El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
A todo esto, mis pasos me llevaron hacia los establos de los bueyes, que estaban saliendo en gran cantidad guiados por los boyeros. De golpe los vi tal como eran, y son: símbolo de amistad y bondad, porque, mientras trabaja, cada buey se vuelve en busca de su compañero de arado, y si por casualidad éste se encuentra ausente, lo llama con afectuosos mugidos. Los bueyes aprenden, obedientes, a regresar solos al establo cuando llueve, y cuando se han refugiado junto al pesebre, estiran todo el tiempo la cabeza para ver si ha acabado el mal tiempo, porque tienen ganas de volver al trabajo. Y junto con los bueyes también estaban saliendo los becerros, cuyo nombre —vitulus—, tanto en las hembras como en los machos, deriva de la palabra viriditas, o también de la palabra virgo,[123] porque a esa edad aún son frescos, jóvenes y castos, y muy mal había hecho, decía para mí, viendo en sus graciosos movimientos una imagen de la incasta muchacha. En todo esto pensaba, reconciliado con el mundo y conmigo mismo, mientras observaba los alegres trabajos matinales. Y dejé de pensar en la muchacha o, mejor dicho, me esforcé por transformar la pasión que sentía hacia ella en un sentimiento de gozo interior y de piadosa serenidad.
Pensé que el mundo era bueno, y maravilloso, que la bondad de Dios se manifiesta también a través de las bestias más horribles, como explica Honorio Augustoduniense. Es verdad que hay serpientes tan grandes que devoran ciervos y atraviesan los océanos, y que existe la bestia cenocroca, con cuerpo de asno, cuernos de íbice, pecho y fauces de león, pie de caballo, pero hendido como el del buey, con un tajo en la boca, que llega hasta las orejas, la voz casi humana y un solo hueso, muy sólido, en lugar de dientes. Y existe la bestia mantícora, con rostro de hombre, tres filas de dientes, cuerpo de león, cola de escorpión, ojos glaucos, la piel del color de la sangre y la voz parecida al silbido de las serpientes, monstruo ávido de carne humana. Y hay monstruos de pies con ocho dedos, morro de lobo, uñas ganchudas, piel de oveja y ladrido de perro, que al envejecer no se vuelven blancos sino negros, y que viven muchos más años que nosotros. Y hay criaturas con ojos en los hombros y dos agujeros en el pecho que hacen las veces de nariz, porque no tienen cabeza, y otras que viven a las orillas del río Ganges, y se alimentan sólo del olor de cierta clase de manzana, y, cuando están lejos de ella, mueren. Pero incluso todas estas bestias inmundas cantan en su diversidad la gloria del Creador y su sabiduría, al igual que el perro, el buey, la oveja, el cordero y el lince. Qué grande es, dije entonces para mí, repitiendo las palabras de Vincenzo Belovacense, la más humilde belleza de este mundo, y con qué agrado el ojo de la razón considera atentamente no sólo los modos, los números y los órdenes de las cosas, dispuestas con tanta armonía por todo el ámbito del universo, sino también el curso de las épocas, que sin cesar van pasando a través de sucesiones y caídas, signadas por la muerte, como todo lo que ha nacido. Como pecador que soy, cuya alma pronto ha de abandonar esta prisión de la carne, confieso que en aquel momento me sentí arrebatado por un impulso de espiritual ternura hacia el Creador y la regla que gobierna este mundo, y colmado de respetuoso júbilo admiré la grandeza y el equilibrio de la creación.
En tal excelente disposición de ánimo, me encontró mi maestro cuando, llevado por mis pasos y sin darme cuenta, después de haber dado casi toda la vuelta a la abadía, regresé al sitio donde dos horas antes nos habíamos separado. Allí estaba Guillermo, y lo que me dijo desvió el curso de mis pensamientos para dirigirlos de nuevo hacia los tenebrosos misterios de la abadía.
