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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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Nat se levantó de su silla y caminó con paso inseguro hacia la puerta. Ninguno de los presentes hizo comentario alguno.

– La señora Cartwright ya va de camino a la escuela -añadió Linda en el momento que Nat salía de la sala-. Dice que se reunirá con usted allí.

Nat asintió mientras abría la puerta que comunicaba con el aparcamiento subterráneo.

– No te apartes del teléfono -le dijo a Linda antes de montarse en el coche.

Nat enfiló la rampa y salió del aparcamiento. Esta vez, en lugar de girar a la derecha como era habitual, giró a la izquierda.

Sonó el teléfono. Culver apretó el botón de manos libres y señaló a Fletcher.

– ¿Está usted ahí, senador?

– Así es, Billy.

– Dígale al jefe que deje pasar a los equipos de la televisión y a los periodistas a este lado de la barrera; así me sentiré más seguro.

– Eh, espere un momento -intervino Culver.

– No, usted es quien tendrá que esperar -gritó Billy-. Si no lo hace, tendrá a su primer cadáver tendido en el patio. El trabajo será suyo para explicar a los periodistas que ocurrió porque no quiso dejarlos pasar. -Se cortó la comunicación.

– Será mejor que acceda a la petición, jefe -le aconsejó Fletcher-, porque parece evidente que está decidido a hacerse oír como sea.

– Dejen pasar a los periodistas -le ordenó Culver a uno de sus ayudantes.

El agente salió apresuradamente, pero pasaron unos minutos antes de que el teléfono volviera a sonar. Esta vez fue Fletcher quien apretó el botón de manos libres.

– Le escucho, Billy.

– Muchas gracias, señor Davenport, es usted un hombre de palabra.

– ¿Qué es lo que quiere ahora? -terció Culver, incapaz de contenerse.

– No quiero nada de usted, jefe. Prefiero seguir tratando con el senador. Señor Davenport, necesito que venga a reunirse conmigo; es mi única oportunidad para que me escuchen.

– No lo puedo permitir -declaró Culver.

– No creo que sea cosa suya, jefe. Es el senador quien tiene que decidirlo, aunque supongo que querrán discutirlo entre ustedes. Llamaré dentro de dos minutos -añadió Bates, y colgó.

– Estoy dispuesto a aceptar su petición -manifestó Fletcher-. Sinceramente, no creo que tengamos otra alternativa.

– Carezco de autoridad para impedírselo -dijo Culver-, pero quizá la señora Davenport pueda hablarle de las consecuencias.

– No quiero que vayas allí -repuso Annie-. Siempre crees lo mejor de cualquiera y las balas no discriminan.

– Me pregunto si opinarías lo mismo si Lucy estuviese entre los niños secuestrados.

Annie se disponía a responder cuando el teléfono sonó nuevamente.

– ¿Viene usted de camino, senador, o también necesita ver un cadáver para decidirse?

– No, no -exclamó Fletcher-. Ahora mismo voy para allá.

Bates colgó el teléfono.

– Ahora escúcheme con mucha atención -le dijo Culver-. Puedo cubrirle mientras esté en el patio, pero tendrá que arreglárselas solo en cuanto entre en el aula.

Fletcher asintió y a continuación abrazó a Annie durante unos segundos.

Culver le acompañó mientras recorrían el pasillo.

– Llamaré al aula cada cinco minutos. Si puede hablar, le mantendré informado de todo lo que ocurra aquí. Cada vez que le haga una pregunta responda solo sí o no. No le dé ninguna pista a Bates de lo que pretendo averiguar. -Fletcher asintió. Cuando llegaron a la puerta, Culver se sacó el puro de la boca-. Deme la americana, senador. -Fletcher lo miró, sorprendido-. Si no lleva ninguna arma oculta, ¿qué sentido tiene darle a Bates alguna razón para creer que va armado? -Fletcher sonrió mientras el jefe de policía le abría la puerta-. No voté por usted en las últimas elecciones, senador, pero si sale de esta con vida, quizá me lo replantee la próxima vez. Lo siento -añadió-, no es más que mi retorcido sentido del humor. Buena suerte.

