El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
—¿Qué?
—Pero hay dos hechos que no encajan en mi hipótesis. Uno es que Venancio no parecía interesado en tales asuntos: era un traductor de textos griegos, no un predicador de herejías… El otro es que esta primera hipótesis no explicaría la presencia de frases como la de las higueras, la piedra o las cigarras…
—Quizá son enigmas y significan otra cosa —sugerí—. ¿O tenéis otra hipótesis?
—Sí, pero aún es muy confusa. Tengo la impresión, al leer esta página, de que ya he leído algunas de las palabras que figuran en ella, y recuerdo frases casi idénticas que he visto en otra parte. Me parece, incluso, que aquí se habla de algo que ya se ha mencionado en estos días… Pero no puedo recordar de qué se trata. He de pensar en esto. Quizá tenga que leer otros libros.
—¿Cómo? ¿Para saber qué dice un libro debéis leer otros?
—A veces es así. Los libros suelen hablar de otros libros. A menudo un libro inofensivo es como una simiente, que al florecer dará un libro peligroso, o viceversa, es el fruto dulce de una raíz amarga. ¿Acaso leyendo a Alberto no puedes saber lo que habría podido decir Tomás? ¿O leyendo a Tomás lo que podría haber dicho Averroes?
—Es cierto —dije admirado.
Hasta entonces había creído que todo libro hablaba de las cosas, humanas o divinas, que están fuera de los libros. De pronto comprendí que a menudo los libros hablan de libros, o sea que es casi como si hablasen entre sí. A la luz de esa reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Así que era el ámbito de un largo y secular murmullo, de un diálogo imperceptible entre pergaminos, una cosa viva, un receptáculo de poderes que una mente humana era incapaz de dominar, un tesoro de secretos emanados de innumerables mentes, que habían sobrevivido a la muerte de quienes los habían producido, o de quienes los habían ido transmitiendo.
—Pero entonces —dije—, ¿de qué sirve esconder los libros, si de los libros visibles podemos remontarnos a los ocultos?
—Si se piensa en los siglos, no sirve de nada. Si se piensa en años y días, puede servir de algo. De hecho, ya ves que estamos desorientados.
—¿De modo que una biblioteca no es un instrumento para difundir la verdad, sino para retrasar su aparición? —pregunté estupefacto.
—No siempre, ni necesariamente. En este caso, sí.
SEXTA
Después de estas consideraciones, mi maestro decidió no hacer nada más. Ya he dicho que a veces tenía momentos así, de total inactividad, como si se detuviese el ciclo incesante de los astros, y él con ellos y ellos con él. Eso fue lo que sucedió aquella mañana. Se tendió sobre su jergón con la mirada en el vacío y las manos cruzadas sobre el pecho, moviendo apenas los labios, como si estuviese recitando una plegaria, pero en forma irregular y sin devoción.
Pensé que estaba pensando, y decidí respetar su meditación. Regresé a los corrales y vi que el sol ya no brillaba. La mañana había sido bella y límpida, pero ahora (casi agotada la primera mitad del día) se estaba poniendo húmeda y neblinosa. Grandes nubes llegaban por el norte e invadían la meseta, envolviéndola en una ligera neblina. Parecía bruma, y quizá también surgiese bruma del suelo, pero a aquella altura era difícil distinguir entre esta última, que venía de abajo, y la niebla, que se desprendía de las nubes. Apenas se divisaba ya la mole de los edificios más distantes.
