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El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]

Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:

Apasionante trama y admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, la del siglo XVI.
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
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Era tal la serenidad que olvidé todas las cosas feas que había visto y oído; me quedé dormido y sólo desperté cuando acabó el oficio. De pronto recordé que aquella noche no había dormido, y la idea de que, además, había abusado de mis fuerzas no dejó de inquietarme. Entonces, ya fuera de la iglesia, el recuerdo de la muchacha empezó a obsesionarme.

Traté de distraerme, y empecé a andar con paso vivo por la meseta. Sentía como un ligero vértigo. Golpeaba mis manos entumecidas una con otra. Pataleaba contra el suelo. Aún tenía sueño, pero sin embargo me sentía despierto y lleno de vida. No entendía qué me estaba pasando.

TERCIA

Donde Adso se hunde en la agonía del amor, y luego llega Guillermo con el texto de Venancio, que sigue siendo indescifrable aun después de haber sido descifrado.

En realidad, los terribles acontecimientos que sucedieron a mi encuentro pecaminoso con la muchacha casi borraron el recuerdo de ese episodio, y, por otra parte, no bien me hube confesado con fray Guillermo, mi alma se liberó del remordimiento que la había asaltado cuando despertó luego de haber incurrido en tan grave falta, hasta el punto de llegar a sentir que, con las palabras, también había transferido al fraile la carga que estas últimas estaban destinadas a significar. En efecto, ¿para qué sirve el purificante baño de la confesión, si no es para descargar el peso del pecado, y del remordimiento que éste entraña, en el seno mismo de Nuestro Señor, y para que, con el perdón, el alma gane renovada y aérea ligereza, capaz de hacernos olvidar el cuerpo atormentado por la iniquidad? Pero yo no me había liberado del todo. Ahora que deambulaba bajo el pálido y frío sol de aquella mañana invernal, en medio del ajetreo de hombres y animales, afluyó el recuerdo de aquellos acontecimientos vividos en circunstancias muy diferentes. Como si de todo lo sucedido ya no quedase el arrepentimiento ni las palabras consoladoras del baño penitencial, sino sólo imágenes de cuerpos y miembros humanos. Ante mi mente sobreexcitada danzaba, hinchado de agua, el fantasma de Berengario, y me estremecía de asco y de piedad. Luego, como para huir de aquel lémur, mi mente buscaba otras imágenes que aún estuviesen frescas en el receptáculo de la memoria, y mis ojos (los del alma, pero casi debería decir también los carnales) no podían dejar de ver la imagen de la muchacha, bella y terrible como un ejército dispuesto para el combate.

Me he comprometido (viejo amanuense de un texto hasta ahora nunca escrito, pero que durante largas décadas ha estado hablando en la intimidad de mi mente) a ser un cronista fiel, y no sólo por amor a la verdad, ni por el deseo (sin duda, muy lícito) de instruir a mis futuros lectores: sino también para que mi memoria marchita y fatigada pueda liberarse de unas visiones que la han hostigado durante toda la vida. Por tanto, debo decirlo todo, con decencia pero sin vergüenza. Y debo decir, ahora, y con letras bien claras, lo que entonces pensé y casi intenté ocultar ante mí mismo, mientras deambulaba por la meseta, echando de pronto a correr para poder atribuir al movimiento de mi cuerpo las repentinas palpitaciones de mi corazón, deteniéndome para admirar lo que hacían los campesinos y fingiendo que me distraía contemplándolos, aspirando a pleno pulmón el aire frío, como quien bebe vino para olvidar su miedo o su dolor.

En vano. Pensaba en la muchacha. Mi carne había olvidado el placer, intenso, pecaminoso y fugaz (esa cosa vil) que me había deparado la unión con ella, pero mi alma no había olvidado su rostro, y ese recuerdo no acababa de parecerle perverso, sino que más bien la hacía palpitar como si en aquel rostro resplandeciese toda la dulzura de la creación.

