Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– No mucho -contestó Culver-, pero sabremos bastante más en cuestión de minutos. Se llama Billy Bates. Nos han dicho que su esposa lo abandonó hace cosa de un mes, muy poco después de que a él lo despidieran de su trabajo como vigilante nocturno en Pearl’s. Al parecer lo pillaron bebiendo en horas de trabajo y no era la primera vez. Lo han echado de diversos bares durante las últimas semanas y, de acuerdo con nuestros registros, incluso pasó una noche en uno de nuestros calabozos.
– Buenas tardes, señora Davenport -saludó el director, que se levantó.
Fletcher se volvió para mirar a su esposa.
– Lucy no estaba en la clase de la señorita Hudson -la informó sin dilación.
– Lo sé -dijo Annie-. Estaba conmigo. Cuando recibí tu mensaje, la dejé en casa de mis padres y me vine para aquí.
– ¿Conoce a la señorita Hudson? -le preguntó el jefe Culver.
– Estoy segura de que Alan le ha dicho que todo el mundo conoce a Mary, es toda una institución. Creo que es la maestra más veterana de toda la escuela. -El director asintió-. Dudo que haya una sola familia en Hartford donde no haya alguien que estudiara con ella.
– ¿Puede hacerme un perfil? -le preguntó el policía a Shepherd.
– Cincuenta y tantos, soltera, segura de sí misma, serena y muy respetada -contestó el director.
– Se ha dejado usted algo -señaló Annie-. Muy querida.
– ¿Cómo cree que reaccionará sometida a presión?
– Quién puede saber cómo reaccionará nadie cuando se ve sometido a esta clase de presión -opinó Shepherd-, pero no tengo ninguna duda de que daría su vida por cualquiera de sus alumnos.
– Ya me lo temía -declaró Culver- y es mi trabajo asegurarme de que no llegue a ese extremo. -El puro se le había apagado-. Tengo a más de un centenar de hombres alrededor del edificio principal y a un tirador en la azotea del edificio al otro lado de la calle que dice que de vez en cuando ve a Bates.
– Supongo que intentará negociar, ¿no? -preguntó Fletcher.
– Sí, hay un teléfono en el aula y llamamos cada cinco minutos, pero Bates se niega a cogerlo. También hemos instalado altavoces, aunque de momento no hemos conseguido ninguna respuesta.
– ¿Ha considerado la posibilidad de enviar a alguien para que negocie personalmente? -añadió Fletcher cuando sonó el teléfono en la mesa del director.
El jefe de policía atendió la llamada.
– ¿Quién es? -gritó Culver.
– Soy la secretaria del senador Davenport. Quería…
– Sí, Sally, ¿qué pasa? -preguntó Fletcher.
– Acabo de enterarme por la televisión de que el secuestrador se llama Billy Bates. El nombre me resultó conocido, y he comprobado que figura en nuestros archivos. Vino a verle en dos ocasiones.
– ¿Hay algo en el expediente que pueda ayudarnos?
– Vino a verle para hablar en favor del control de armas. Es un tema que le preocupa. En las notas usted escribió: «Las restricciones no son lo bastante severas; seguros en los gatillos; venta de armas a menores; verificación de la identidad».
– Ahora lo recuerdo -asintió Fletcher-. Un hombre inteligente, con muchas ideas aunque poco instruido. Bien hecho, Sally.
– ¿Está seguro de que no se trata sencillamente de un loco? -inquirió el jefe de policía.
– Todo lo contrario -replicó Fletcher-. Es una persona reflexiva, discreta, incluso tímida; su principal queja es que nunca nadie le presta atención. Hay veces en las que esa clase de personas creen que deben hacer una demostración de fuerza cuando todo lo demás ha fracasado. El hecho de que su mujer le abandonara y se llevara a sus hijos, precisamente cuando perdió el trabajo, quizá haya sido la gota que colmó el vaso.
– Entonces tendré que sacarle de ahí como sea -opinó Culver-, de la misma manera que hicieron con aquel tipo en Tennessee que se encerró con todos aquellos funcionarios en la oficina de Hacienda.
