La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Félicité de Genlis tenía mucha paciencia. Sonrió decidida. Si fuera necesario estaba dispuesta a discutir todo el día con el duque.
– La Asamblea te ha pedido que aceptes el trono en caso de que quede vacante -dijo.
– ¡Y dale! -contestó el duque-. Eso ya lo sabemos. No te pongas pesada.
– No te exaltes, querido. En primer lugar, permíteme decirte que no es probable que el trono quede vacante. Tengo entendido que el viaje de tu primo se ha visto bruscamente interrumpido. En estos momentos está de regreso a París.
– Sí -contestó el duque, sonriendo satisfecho-. El muy idiota. ¡Mira que dejarse atrapar! Han enviado a Barnave y a Pétion para que los escolten. Espero que el diputado Pétion le diga al Rey lo que todos pensamos de él.
– Como sabes -continuó Félicité-, la actual Asamblea ha redactado la nueva constitución, que está lista para ser firmada por el Rey. La Asamblea desea instaurar un clima de estabilidad. Los cambios han sido tan rápidos y profundos que la gente está deseosa de que se restituya el orden. Es posible que dentro de un mes Luis sea colocado de nuevo en el trono, como si nada hubiera sucedido.
– ¡Pero se ha fugado! ¡Es el Rey de este país, y se ha fugado de él!
– Puede que la Asamblea no interprete sus actos de este modo.
– ¿Acaso existe otra interpretación? Perdona, soy un hombre torpe y sencillo…
– No. Pero son muy ingeniosos. Sobre todo los abogados.
– No me fío de ellos -dijo Philippe-. Son una pandilla de embaucadores.
– Piensa un poco, querido. Si Luis es restituido en el trono, no debes dar la impresión de que estás ansioso de ocupar su puesto.
– Pero lo estoy -respondió Philippe. ¿Qué demonios se proponía Félicité? ¿Acaso no era esto lo que había provocado todos los disturbios de los últimos años? ¿Acaso no había soportado, para llegar a ser Rey, la compañía de gentes que no eran caballeros, que no sabían cazar, que no sabían distinguir a un purasangre de un podenco? ¿Acaso no había tolerado, para llegar a ser Rey, los paternalistas consejos del imbécil de Laclos? ¿Acaso no había sentado a su mesa, para llegar a ser Rey, a ese bruto de Danton, que no paraba de mirar descaradamente a su amante Agnès y a su ex amante, Grace? ¿Acaso para llegar a ser Rey no había cesado de pagar, pagar y pagar?
Félicité cerró los ojos. Cuidado, se dijo. Habla con cuidado, pero habla: por la nación, por los hijos de este hombre, a los que he criado. Y por nosotros.
– Reflexiona, querido.
– ¿Qué reflexione? -explotó el duque-. Muy bien, no te fías de mis seguidores. Yo tampoco. Ya les tengo calados.
– Lo dudo.
– ¿Crees que voy a dejar que esos cretinos me manipulen a su antojo?
– No eres el hombre capaz de frenar sus ambiciones, Philippe. Te tragarán vivo, a ti, a tus hijos y a todas las personas de tu entorno. ¿No te das cuenta de que unos hombres que son capaces de destruir a un Rey pueden destruir a otro? ¿Crees que tendrían el menor escrúpulo en deshacerse de ti cuando ya no les sirvas? Te utilizarán hasta que puedan prescindir de ti. ¿Recuerdas cuando cayó la Bastilla? Luis te decía que fueras aquí y allá, que regresaras a Versalles, que te fueras de Versalles… Te tenía dominado. Te quejabas de no tener libertad. Ahora, desde el momento en que digas: «Sí, quiero ser Rey», volverás a renunciar a tu libertad. A partir de ese día, vivirás encerrado en una cárcel. No una cárcel con barrotes y cadenas, sino una cárcel dorada que el señor Danton construirá para ti. Una cárcel con una asignación anual, con protocolo, con fiestas, con representaciones de ballet, con bailes de disfraces y carreras de caballos.
– El ballet no me gusta -dijo el duque-. Me aburre.
Félicité se alisó la falda y observó sus manos. Las manos de una mujer siempre traicionan su edad, pensó. Durante un tiempo existía la esperanza de un mundo más justo, más limpio. Nadie había tenido más esperanzas que ella, ni se había esforzado más para alcanzarlas.
