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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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—¡Gnomo sí! —exclamó riendo Ubertino—. ¡Y de aspecto enclenque, pero más robusto y astuto de lo que se creía!

—Hijo de zapatero —gruñó uno de los enviados.

—¡Cristo era hijo de carpintero! —lo amonestó Ubertino—. Esto no importa. Es un hombre instruido, ha estudiado leyes en Montpellier y medicina en París, ha sabido cultivar sus amistades con habilidad suficiente como para obtener los obispados y el sombrero cardenalicio cuando lo consideró oportuno, y cuando fue consejero de Roberto el Sabio, en Nápoles, su perspicacia causó el asombro de muchos. Y como obispo de Aviñón dio a Felipe el Hermoso los consejos justos (quiero decir, justos para los fines de aquella sórdida empresa) para que lograra la ruina de los templarios. Y después de la elección supo escapar a una conjura de los cardenales, que querían matarlo… Pero no me refería a esto, sino a su habilidad para traicionar los juramentos sin que pueda acusárselo de perjurio. Cuando fue elegido, y para ello prometió al cardenal Orsini que volvería a trasladar la sede pontificia a Roma, juró por la hostia consagrada que si no cumplía esa promesa no volvería a montar en un caballo o en un mulo… Pues bien, ¿sabéis que hizo, el muy zorro? Después de la coronación, en Lyon (contra la voluntad del rey, que quería que la ceremonia se celebrase en Aviñón), ¡regresó a Aviñón en barco!

Todos los frailes se echaron a reír. El papa sería un perjuro, pero no podía negársele cierto ingenio.

—Es un desvergonzado —comentó Guillermo—. ¿No ha dicho Hugo que ni siquiera trató de ocultar su mala fe? ¿No me has contado, Ubertino, lo que le dijo a Orsini el día que llegó a Aviñón?

—Sí —dijo Ubertino—, le dijo que el cielo de Francia era tan hermoso que no veía por qué debía poner el pie en una ciudad llena de ruinas como Roma. Y que, puesto que el papa tenía, como Pedro, el poder de atar y desatar, él ejercía ese poder y decidía quedarse donde estaba, y donde tan bien se sentía. Y cuando Orsini trató de recordarle que su deber era vivir en la colina vaticana, lo llamó secamente a la obediencia, y dio por concluida la discusión. Pero allí no acabó la historia del juramento. Al bajar del barco debía montar una yegua blanca, seguido de sus cardenales montados en caballos negros, como lo quiere la tradición. Pero, en cambio, fue a pie hasta el palacio episcopal. Y creo que nunca más montó a caballo. ¿Y de este hombre esperas, Michele, que respete las garantías que pueda darte?

Michele estuvo un rato en silencio. Luego dijo:

—Puedo comprender que el papa desee quedarse en Aviñón, no se lo discuto. Pero él tampoco podrá discutir nuestro deseo de pobreza y nuestra interpretación del ejemplo de Cristo.

—No seas ingenuo, Michele —intervino Guillermo—. Vuestro, nuestro deseo pone en evidencia la perversidad del suyo. Debes comprender que desde hace siglos no ha habido en el trono pontificio un hombre más codicioso. Las meretrices de Babilonia, contra las que antaño arremetió nuestro Ubertino, los papas corruptos que mencionaban los poetas de tu país, como ese Alighieri, eran mansos y sobrios corderillos comparados con Juan. ¡Es una urraca ladrona, un usurero judío! ¡Se trafica más en Aviñón que en Florencia! Me he enterado de la innoble transacción con el sobrino de Clemente, Bertrand de Goth, el de la masacre de Carpentras (donde, entre otras cosas, a los cardenales los aliviaron del peso de sus joyas): Bertrand se había apoderado del tesoro de su tío, que no era ninguna bagatela, y Juan conocía muy bien el detalle de lo robado (en la Cum venerabiles enumera con precisión las monedas, los vasos de oro y plata, los libros, las alfombras, las piedras preciosas, los paramentos…), pero fingió ignorar que Bertrand se había alzado con más de un millón y medio de florines de oro durante el saqueo de Carpentras, y discutió sobre otros treinta mil florines que éste declaraba haber recibido de su tío para «un fin piadoso», o sea para una cruzada. Se decidió que Bertrand retuviese la mitad de esa suma para la cruzada, y que el resto pasara al santo solio. Pero Bertrand nunca hizo la cruzada, al menos todavía no la ha hecho, y el papa tampoco ha visto un florín.