Vi a Severino que, muy animado, estaba reuniendo a los porquerizos y algunos cerdos. Me dijo que iban a buscar trufas en las laderas de las montañas y en el valle. Yo aún no conocía ese fruto exquisito de la espesura, que crecía en los bosques de aquella península, y que parecía típico de las tierras benedictinas, ya fuese en Norcia —donde era negro— o en las tierras donde me encontraba —más blanco y más perfumado—. Severino me explicó en qué consistía y lo sabroso que era, preparado en las formas más diversas. Y me dijo que era muy difícil de encontrar, porque se escondía bajo la tierra, más hondo que las setas, y que los únicos animales capaces de descubrirlo, guiándose por el olfato, eran los cerdos. Pero que, cuando lo encontraban, querían devorarlo, y había que alejarlos en seguida para impedir que lo desenterraran. Más tarde supe que muchos caballeros no desdeñaban ese tipo de cacería, y que seguían a los cerdos como si fuesen sabuesos de noble raza, y seguidos a su vez por servidores provistos de azadas. Recuerdo incluso que, años después, un señor de mi tierra, sabiendo que había estado en Italia, me preguntó si yo también había visto que allí los señores salían a apacentar cerdos, y me eché a reír porque comprendí que se refería a la búsqueda de la trufa. Pero, como le dije que esos señores buscaban con tanto afán bajo la tierra el «tartufo», como llaman allí a la trufa, para luego comérselo, entendió que se trataba de «der Teufel», o sea, del diablo, y se santiguó con gran devoción, mirándome atónito. Aclarada la confusión, ambos nos echamos a reír. Tal es la magia de las lenguas humanas, que a menudo, en virtud de un acuerdo entre los hombres, con sonidos iguales significan cosas diferentes.
Intrigado por los preparativos de Severino, decidí seguirlo. Porque comprendí además que con esa excursión trataba de olvidar los tristes acontecimientos que pesaban sobre todos nosotros, y pensé que, ayudándole a olvidar sus pensamientos, quizá lograse, si no olvidar, al menos refrenar los míos. Tampoco esconderé, puesto que me he propuesto escribir siempre, y sólo, la verdad, que en el fondo me seducía la idea de que una vez en el valle, quizá podría ver, aunque fuese de lejos, a cierta persona. Pero para mí, y casi en voz alta, dije que, como aquel día se esperaba a las dos legaciones, quizá podría ver la llegada de alguna de ellas.
A medida que descendíamos por las vueltas de la ladera, el aire se hacía más claro, no porque apareciese de nuevo el sol, pues arriba el cielo estaba cubierto de nubes, sino porque la niebla iba quedando por encima de nuestras cabezas y podíamos distinguir las cosas con claridad. E, incluso, cuando hubimos descendido un buen trecho, me volví para mirar la cima de la montaña, y no vi nada: desde la mitad de la ladera, la cumbre del monte, la meseta, el Edificio, todo, había desaparecido entre las nubes.
La mañana en que llegamos, cuando subíamos entre las montañas, todavía era visible, en ciertas vueltas del camino, a no más de diez millas de distancia, y quizá a menos, el mar. Nuestro viaje había estado lleno de sorpresas, porque de golpe nos encontrábamos en una especie de terraza elevada a cuyo pie se veían golfos de una belleza extraor dinaria, y poco después nos metíamos en gargantas muy profundas, donde las montañas se erguían tan cerca unas de otras que desde ninguna era posible divisar el espectáculo lejano de la costa, mientras que a duras penas el sol lograba llegar hasta el fondo de los valles. Nunca como en aquella parte de Italia había visto una compenetración tan íntima y tan inmediata de mar y montañas, de litorales y paisajes alpinos, y en el viento que silbaba en las gargantas podía escucharse la alternante pugna entre los bálsamos marinos y el gélido soplo rupestre.
Aquella mañana, en cambio, todo era gris, casi blanco como la leche, y no había horizontes, incluso cuando las gargantas se abrían hacia las costas lejanas. Pero me demoro en recuerdos que poco interesan para los fines de la historia que nos preocupa, paciente lector de mi relato.
De modo que no me detendré a narrar las variadas vicisitudes de nuestra búsqueda de los «derteufel». Sí hablaré de la legación de frailes franciscanos que fui el primero en avistar, para correr en seguida al monasterio y dar parte a Guillermo de su llegada.