De manera confusa y casi negándome a aceptar la verdad de lo que estaba sintiendo, descubrí que aquella pobre, sucia, impúdica criatura, que (quizá con qué perversa constancia) se vendía a otros pecadores, aquella hija de Eva que, debilísima como todas sus hermanas, tantas veces había comerciado con su carne, era, sin embargo, algo espléndido y maravilloso. Mi intelecto sabía que era pábulo de pecado, pero mi apetito sensitivo veía en ella el receptáculo de todas las gracias. Es difícil decir qué sentía yo en aquel momento. Podría tratar de escribir que, todavía preso en las redes del pecado, deseaba, pecaminosamente, verla aparecer en cualquier momento, y casi espiaba el trabajo de los obreros por si, de la esquina de una choza o de la oscuridad de un establo, surgía la figura que me había seducido. Pero no estaría escribiendo la verdad, o bien estaría velándola para atenuar su fuerza y su evidencia. Porque la verdad es que «veía» a la muchacha, la veía en las ramas del árbol desnudo, que palpitaban levemente cuando algún gorrión aterido volaba hasta ellas en busca de abrigo; la veía en los ojos de las novillas que salían del establo, y la oía en el balido de los corderos que se cruzaban en mi camino. Era como si toda la creación me hablara de ella, y deseaba, sí, volver a verla, pero también estaba dispuesto a aceptar la idea de no volver a verla jamás, y de no unirme más a ella, siempre y cuando pudiese sentir el gozo que me invadía aquella mañana, y tenerla siempre cerca aunque estuviese, por toda la eternidad, lejos de mí. Era, ahora intento comprenderlo, como si el mundo entero, que, sin duda, es como un libro escrito por el dedo de Dios, donde cada cosa nos habla de la inmensa bondad de su creador, donde cada criatura es como escritura y espejo de la vida y de la muerte, donde la más humilde rosa se vuelve glosa de nuestro paso por la tierra, como si todo, en suma, sólo me hablase del rostro que apenas había logrado entrever en la olorosa penumbra de la cocina. Me entregaba a esas fantasías porque me decía para mí (mejor dicho, no lo decía, porque no eran pensamientos que pudiesen traducirse en palabras) que, si el mundo entero está destinado a hablarme del poder, de la bondad y de la sabiduría del creador, y si aquella mañana el mundo entero me hablaba de la muchacha, que (por pecadora que fuese) era también un capítulo del gran libro de la creación, un versículo del gran salmo entonado por el cosmos… Decía para mí (lo digo ahora) que, si tal cosa sucedía, era porque estaba necesariamente prevista en el gran plan teofánico que gobierna el universo, cuyas partes, dispuestas como las cuerdas de la lira, componen un milagro de consonancia y armonía. Como embriagado, gozaba de la presencia de la muchacha en las cosas que veía, y, al desearla en ellas, viéndolas, mi deseo se colmaba. Y, sin embargo, en medio de tanta dicha, sentía una especie de dolor, en medio de todos aquellos fantasmas de una presencia, la penosa marca de una ausencia. Me resulta difícil explicar este misterio de contradicción, signo de que el espíritu humano es bastante frágil y nunca recorre puntualmente los senderos de la razón divina, que ha construido el mundo como un silogismo perfecto, sino que sólo toma proposiciones aisladas, y a menudo inconexas, de ese silogismo, lo que explica la facilidad con que somos víctima de las ilusiones que urde el maligno. ¿Era una trampa del maligno lo que tanto me perturbaba aquella mañana? Ahora pienso que sí, porque entonces era sólo un novicio, pero también pienso que el humano sentimiento que me embargó no era malo en sí mismo, sino sólo en relación con el estado en que me encontraba. Porque en sí mismo era el sentimiento que impulsa al hombre hacia la mujer para que ambos se unan, como quiere el apóstol de los gentiles, y sean carne de una sola carne, y juntos procreen nuevos seres humanos y se asistan entre sí desde la juventud hasta la vejez. Salvo que el apóstol lo dijo pensando en quienes buscan remedio para la concupiscencia y en quien no quiere quemarse, pero no sin recordar que mucho más preferible es el estado de castidad, al que, como monje, me había consagrado. Por tanto, lo que aquella mañana me aquejaba era malo para mí, pero quizá bueno, sumamente bueno, para otros, y por eso ahora percibo que mi confusión no se debía a la perversidad de mis pensamientos, que en sí eran honestos y agradables, sino a la perversidad de la relación entre dichos pensamientos y los votos que había pronunciado. En consecuencia, hacía mal en gozar de algo que era bueno en un sentido y malo en otro, y mi falta consistía en tratar de conciliar el dictado del alma racional con el apetito natural. Ahora sé que mi sufrimiento se debía al contraste entre el apetito intelectual, donde tendría que haberse manifestado el imperio de la voluntad, y el apetito sensible, sujeto de las pasiones humanas. En efecto, actus appetiti sensitivi in quantum habent transmutationem corporalem annexam, passiones dicuntur, non autem actus voluntatis.[115] Y mi acto apetitivo estaba acompañado justamente de un temblor de todo el cuerpo, un impulso físico destinado a concluir en gritos y agitación. El doctor angélico dice que las pasiones en sí mismas no son malas, pero que han de moderarse mediante la voluntad guiada por el alma racional. Sólo que aquella mañana mi alma racional estaba adormecida por la fatiga que refrenaba al apetito irascible, volcado hacia el bien y el mal como metas por conquistar, pero no al apetito concupiscible, volcado hacia el bien y el mal como metas conocidas. Para justificar la irresponsable frivolidad con que entonces me comporté, puedo decir ahora, remitiéndome a las palabras del doctor angélico, que, sin duda, estaba poseído por el amor, que es pasión y ley cósmica, porque hasta la gravedad de los cuerpos es amor natural. Y había sido seducido naturalmente por esa pasión, porque en ella appetitus tendit in appetibile realiter consequendum ut sit ibi finis motus.[116] En virtud de lo cual, naturalmente, amor facit quod ipsae res quae amantur, amanti aliquo modo uniantur et amor est magis cognitivus quam cognitio.[117] En efecto, en aquel momento veía a la muchacha mucho mejor que la noche precedente, y la comprendía intus et in cute[118] porque en ella me comprendía a mí mismo y en mí a ella misma. Me pregunto ahora si lo que sentía era el amor de amistad, en el que lo similar ama a lo similar y sólo quiere el bien del otro, o el amor de concupiscencia, en el que se quiere el bien propio, y en el que quien carece sólo quiere aquello que puede completarlo. Y creo que amor de concupiscencia había sido el de la noche, en el que quería de la muchacha algo que nunca había tenido, mientras que aquella mañana, en cambio, nada quería de la muchacha, y sólo quería su bien, y deseaba que se viese libre de la cruel necesidad que la obligaba a entregarse por un poco de comida, y que fuese feliz, y tampoco quería pedirle nada en lo sucesivo, sino poder seguir pensando en ella y poder seguir viéndola en las ovejas, en los bueyes, en los árboles, en el sereno resplandor que rodeaba de júbilo el recinto de la abadía.

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115

«Los actos del apetito sensitivo en cuanto tienen una transmutación corporal anexa se llaman pasiones, pero no actos de la voluntad».

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116

«el apetito tiende a conseguir realmente lo apetecible para que el fin del movimiento esté allí».

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117

«el amor hace que las mismas cosas que son amadas se unan de algún modo al amante y el amor es más cognitivo que conocimiento».

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118

«dentro y en su piel».

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