—O sea que no es tan hábil como se dice —observó Michele.

—Es la única vez que lo han engañado en cuestiones de dinero —dijo Ubertino—. Ya puedes ir sabiendo con qué raza de mercader tendrás que lidiar. En todos los demás casos ha mostrado una habilidad diabólica para embolsar dinero. Es un rey Midas, todo lo que toca se convierte en oro y va a parar a las arcas de Aviñón. Cada vez que he entrado en sus habitaciones he visto banqueros, cambistas, mesas cargadas de oro, y clérigos contando y apilando florín sobre florín… Y ya verás el palacio que se ha hecho construir, con lujos que antes sólo podían atribuirse al emperador de Bizancio o al Gran Kan de los tártaros. ¿Ahora comprendes por qué ha emitido tantas bulas contra la idea de la pobreza? ¿Sabes que, por odio a nuestra orden, ha hecho esculpir a los dominicos imágenes de Cristo donde éste aparece con corona real, túnica de oro y púrpura, y calzado suntuoso? En Aviñón se han exhibido crucifijos en los que se ve a Jesús con una sola mano clavada, pues con la otra toca una bolsa que cuelga de su cintura, para significar que Él autoriza el uso del dinero con fines religiosos…

—¡Oh, qué desvergonzado! —exclamó Michele—. ¡Pero eso es pura blasfemia!

—Ha añadido —prosiguió Guillermo— una tercera corona a la tiara papal, ¿verdad, Ubertino?

—Sí. Al comienzo del milenio, el papa Hildebrando había adoptado una, con la inscripción Corona regni de manu Dei; hace poco, el infame Bonifacio añadió una segunda, con las palabras Diadema imperii de manu Petri[124] y ahora Juan no ha hecho más que perfeccionar el símbolo: tres coronas, el poder espiritual, el poder temporal y el poder eclesiástico. Un símbolo de los reyes persas, un símbolo pagano…

Había un fraile que hasta entonces había permanecido en silencio, ocupado con gran devoción en tragar los exquisitos platos que el Abad había mandado traer a la mesa de los visitantes. Escuchaba distraído lo que decían unos y otros, lanzando cada tanto una risa sarcástica dirigida al pontífice, o algún gruñido de aprobación cuando los otros comensales expresaban su desprecio. Pero si no, lo que hacía era limpiarse la barbilla del pringue y los trozos de carne que dejaba caer su boca desdentada pero voraz, y las únicas veces que había dirigido la palabra a uno de sus vecinos había sido para alabar la bondad de algún manjar. Luego supe que era micer Girolamo, aquel obispo de Caffa que días antes Ubertino había creído muerto (y debo decir que la noticia de que había muerto dos años atrás se tuvo por cierta en toda la cristiandad durante mucho tiempo, porque más tarde volví a escucharla; de hecho, murió pocos meses después de nuestro encuentro, y sigo pensando que su muerte se debió a la rabia que tuvo que tragar durante la reunión del día siguiente, hasta el punto que creí que estallaría allí mismo, porque su cuerpo era muy frágil y tenía humor bilioso).

Intervino en aquel momento de la conversación para decir, con la boca llena:

—Sabed también que el infame ha establecido una constitución sobre las taxae sacrae poenitentiariae,[125] donde especula con los pecados de los religiosos para extraer aún más dinero. Si un eclesiástico comete pecado carnal, con una monja, con una pariente, o incluso con una mujer cualquiera (¡porque también esto sucede!) podrá obtener la absolución con sólo pagar sesenta y siete liras de oro y doce sueldos. Y si comete actos bestiales, serán más de doscientas liras, pero si sólo los comete con niños o animales, y no con hembras, la multa se reducirá en cien liras. Y una monja que se haya entregado a muchos hombres, ya sea al mismo tiempo o en distintas ocasiones, fuera o dentro del convento, y que después quiera convertirse en abadesa, deberá pagar ciento treinta y una liras de oro y quince sueldos…

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124

«Corona del reino de mano de Dios»; «Diadema del imperio de mano de Pedro».

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125

«tasas [o aranceles] sagradas penitenciarias».

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