Fletcher salió al patio y comenzó a andar lentamente por el camino que llevaba al edificio principal. No veía a ninguno de los tiradores, pero tenía la sensación de que no podían estar muy lejos. Tampoco veía a los equipos de televisión, aunque pudo escuchar las tensas voces de los periodistas cuando entró en la zona iluminada por los focos. El camino que llevaba hasta el edificio principal no tendría más de cien metros. Sin embargo, a Fletcher le pareció que había caminado un kilómetro por la cuerda floja bajo un sol abrasador.

En cuanto llegó al otro extremo del patio subió los cuatro escalones hasta la puerta. Entró en un pasillo oscuro y desierto y esperó hasta que sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Avanzó sin prisas y se detuvo delante de una puerta donde estaba escrito el nombre de la señorita Hudson en diez colores diferentes. Llamó; la puerta se abrió en el acto y se volvió a cerrar violentamente en cuanto entró. Miró hacia uno de los rincones del aula, donde sonaban unos sollozos ahogados y vio a los niños acurrucados.

– Siéntese allí -le ordenó Bates, que parecía estar tan nervioso como Fletcher.

El senador se sentó como pudo en un pupitre pensado para un niño de nueve años en un extremo de la fila. Miró al hombre de aspecto desaliñado, vestido con unos vaqueros sucios y gastados. La barriga le sobresalía por encima del cinturón, a pesar de que no tendría más de cuarenta años. Permaneció atento mientras Bates cruzaba el aula y se detenía detrás de la señorita Hudson, que continuaba sentada a su mesa delante de los pupitres. Bates empuñó el arma con la mano derecha y apoyó la izquierda en el hombro de la mujer.

– ¿Qué está pasando ahí fuera? -gritó-. ¿Qué intenta hacer el jefe?

– Está esperando recibir noticias mías -respondió Fletcher, con el tono más sereno posible-. Llamará cada cinco minutos. Le preocupan los niños. Ha conseguido convencer a todos los que están ahí fuera de que es usted un asesino.

– No soy un asesino -replicó Bates-. Usted lo sabe.

– Quizá yo sí -admitió Fletcher-, pero si mata a algún niño, Billy, le recordarán durante el resto de sus vidas. En cambio, si mata a un senador, mañana no lo recordará nadie.

– Haga lo que haga, soy hombre muerto.

– No si vamos a enfrentarnos a las cámaras juntos.

– ¿Qué podríamos decirles?

– Que usted fue a verme en dos ocasiones para explicarme algunas ideas muy sensatas e imaginativas sobre el control de armas, pero que nadie le hizo caso. Pues ahora tendrán que ponerse cómodos y escucharle, porque tendrá la oportunidad de hablar con Sandra Mitchell en las noticias de la noche.

– ¿Sandra Mitchell? ¿Está en el patio?

– Por supuesto -afirmó Fletcher- y está desesperada por conseguir que usted le conceda una entrevista.

– ¿Cree sinceramente que le interesará hablar con alguien como yo, señor Davenport?

– No ha venido hasta aquí para hablar con nadie más -le aseguró el senador.

– ¿Se quedará usted conmigo? -preguntó Bates.

– Faltaría más, Billy. Usted sabe muy bien qué pienso sobre el control de armas. La última vez que nos vimos me dijo que había leído todos mis discursos sobre el asunto.

– Sí, los leí, pero ¿de qué me ha servido? -replicó Billy. Apartó la mano del hombro de Mary Hudson y comenzó a caminar lentamente hacia Fletcher, sin dejar de apuntarle con el arma-. La verdad es que usted solo está repitiendo al pie de la letra lo que el jefe le indicó que me dijera.

Fletcher se sujetó a los bordes del pupitre, sin desviar la mirada del hombre. Si estaba dispuesto a correr el riesgo, era consciente de que necesitaba tener a Billy lo más cerca posible. Se inclinó un poco hacia delante mientras continuaba sujetando la tapa del pupitre. El teléfono en la mesa de la señorita Hudson comenzó a sonar. Billy solo estaba a un paso y el repentino campanilleo le hizo volver la cabeza durante una fracción de segundo. Esto le dio a Fletcher la oportunidad de levantar bruscamente la tapa del pupitre y lograr que golpeara en la mano derecha de Billy. La violencia del golpe consiguió que Billy perdiera momentáneamente el equilibrio y al trastabillar se le cayó el arma. Ambos vieron cómo el revólver resbalaba por el suelo para ir a parar a un par de pasos de donde se encontraba la señorita Hudson. Los niños comenzaron a gritar cuando ella se dejó caer de rodillas, cogió el arma y apuntó a Billy.

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