– No creo que sea un caso comparable -señaló Fletcher-. Aquel hombre tenía antecedentes psiquiátricos. Billy Bates es un pobre hombre solitario que quiere llamar la atención. Son muchas las personas como él que acuden a mi despacho.
– Pues está muy claro que ha conseguido llamar mi atención -manifestó Culver.
– Eso es precisamente lo que pretendía al recurrir a estos extremos -replicó Fletcher-. ¿Por qué no me deja que intente hablar con él?
El jefe Culver se quitó el puro de la boca por primera vez; los subalternos hubieran podido decirle a Fletcher qué estaba pensando.
– De acuerdo, pero solo quiero que le convenza de que atienda el teléfono. Yo me ocuparé de las negociaciones. ¿Está claro? -Fletcher asintió con un gesto. El jefe Culver llamó a su ayudante-. Dale, avisa de que el senador y yo vamos a salir. -Cogió el megáfono y añadió-: Vamos allá, senador.
Mientras caminaban por el pasillo, Culver le hizo a Fletcher una última recomendación:
– Cuando salga, no se aparte más de un par de pasos de la puerta y no olvide que el mensaje debe ser lo más sencillo posible, porque lo único que quiero es que atienda el teléfono.
Fletcher asintió mientras Culver le abría la puerta. Dio unos pasos antes de detenerse y luego levantó el megáfono.
– Billy, soy el senador Davenport. Usted vino a verme en un par de ocasiones. Queremos hablar con usted. Por favor, ¿podría atender el teléfono que está en la mesa de la señorita Hudson?
– Continúe repitiendo el mensaje -le ordenó Culver.
– Billy, soy el senador Davenport. Por favor, ¿podría…?
Un agente llegó a la carrera.
– Se ha puesto al teléfono, jefe -informó-, pero dice que solo hablará con el senador.
– Yo decidiré con quién hablará -replicó Culver-. A mí nadie me da órdenes. -Entró en el edificio y corrió al despacho del director-. Soy el jefe Culver. Escúcheme, Bates, si cree… -Se cortó la comunicación-. ¡Maldita sea! -exclamó el jefe de policía en el momento en que Fletcher entraba en el despacho-. Me ha colgado. Tendremos que intentarlo de nuevo.
– Quizá no mentía cuando dijo que solo hablaría conmigo.
Culver se quitó el puro de la boca una vez más.
– Muy bien, pero en cuanto consiga calmarlo, me pasará el teléfono.
Salieron de nuevo al patio y Fletcher empuñó el megáfono.
– Lo siento, Billy, ¿puede llamar de nuevo? Le prometo que esta vez seré yo quien le atienda.
Fletcher y Don Culver regresaron al despacho del director. Billy ya aguardaba al otro extremo de la línea.
– El senador acaba de entrar en mi despacho -le informó Shepherd.
– Ya estoy aquí, Billy, soy Fletcher Davenport.
– Senador, antes de que diga nada, le advierto que no pienso moverme mientras la policía siga apuntándome con todos esos fusiles. Dígales que se aparten si no quieren tener un cadáver en sus manos.
Fletcher miró a Culver, quien volvió a quitarse el puro de la boca antes de asentir.
– El jefe de policía está de acuerdo -dijo Fletcher.
– Le volveré a llamar en cuanto no vea a ninguno de ellos.
– Muy bien -intervino Culver-, que todo el mundo se retire, excepto el tirador en la azotea del edificio al otro lado de la calle. Bates no tiene manera de verlo.
– ¿Qué pasará ahora?
– Esperaremos a que ese malnacido vuelva a llamar.
Nat respondía a una pregunta sobre los planes de pensiones cuando su secretaria entró en la sala de juntas sin llamar. Todos se dieron cuenta de que debía de tratarse de algo muy grave porque Linda nunca había interrumpido antes una sesión de la junta. Nat guardó silencio cuando vio la expresión de angustia en el rostro de la joven.
– Hay un hombre armado en la escuela… -Nat se estremeció-. Tiene como rehenes a los niños de la clase de la señorita Hudson.
– ¿Luke está…?
– Sí, es uno de ellos -respondió Linda-. La última clase que tiene Luke los viernes es la clase de dibujo de la señorita Hudson.