Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– Avigail no quería tener hijos. Por encima de todo, se negaba a tener hijos -dijo Michael-. Puede que ése fuera el motivo. Creo que lo es. Y padecía una enfermedad de la piel que no lograba superar, lo que le causaba montones de problemas psicológicos. Con ella, todo eran complicaciones. No lograba confiar en mí. Este tipo de cosas no se pueden explicar. Es una suma de muchos factores. Desengaños constantes. Con ella era imposible alcanzar la tranquilidad o la intimidad. La paz de espíritu. Si hubiera esperado algunos años más, tal vez…
– No la querías bastante -sentenció Shorer-. A veces es tan sencillo como eso. Ahora te he oído hablar de esta mujer, de Nita. Y sé que se te ha metido en el bolsillo. Así están las cosas.
– Yo no lo siento así -dijo Michael con timidez-. Sólo sé que estoy preocupado por ella. Que quiero que vuelva a la vida. Que comience a tocar el chelo de nuevo. No sabes qué talento tiene. Quiero que vuelva a ser feliz. No quiero que nadie la trate mal nunca más. Antes de que sucediera todo esto, creía que podría hacerla feliz. A nuestra manera cautelosa, las cosas nos iban bien.
– Lo siento, pero no puedes seguir así -dijo Shorer con un suspiro-. Tienes que renunciar a la niña y abandonar el caso. Con hipnosis o sin ella, y hasta que se demuestre lo contrario, Nita sigue siendo una sospechosa. ¿La está interrogando Balilty?
– ¿Por qué tengo que renunciar a la niña? -susurró Michael. El embotamiento que sentía empezaba a desvanecerse, dando paso a la ira.
– Te lo diré una vez más: uno no se va encontrando niños por la calle. No, no se encuentran en la calle. Por no hablar ya de que no tienes tiempo para cuidarla como es debido. ¿Quieres un hijo? Estupendo. Enamórate de una mujer y tenlo. Ya te lo dije hace mucho: si el mundo funciona así, por algo será. Niégalo si quieres, pero el orden natural de las cosas encierra una lógica. Un niño necesita una madre y un padre.
– ¿Es sólo porque soy un hombre? -protestó Michael.
– Sí. Esto no es California, ni Hollywood. Es la vida real -respondió Shorer sin sonreír-. Yo creo que, para criar a un niño, hacen falta una madre y un padre. No estoy diciendo -su voz perdió de pronto cierta certidumbre y autoridad- que no haya circunstancias especiales, divorcios, muertes, cosas así, pero ¿encontrar a una niña en la calle? ¡Qué va!
– Estás siendo de lo más ilógico -dijo Michael abruptamente-. Pero si pareces mi abuela. ¿Cómo puedes someter una cosa así a ese tipo de razonamientos?
– Qué le voy a hacer -dijo Shorer con un suspiro-. Cuando pasas dos días y dos noches metido aquí, y ves tantos problemas, y te quedas hecho un trapo, sintiendo que en cuestión de minutos puedes perderlo todo… a tu hija, a tu nieta… empiezas a encajar las cosas en sus verdaderas dimensiones. ¡Así que soy ilógico! Más bien será que no comprendes mi lógica. Aunque a veces esa lógica sea la tuya y yo haya sido incapaz de comprenderla muchas veces. ¿Qué quieres que te diga? ¡Hemos intercambiado los papeles!
– Supongamos, y sólo es un suponer, porque no pienso hacerlo, supongamos que renuncio a la niña, y entonces, ¿qué?
– ¿Cómo que «supongamos»? ¡Aquí no hay nada que suponer! ¡Tendrás que renunciar a ella porque la señora Mashiah te obligará! Así que, partiendo de que no hay nada que suponer, ¿cuál es tu pregunta?
– ¿Conoces a Ruth Mashiah?
– No te preocupes de eso ahora. ¿Cuál es tu pregunta?
– El caso. Este caso.
– ¿Si puedes seguir trabajando en él?
Michael asintió con un gesto.
– Nunca se nos había presentado una situación semejante. Y tú, ¿cómo lo ves? Te acuestas con ella y luego…
– ¡Nunca me he acostado con ella! -exclamó Michael desesperado-. Ya te lo he dicho, nunca la he tocado.
