El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]
- Автор: Эко Умберто
- Год: 1982
- Язык: испанский
- Год: Lumen
- ISBN: 978-84-264-1437-3
- Переводчик: Ricardo Pochar
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «El nombre de la rosa [Il nome della rosa - es]». Краткое содержание книги:
Valiéndose de características propias de la novela gótica, la crónica medieval, la novela policíaca, el relato ideológico en clave y la alegoría narrativa, El nombre de la rosa narra las actividades detectivescas de Guillermo de Baskerville para esclarecer los crímenes cometidos en una abadía benedictina… Y a esta apasionante trama debe sumarse la admirable reconstrucción de una época especialmente conflictiva, reconstrucción que no se detiene en lo exterior sino que ahonda en las formas de pensar y sentir del siglo XVI.
Mi maestro dejó que los recién llegados entraran y fueran saludados por el Abad según el rito establecido. Después avanzó hacia el grupo, y aquello fue una sucesión de abrazos y saludos fraternales.
Ya había pasado la hora de la comida, pero estaba dispuesta una rica mesa para los huéspedes, y el Abad tuvo la delicadeza de dejarlos solos, y a solas con Guillermo, dispensándolos de los deberes de la regla, para que pudieran comer libremente y, al mismo tiempo, cambiar impresiones entre sí, puesto que, en definitiva, se trataba, que Dios me perdone la odiosa comparación, de una especie de consejo de guerra, que debía celebrarse lo más pronto posible, antes de que llegasen las huestes enemigas, o sea, la legación de Aviñón.
Es inútil decir que los recién llegados también se encontraron en seguida con Ubertino, a quien todos saludaron con una sorpresa, una alegría y una veneración explicables no sólo por su prolongada ausencia sino también por los rumores que habían circulado acerca de su muerte, así como por las cualidades de aquel valeroso guerrero que desde hacía décadas venía librando una batalla que también era la de ellos.
Más tarde, cuando describa la reunión del día siguiente, mencionaré a los frailes que integraban el grupo. Entre otras razones, porque entonces hablé muy poco con ellos, concentrado como estaba en el consejo tripartito que de inmediato formaron Guillermo, Ubertino y Michele da Cesena.
Michele debía de ser un hombre muy extraño: ardiente de pasión franciscana (a veces sus gestos y el tono de su voz eran como los de Ubertino en los momentos de rapto místico), muy humano y jovial en su carácter terrestre de hombre de la Romaña, capaz, como tal, de apreciar la buena mesa, y feliz de reunirse con los amigos; sutil y evasivo, capaz de volverse de golpe hábil y astuto como un zorro, simulador como un topo, cuando se rozaban problemas vinculados con las relaciones entre los poderosos; capaz de estallar en carcajadas, de crear tensiones fortísimas, de guardar elocuentes silencios, experto en desviar la mirada del interlocutor cuando éste hacía preguntas que obligaban a recurrir a la distracción para disimular el deseo de no responderle.
En las páginas precedentes ya he dicho algo sobre él, cosas que había oído decir, quizá por personas que, a su vez, también las habían oído decir. Ahora, en cambio, podía entender mejor muchas de las actitudes contradictorias y los repentinos cambios de objetivos políticos que en los últimos años habían desconcertado incluso a sus propios amigos y seguidores. Ministro general de la orden de los franciscanos, era, en principio, el heredero de San Francisco, y, de hecho, el heredero de sus intérpretes: debía competir con la santidad y sabiduría de un predecesor como Buenaventura da Bagnoregio; debía asegurar el respeto de la regla pero, al mismo tiempo, la riqueza de la orden, tan grande y poderosa; debía prestar oídos a las cortes y a las magistraturas ciudadanas, que proporcionaban a la orden, aunque fuese en forma de limosnas, donaciones y legados que constituían su riqueza y su prosperidad; y, al mismo tiempo, debía vigilar que la necesidad de penitencia no arrastrase fuera de la orden a los espirituales más fervientes, disolviendo la espléndida comunidad, a cuya cabeza se encontraba, en una constelación de bandas heréticas. Debía contentar al papa, al imperio, a los frailes de la vida pobre, y, sin duda, también a San Francisco que lo vigilaba desde el cielo, y al pueblo cristiano que lo vigilaba desde la tierra. Cuando Juan condenó a todos los espirituales acusándolos de herejía, Michele no tuvo reparos en entregarle cinco de los más tercos frailes de Provenza, dejando que el pontífice los enviase a la hoguera. Pero al advertir (y no debió de haber andado lejos la mano de Ubertino) que en la orden muchos simpatizaban con los partidarios de la simplicidad evangélica, había dado los pasos adecuados para que, cuatro años después, el capítulo de Perusa se adhiriese a las tesis de los quemados. Desde luego, esto había obedecido a su voluntad de integrar en la práctica y en las instituciones de la orden una exigencia capaz de convertirse en herejía, y obrando de ese modo había deseado que lo que ahora deseaba la orden fuese deseado también por el papa. Pero, mientras esperaba convencer a este último, cuyo consentimiento le resultaba imprescindible para lograr sus objetivos, no había desdeñado el apoyo del emperador y de los teólogos imperiales. Sólo dos años antes de la fecha en que lo vi, había ordenado a sus hermanos, en el capítulo general de Lyon, que siempre se refiriesen a la persona del papa con moderación y respeto (pero meses antes este último había hablado de los franciscanos protestando contra «sus ladridos, sus errores y sus locuras»). Y, sin embargo, ahora compartía amistosamente la mesa con personas que hablaban del papa con un respeto menos que nulo.