– Una cárcel -repitió-. Te engañarán, te mantendrán distraído y ocupado mientras ellos se reparten el pastel. Ese es su objetivo.
Philippe se la quedó mirando.
– Te crees más lista que yo, ¿no es así? -preguntó.
– Mucho más, querido, mucho más.
– Siempre he reconocido mis limitaciones -dijo él, bajando la vista.
– Lo cual demuestra que eres más sabio que la mayoría de los hombres. Y más sabio que esos manipuladores que tanto admiras.
Eso complació a Philippe. Pensó vagamente que quizá conseguiría engañarlos.
– ¿Qué debo hacer, Félicité? Dímelo, te lo ruego.
– No tengas más tratos con ellos. Defiende tu buen nombre. Niégate a hacer de títere.
– ¿Pretendes… pretendes… que me presente en la Asamblea y les diga no, no quiero el trono, quizá pensasteis que lo ambicionaba, pero estabais equivocados?
– Coge este papel. Siéntate. Escribe lo que yo te dicte.
Félicité se apoyó en el respaldo de la silla. Tenía las palabras preparadas en la mente. Es muy precario, pensó. Si consiguiera apartarlo de toda influencia ajena, impedir que ellos lo persuadan… Pero eso es imposible. He tenido suerte de tenerlo a solas durante una hora.
Era preciso obrar con rapidez, antes de que Philippe cambiara de opinión.
– Firma aquí. Ya está.
Philippe arrojó la pluma sobre la mesa, manchando las rosas, las cintas y los violines.
– Laclos me matará -gimió.
Félicité le acarició la cabeza como si tranquilizara a un niño con dolor de barriga y cogió el papel para corregir la puntuación.
Cuando el duque comunicó a Laclos su decisión, éste se inclinó ante él y respondió: «Como guste, milord», y se retiró. Más tarde se preguntó por qué le había hablado en inglés. Al llegar a su casa, agarró una botella de coñac y se la bebió entera.
Cuando llegó a la vivienda de Danton, atravesó la sala de estar tambaleándose y sujetándose en los muebles, hasta dejarse caer en un sillón.
– Ten paciencia -dijo-. Estoy a punto de pronunciar una frase profunda.
– Me marcho -dijo Camille.
No le interesaba lo que pudiera decir Laclos. Prefería no conocer los detalles de los líos de Danton; y aunque sabía que debía considerar a Philippe simplemente como un medio para alcanzar un fin, resultaba muy difícil cuando todo el mundo se había portado también con uno. Cada vez que un cordelier se presentaba en su casa, gritando a voz en cuello, recordaba el regalo de bodas que quería hacerle el duque, consistente en una vivienda de doce habitaciones, y le entraban ganas de romper a llorar.
– Siéntate, Camille -dijo Danton.
– Puedes quedarte -dijo Laclos-, pero no se te ocurra repetir lo que voy a contaros.
– Adelante -dijo Danton.
– Mis observaciones se dividen en tres partes. Una, Philippe es un cretino integral. Dos, Félicité es una puta asquerosa.
– De acuerdo -contestó Danton-. ¿Y la tercera?
– Un golpe de Estado -respondió Laclos, mirando a Danton sin alzar la cabeza.
– Vamos, no te excites.
– Obliga a Philippe, hazle comprender que debe cumplir con su deber. Colócalo en una posición en la que… -recitó Laclos, mientras movía la mano derecha como si partiera un trozo de carne.
– ¿Qué es lo que pretendes exactamente? -preguntó Danton.
– La Asamblea decidirá restituir a Luis en el trono. Porque lo necesitan para que su bonita constitución funcione. Porque son hombres del Rey, Danton, porque el maldito Barnave ha sido comprado. -De pronto, Laclos fue presa de un ataque de hipo-. Y si no lo había sido, lo habrán comprado ahora, después del viajecito desde la frontera con la puta austríaca. Tienen unas ideas delirantes. ¿Has visto la proclamación de Lafayette?: «Los enemigos de la Revolución se han apoderado de la persona del Rey.» Hablan de secuestro -dijo Laclos, asestando un puñetazo en el reposabrazos del sillón-. Dicen que condujeron a ese imbécil gordinflón hasta la frontera contra su voluntad. Son capaces de decir cualquier cosa con tal de salvarse. Cuando pretenden engañar tan miserablemente al pueblo, ¿acaso no es hora de derramar un poco de sangre, Danton?