solo estaba un paso detrás de su colega, dijo:
– Lo siento, senador, no sabíamos que era usted.
Fletcher corrió hacia la barrera.
– ¿Dónde puedo encontrar al jefe del operativo?
– Ha instalado su puesto de mando en el despacho del director. Buscaré a alguien que lo acompañe hasta allí, senador.
– No es necesario. Conozco el camino.
– Senador… -comenzó a decir el agente, pero ya era demasiado tarde.
Fletcher corrió por el camino hacia la escuela, sin darse cuenta de que el edificio estaba rodeado por agentes del grupo de operaciones especiales, que apuntaban con sus fusiles en la misma dirección. Le sorprendió lo rápido que la gente le abrió paso en cuanto le vieron. Era una extraña manera de recordarle que él era su representante.
– ¿Quién demonios es ese tipo? -preguntó el jefe de policía cuando vio a una figura solitaria que cruzaba el patio a la carrera.
– Creo que se trata del senador Davenport -respondió Alan Shepherd, el director de la escuela, después de mirar por la ventana.
– Es lo que me faltaba -protestó Don Culver.
Un segundo más tarde, Fletcher entró en el despacho como una tromba. El jefe de policía lo miró desde detrás de la mesa e intentó disimular la expresión de fastidio cuando el senador se detuvo delante de él.
– Buenas tardes, senador.
– Buenas tardes, jefe -dijo Fletcher, con un leve jadeo.
A pesar de la mirada desconfiada, él sentía cierta admiración por el barrigón y fumador de puros jefe de policía que dirigía el cuerpo de una manera no muy ortodoxa.
Fletcher saludó con un gesto a Alan Shepherd y luego volvió su atención al policía.
– ¿Puede ponerme al corriente? -preguntó mientras intentaba recuperar el aliento.
– Tenemos a un tipo armado en una de las aulas. Al parecer se acercó tranquilamente a plena luz del día pocos minutos antes de acabar las clases. -Culver se volvió hacia un plano esquemático de la planta baja pegado con celo en la pared y señaló un pequeño cuadrado con la leyenda aula de dibujo-. Que sepamos, no hay ninguna razón en particular para que escogiera la clase de la señorita Hudson, aparte de ser la primera puerta que encontró.
– ¿Cuántos niños hay en el aula? -le preguntó Fletcher al director.
– Treinta y uno -respondió Shepherd-. Lucy no está entre ellos.
Fletcher procuró no mostrar el alivio que le produjo la noticia.
– ¿Qué hay del secuestrador? ¿Sabemos algo de él?