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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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Para más inri, el señor Danton había llamado cobarde al general Lafayette.

Las Tullerías, el lunes de Semana Santa, a las once y media de la mañana.

– Es una locura -afirma el alcalde Bailly-, hacer venir aquí al batallón de los cordeliers.

– Querrás decir el batallón número 3 -le rectificó Lafayette. Cerró los ojos, pues tenía jaqueca.

La familia real subió a la carroza, y allí permaneció. La Guardia Nacional desobedeció las órdenes de Lafayette. No permitieron que se abrieran las puertas de palacio. La multitud no dejaría que pasara la carroza. La Guardia Nacional se negaba a obligar a la multitud a dispersarse. La gente se puso a cantar el Ça Ira. El primer mayordomo de la alcoba real fue atacado. El Delfín rompió a llorar. El año pasado, y el antepasado, sus lágrimas podían haber despertado la compasión de la muchedumbre. Pero si sus padres no querían someter al niño a aquel sufrimiento, que lo hubieran dejado en palacio.

Lafayette insultó a sus hombres. Permaneció sentado sobre su caballo blanco, temblando de ira, mientras el animal relinchaba y sacudía la cabeza nervioso.

El alcalde pidió orden, pero fue en vano. Dentro de la carroza, los monarcas se miraron preocupados.

– ¡Cerdo! -gritó un hombre al Rey-. Te pagamos veinticinco millones al año, así que tienes que obedecernos.

– Proclama la ley marcial -ordenó Lafayette a Bailly.

Bailly no se movió.

– Haz lo que te ordeno.

– No puedo.

La paciencia de todos se agotaba. Al cabo de casi dos horas, los Reyes se habían hartado. Al entrar de nuevo en las Tullerías, la Reina se giró hacia Lafayette y dijo:

– Como habrá podido comprobar, no somos libres.

Era la una y cuarto de la tarde.

Ephraim, un agente al servicio de Federico Guillermo de Prusia,

a Laclos, al servicio del duque de Orléans

Durante unas horas, nuestra posición fue brillante. Incluso llegué a pensar que su augusto patrono se disponía a colocar a su primo en el trono; pero estaba equivocado. Lo único que me satisface de este asunto es el hecho de haber hundido a Lafayette, lo cual no es poco. Lamento que nuestras 500.000 libras han sido desperdiciadas; no podemos disponer todos los días de semejante suma de dinero, y el rey de Prusia se cansará de pagar.

Un hermoso día de junio, Philippe se hallaba en el camino de Vincennes, conduciendo a Agnès de Buffon en su ligero carruaje. Les seguía a corta distancia un nuevo vehículo, de grandes dimensiones, conocido como «berlina».

El duque lo detuvo con un restallido del látigo.

– Hola, Fersen. No corra tanto, hombre, que se va a partir el cuello.

El amante de la Reina era un conde sueco, alto y enjuto.

– Estoy probando mi nuevo carruaje, señor.

– ¿De veras? -Philippe observó las elegantes ruedas color limón, la carrocería verde oscuro y los adornos de nogal.

– ¿Se marcha de viaje? Es un poco grande, ¿no? ¿Va a llevarse a todas las chicas del coro de l’Opéra?

– No -le contestó Fersen, inclinando la cabeza respetuosamente-. Se las dejo a usted.

El duque observó el carruaje mientras se alejaba por el camino.

– Me pregunto… -dijo a Agnès-. Sería muy típico del Rey utilizar ese ardid para huir a la frontera.

Agnès sonrió. Se echaba a temblar de pensar que Philippe pudiera llegar a ser Rey algún día.

– Y no te hagas el inocente conmigo, Fersen -dijo el duque, con la mirada fija en la carretera-. Todos sabemos lo que haces cuando no estás en las Tullerías. Su última amiguita es una acróbata de circo, imagínate. Aunque cualquier cosa es mejor que esa arpía austríaca.

El niño, Antoine, se despertó a las seis y observó la luz del sol que se filtraba a través de los postigos. Cuando se cansó, comenzó a berrear.

Gabrielle acudió apresuradamente.

– Eres un pequeño tirano -murmuró.

