La Sala Del Crimen
- Автор: Джеймс Филлис Дороти
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:
Habían sacado el cadáver y ahora el cuerpo yacía junto al baúl sobre una sábana de plástico. El brillo despiadado de la luz que la iluminaba directamente eliminaba los últimos vestigios de humanidad, de manera que la mujer resultaba tan artificial como una muñeca a punto de ser embalada. El pelo amarillo brillante mostraba una línea de color castaño en las raíces. Debió de ser guapa en vida, con una sensualidad felina, pero ya no había belleza ni paz en ese rostro inerte. Sus ojos de un azul claro estaban abiertos y eran ligeramente exoftálmicos; se diría que con una ligera presión en la frente, los dos globos se desencajarían y saldrían rodando como canicas por las pálidas mejillas. Tenía la boca entreabierta, y los dientes pequeños y perfectos descansaban en el labio inferior en un remedo de mohín. Un hilillo de mucosidad se había secado en el labio superior. Se apreciaba un moratón a cada lado del delicado cuello, donde la presión asesina de unas manos poderosas le había arrebatado la vida.
Dalgliesh permaneció de pie en silencio mientras Kynaston, encorvado, se desplazaba despacio alrededor del cuerpo, extendía con suavidad los pálidos dedos y movía la cabeza de izquierda a derecha para inspeccionar mejor los hematomas. A continuación buscó el termómetro rectal en el viejo maletín que siempre llevaba consigo. Al cabo de unos minutos, una vez finalizado el examen preliminar, se incorporó.
– La causa de la muerte es evidente: fue estrangulada. El asesino llevaba guantes y era diestro. No hay otras marcas ni arañazos, ni indicios de que la víctima intentase zafarse de la mano que la agarraba. Debió de perder el conocimiento enseguida. La mayor presión la ejerció la mano derecha desde delante. Se aprecia la marca de un dedo pulgar justo por debajo de la mandíbula inferior, sobre el cornu del tiroides. Hay marcas en el lado izquierdo del cuello por la presión de los dedos opuestos. Como pueden observar, éstas se hallan un poco por debajo, siguiendo el lado del cartílago del tiroides.
– ¿Pudo hacerlo una mujer? -preguntó Dalgliesh.
– Habría necesitado ejercer mucha fuerza, pero no una fuerza descomunal. La víctima es delgada y el cuello bastante estrecho. Una mujer podría haberlo hecho, pero no, por ejemplo, una mujer frágil o una persona con artritis en las manos. ¿La hora de la muerte? Eso resulta difícil de determinar, ya que el baúl es prácticamente hermético. Tal vez pueda ser más preciso después de la autopsia. Por el momento, calculo que debe de llevar muerta al menos cuatro días, casi cinco.
– Dupayne murió hace unas ciento ochenta horas, el pasado viernes -señaló Dalgliesh-. ¿Es posible que esta muerte ocurriera a la misma hora aproximadamente?
– Sí es posible, pero ni siquiera la autopsia me permitirá precisarlo con tanta exactitud. Mañana por la mañana tengo un hueco libre a las ocho y media. Intentaré tener un informe listo para primera hora de la tarde.
Habían encontrado el móvil, uno de los modelos más recientes, en el bolsillo de la chaqueta. Dirigiéndose al otro extremo de la habitación con las manos enguantadas, Piers pulsó los botones para descubrir el origen de la llamada y a continuación marcó el número.
Respondió una voz masculina.
– Taller de Mercer.
– Me parece que acaba de telefonear a este número y no hemos contestado a su llamada.
– Sí, señor. Era para decir que el coche de Celia Mellock ya está listo. ¿Lo recogerá ella o prefiere que se lo llevemos?
– Será mejor que se lo lleven. Tiene la dirección, ¿verdad?
– Sí, la tenemos. Es el 47 de Manningtree Gardens, Earls Court Road.