Parecía muy contento. Tenía en la mano el folio de Venancio, que por fin había podido descifrar. Fuimos a su celda, para estar lejos de oídos indiscretos, y me tradujo lo que había leído. Después de la frase escrita en alfabeto zodiacal (secretum finis Africae manus supra idolum age primum et septimum de quatuor), el texto en griego decía lo siguiente:
El veneno terrible que da la purificación…
La mejor arma para destruir al enemigo…
Sírvete de las personas humildes, viles y feas, saca placer de su falta… No debes morir… No en las casas de los nobles y los poderosos, sino en las aldeas de los campesinos, después de abundante comida y libaciones… Cuerpos rechonchos, rostros deformes.
Violan vírgenes y se acuestan con meretrices, no malvados, sin temor.
Una verdad distinta, una imagen distinta de la verdad…
Las venerables higueras.
La piedra desvergonzada rueda por la llanura… Ante los ojos.
Hay que engañar y sorprender engañando, decir lo contrario de lo que se creía, decir una cosa y referirse a otra.
Para ellos las cigarras cantarán desde el suelo.
Eso era todo. En mi opinión, demasiado poco, casi nada. Parecía el delirio de un demente, y se lo dije a Guillermo.
—Quizá. Y sin duda mi traducción agrava su demencia. Mi conocimiento del griego es bastante aproximativo. Sin embargo, aun suponiendo que Venancio estuviese loco, o que lo estuviese el autor del libro, seguiríamos sin saber por qué tantas personas, y no todas locas, se han afanado tanto, primero para esconder el libro, y luego para recuperarlo.
—¿Estas frases proceden del libro misterioso?
—No hay duda de que las escribió Venancio. Tú mismo puedes ver que no se trata de un pergamino antiguo. Deben de ser apuntes que tomó mientras leía el libro; si no, no las habría escrito en griego. Sin duda, Venancio copió, abreviándolas, ciertas frases que había encontrado en el volumen sustraído al finis Africae. Lo llevó al scriptorium y empezó a leerlo, anotando lo que le parecía importante. Después sucedió algo. O bien se sintió mal, o tal vez oyó que alguien subía. Entonces guardó el libro, junto con los apuntes, debajo de su mesa, casi seguro que con la idea de retomarlo la noche siguiente. De todos modos, sólo partiendo de este folio podremos reconstruir la naturaleza del libro misterioso, y sólo sobre la base de la naturaleza de ese libro podrá inferirse la naturaleza del homicida. Porque en todo crimen que se comete para apoderarse de un objeto, la naturaleza del objeto debiera proporcionar una idea, por pálida que fuese, de la naturaleza del asesino. Cuando se mata por un puñado de oro, el asesino ha de ser alguien ávido de riquezas. Cuando se mata por un libro, el asesino ha de ser alguien empeñado en reservar para sí los secretos de dicho libro. Por tanto, es preciso averiguar qué dice ese libro que no tenemos.
—¿Y partiendo de estas pocas líneas seríais capaz de descubrir de qué libro se trata?
—Querido Adso, estas palabras parecen proceder de un libro sagrado, palabras cuyo sentido va más allá de lo que dice la letra. Al leerlas esta mañana, después de haber hablado con el cillerero, me impresionó el hecho de que también en ellas se alude a los simples y a los campesinos, como portadores de una verdad distinta a la verdad de los sabios. El cillerero dio a entender que está unido a Malaquías por una extraña complicidad. ¿Acaso Malaquías habrá escondido algún peligroso texto herético que Remigio pudo haberle entregado? En tal caso, lo que Venancio habría leído y apuntado serían unas misteriosas instrucciones acerca de una comunidad de hombres rústicos y viles, en rebelión contra todo y contra todos. Pero…
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Vitalas, becerro, no proviene de viriditas, verdor, ni de virgo, virgen. Son otras etimologías por simple apariencia externa.