– Está bien, está bien -lo aplacó Shorer-. Digamos entonces que pasas la tarde con ella en plan de amigos. Le coges la mano, juegas con su hijo o lo que sea, quieres que vuelva a la vida, que sea feliz y todo lo demás, ¿y luego la interrogas en tu despacho? ¿Con Balilty? ¿Qué te parece a ti? ¿Cómo lo imaginabas? Explícamelo. Lo pasado, pasado está. Pero quiero que me expliques cómo ves el futuro. Una investigación de estas características puede prolongarse durante semanas o meses, ¿quién sabe?
– Encontraremos una solución. Puedo concentrarme en otros aspectos del caso -farfulló Michael-. Tengo que descubrirlo -se oyó decir roncamente-. Tengo que descubrir qué ha pasado exactamente.
– Sí. Tienes que descubrirlo -dijo Shorer con un suspiro-. Y créeme que lo siento. Para una vez que te oigo hablar de una mujer como nunca te había oído hablar de ninguna otra. Dime cómo crees que podría funcionar.
– No tendré el menor contacto con ella hasta que hayamos resuelto el caso -anunció Michael. Él mismo percibió en su voz el tono fanfarrón del niño desobediente que promete portarse mejor. «Ni el menor contacto personal.» Lo asaltaron pensamientos escépticos: «¿Estás seguro? Un poco de seriedad. ¿Cómo vas a soportar que se sienta abandonada? Tendrás que acostumbrarte a que te odie. Ni siquiera serás capaz de explicárselo».
Shorer le dirigió una mirada inquisitiva.
– ¿Cómo piensas conseguirlo? Vives justo debajo de ella. Supongamos, sólo por suponer, para seguir hablando, que eso resolviera el problema. ¿Cómo lo llevarías a la práctica?
Michael inclinó la cabeza. Tampoco él lo sabía muy bien, ni si sería capaz de conseguirlo. Ni tenía claro qué lo impulsaba a continuar trabajando en la investigación. Miró a Shorer queriendo decir que no lo sabía y que lo ayudase. Pero por encima de ese deseo estaba el de mantener el autodominio, no delatar su incertidumbre ni la confusión que lo abrumaba. Si Shorer le hubiera preguntado por qué estaba dispuesto a renunciar a Nita -puesto que renunciar a ella temporalmente significaba, bien lo sabía, renunciar a ella para siempre-, sólo por trabajar en el caso, Michael no habría sabido qué responder. Y aun cuando encontrara la manera de expresarlo, Shorer no lo comprendería.
– Ponme bajo vigilancia. Pídeme lo que quieras. Puedo mudarme de casa -dijo al fin-, pero no me retires del caso. Por favor. Y también necesito estar seguro de que van a tener vigilada a Nita. Puede que esté en peligro. No sé si te he dicho que estoy muy preocupado por ella.
– ¿No crees que ahora te necesita más como amigo? -preguntó Shorer-. Olvídate por un momento de los procedimientos. Ahora estamos hablando en plan personal.
– ¡Ahora mismo no puedo ser su amigo! -se lamentó Michael-. No podré hasta que esté seguro, hasta que haya encontrado una prueba -tenía la garganta reseca, le dolía. Apuró los restos del café.
– ¿Tengo que poner en peligro un caso de asesinato por el que el comisario jefe y el ministro se me han echado encima, y la prensa y el mundo entero me acosan…? ¿Tengo que mandarlo a la mierda por tus problemas personales? -dijo Shorer enfadado-. Dejemos de hablar en plan personal. Hablemos del trabajo, de lo que es conveniente en ese sentido. Siempre te he dicho que para trabajar es necesario distanciarse.
Michael meditó durante un rato largo.
– Hay cosas que sólo yo sé preguntar -dijo al cabo-. O comprender -añadió enseguida. Y al ver la expresión de Shorer, se apresuró a decir-: Soy el único que tiene algún conocimiento sobre la música clásica. Poca cosa, pero algo es algo. Y éste, créeme, es un caso musical.
Shorer lanzó un bufido.
– Así que al fin llegamos a tu famoso «espíritu de las cosas» -dijo con mordacidad-. Ya me extrañaba a mí que todavía no lo hubieras mencionado. Pero esta vez no es tan sencillo. ¿Recuerdas el lío en que te metiste con Ariyeh Klein? Y no eras más que ex alumno suyo. No podías evitar creerle ni siquiera cuando descubriste que mentía. Le tenías afecto y lo admirabas, lo conocías. ¿Qué me dices de este caso? ¿De verdad podrás ser objetivo?