– Ahora que lo pienso, será mejor que no lo lleve. Acaba de marcharse y tal vez prefiera recogerlo ella misma. Bueno, ya le diré que está listo. Gracias.
»Tenemos el nombre y la dirección, señor -anunció Piers-. Y ya sabemos por qué no vino en coche al museo. Lo tenía en el taller. Se llamaba Celia Mellock, y la dirección es el 47 de Manningtree Gardens, Earls Court Road.
Habían puesto unos guantes de plástico a la chica muerta y las uñas, muy rojas, brillaban como si las hubiesen sumergido en sangre. El doctor Kynaston le levantó las manos con cuidado y se las cruzó sobre el pecho. Cubrieron el cuerpo con la sábana de plástico y subieron la cremallera de la bolsa. El fotógrafo empezó a desmontar su lámpara y el doctor Kynaston, ahora ya sin guantes, se quitó la bata y la guardó de nuevo en el maletín. Habían llamado al coche del depósito de cadáveres y Piers había bajado a esperarlo. En ese momento se abrió la puerta y entró una mujer con aire decidido.
Kate se dirigió a ella con voz brusca.
– Señora Strickland, ¿qué está haciendo aquí?
– Es miércoles por la mañana -respondió la señora Strickland con toda naturalidad-. Vengo todos los miércoles de nueve y media a una, y los viernes de dos a cinco. Este es el horario que establecimos. Creía que ya lo sabían.
– ¿Quién la ha dejado entrar?
– La señorita Godby, por supuesto. Entiende perfectamente que los voluntarios debemos ser rigurosos con nuestras obligaciones; ha dicho que el museo estaba cerrado al público, pero yo no soy el público.
Se acercó sin vacilar a la bolsa que contenía el cuerpo de la joven muerta.
– Veo que tienen un cadáver aquí dentro. Detecté el olor inconfundible en cuanto abrí la puerta de la biblioteca. Tengo un olfato envidiable. Me preguntaba qué le habría pasado al grupo de visitantes del señor Ackroyd; me dijeron que visitarían la biblioteca y saqué algunas de las publicaciones más interesantes para que las vieran. Es de suponer, teniendo en cuenta las circunstancias, que no van a venir.
– Ya se han marchado, señora Strickland -le explicó Dalgliesh-, y me temo que también a usted habré de pedirle que se marche.
– Lo haré dentro de diez minutos, cuando termine mi jornada, pero antes guardaré las publicaciones que había preparado. Me parece que ha sido una pérdida de tiempo. Ojalá me hubiese informado alguien de lo que estaba sucediendo. A propósito, ¿qué está pasando? Me imagino que se trata de una segunda muerte sospechosa, ya que está usted aquí, comisario. Nadie del museo, espero.
– Nadie del museo, señora Strickland. -Dalgliesh, ansioso por librarse de ella pero sin querer contrariarla, contuvo su impaciencia.
– Un hombre, supongo -dijo-. Veo que no hay ningún bolso. Ninguna mujer iría sin bolso. ¿Y flores marchitas? Parecen violetas africanas. Son violetas, ¿no? ¿Es una mujer?
– Es una mujer, pero debo pedirle que se muestre discreta, hemos de informar a la familia. Alguien debe de estar echándola en falta, preocupándose por saber su paradero. Hasta que se informe a los familiares, cualquier filtración podría dar al traste con la investigación y causar un dolor innecesario. Estoy seguro de que lo entiende. Lamento que no supiéramos que estaba usted en el museo, es una suerte que no haya venido antes…
– Los cuerpos de los muertos no me trastornan -explicó la señora Strickland-. Los de los vivos sí, a veces. No diré nada. Supongo que la familia estará al corriente, me refiero a los Dupayne, claro está.
– La señorita Dupayne estaba aquí cuando encontramos el cuerpo, al igual que el señor Calder-Hale. No me cabe duda de que uno de ellos, o tal vez los dos, habrán llamado a Marcus Dupayne.