El niño alzó los brazos para que su madre lo cogiera. Gabrielle lo sacó de la cuna y lo llevó a su dormitorio. Las dos camas estaban separadas del resto de la habitación por una cortina que servía para delimitar el territorio privado del matrimonio, del patriótico circo en el que se había convertido su dormitorio. Lucile tenía el mismo problema, dijo. Quizá deberían mudarse a otra vivienda más grande. Pero no, todo el mundo conocía la casa de Danton, éste no querría mudarse. Además, era muy complicado trasladarse de casa.

Gabrielle se metió en la cama, estrechando a su hijito entre sus brazos. Su padre estaba acostado en la otra cama, profundamente dormido.

A las siete sonó el timbre de la puerta. Gabrielle sintió que el corazón le daba un vuelco, temiéndose que fueran malas noticias. Oyó a Catherine protestar y al cabo de unos instantes la puerta del dormitorio se abrió bruscamente.

– ¡Fabre! -exclamo Gabrielle-. ¿Qué ha pasado? ¿Han llegado los austriacos?

Fabre se precipitó sobre Danton y empezó a sacudirlo para despertarlo.

– Se han ido, Danton. El Rey, su esposa, su hermana, el Delfín. Todos.

Danton se incorporó inmediatamente.

– Lafayette estaba a cargo de la seguridad -dijo-. O se ha vendido a la Corte, traicionándonos, o es un majadero. De todos modos, lo tengo acorralado. Dame mis ropas, mujer.

– ¿Adónde vamos? -preguntó Fabre.

– En primer lugar, al Club de los Cordeliers. Localiza a Legendre y dile que reúna a unos cuantos hombres. Luego iremos al Ayuntamiento, y después a la Escuela de Equitación.

– ¿Y si no logran detenerlos? -inquirió Fabre.

– ¿Qué más da? -respondió Danton-. Lo importante es que la gente los haya visto huir.

Siempre da con la respuesta oportuna, pensó Fabre.

– ¿Sabías que iba a suceder esto? ¿Deseabas que sucediera?

– Estoy seguro de que los atraparán. Luis es un desgraciado -dijo Danton-. A veces siento lástima de él.

Grace Elliot: «No dudo de que Lafayette les ayudó a huir, y más tarde, temiendo ser descubierto, los traicionó.»

Georges-Jacques Danton, dirigiéndose a los miembros del Club de los Cordeliers: «Al defender la monarquía hereditaria, la Asamblea Nacional ha reducido a Francia a la esclavitud. Debemos abolir el nombre y la función del Rey; debemos convertir este reino en una república.»

Alexandre de Beauharnais, presidente de la Asamblea: «Señores, el Rey ha huido durante la noche. Procedamos con el orden del día.»

La multitud aclamó a Danton cuando éste llegó a la Escuela de Equitación, acompañado por una pequeña escolta militar.

– ¡Viva Danton, nuestro padre! -gritó una voz.

Danton se quedó atónito.

Más tarde, el señor Laclos llegó a la rue des Cordeliers. Observó a Gabrielle atentamente, no con una mirada lujuriosa, sino como si la estuviera estudiando. Ella se ruborizó. Todo el mundo ha debido darse cuenta de que me he engordado, pensó. Laclos lanzó un pequeño suspiro.

– Hace mucho calor, ¿no le parece, señora Danton? -preguntó, quitándose los guantes. Luego se dirigió a Danton y añadió-: Debemos hablar de ciertos asuntos.

Tres horas más tarde volvió a ponerse los guantes y se marchó.

París sin el Rey. Un imbécil había colgado una pancarta en las Tullerías que decía: Se alquila local. Danton no cesaba de hablar de la república. En el Club de los Jacobinos, Robespierre se puso en pie para contestarle, ajustándose la corbata con sus delgados dedos de uñas mordidas:

– ¿Qué es una república? -preguntó.

Danton debe definir claramente el término. Maximilien de Robespierre no acepta nada a ojos cerrados.

El duque descargó un violento puñetazo en la frágil mesa, incrustada con un dibujo de rosas, cintas y violines.

– No me hables como si tuviera tres años -rugió.

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