El resto ya lo he dicho. Juan quería que fuese a Aviñón, y él quería y no quería ir, y en la reunión del día siguiente debería decidirse de qué manera y con qué garantías habría de realizarse un viaje que no tendría que aparecer como un acto de sumisión pero tampoco como un desafío. Creo que Michele nunca se había encontrado personalmente con Juan, al menos desde que éste era papa. En cualquier caso, hacía tiempo que no lo veía, y sus amigos se apresuraron a pintarle con tonos muy negros el retrato de aquel simoníaco.
—Hay algo que tendrás que aprender —le estaba diciendo Guillermo—: a no confiar en sus juramentos, pues siempre se las ingenia para respetar la letra y violar el contenido.
—Todos saben —decía Ubertino— lo que sucedió cuando fue elegido…
—¡Yo no hablaría de elección, sino de imposición! —intervino un comensal, al que luego oí que llamaban Hugo de Newcastle, y cuyo acento era muy parecido al de mi maestro—. Por de pronto, ya la muerte de Clemente V no ha estado nunca muy clara. El rey nunca le había perdonado que hubiera prometido un proceso póstumo contra Bonifacio VIII y que después hubiese hecho cualquier cosa para no condenar a su predecesor. Nadie sabe bien cómo murió en Carpentras. El hecho es que, cuando los cardenales celebraron allí su cónclave, no designaron nuevo papa, porque (y con razón) la discusión versó sobre si la sede debería estar en Aviñón o en Roma. No sé bien qué sucedió en aquellos días, una masacre, me dicen, los cardenales amenazados de muerte por el sobrino del papa muerto, sus servidores horriblemente asesinados, el palacio en llamas, los cardenales apelando al rey, éste diciendo que nunca había querido que el papa abandonase Roma, que tuvieran paciencia e hiciesen una buena elección… Después, la muerte de Felipe el Hermoso, también Dios sabe cómo.
—O el diablo lo sabe —dijo santiguándose Ubertino, y lo mismo hicieron los otros.
—O el diablo lo sabe —admitió Hugo con una sonrisa burlona—. En resumen, le sucede otro rey, que sobrevive dieciocho meses y luego muere, y también muere su heredero, pocos días después de haber nacido, y su hermano, el regente, asume el trono…
—Felipe V, el mismo que, cuando aún era conde de Poitiers, había vuelto a reunir a los cardenales que huían de Carpentras —dijo Michele.
—Así es —prosiguió Hugo—, hizo que el cónclave volviera a reunirse en Lyon, en el convento de los dominicos, y juró velar por su indemnidad y no mantenerlos prisioneros. Pero apenas estuvieron a su merced, no sólo los hizo encerrar con llave (lo que, por lo demás, concordaría con el uso establecido), sino que también ordenó que se les fuera reduciendo la comida a medida que pasasen los días sin que tomaran ninguna decisión. Además, prometió a cada uno que apoyaría sus pretensiones al solio pontificio. Finalmente, cuando asumió el trono, los cardenales, cansados después de dos años de prisión, por miedo a seguir así durante el resto de sus días, y con tan mala comida, aceptaron cualquier cosa, los muy glotones, y acabaron elevando a la cátedra de Pedro a ese gnomo casi octogenario…