El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– Sonny, tal vez insistí demasiado. Si usted…
– No -dijo ella, cogiendo una fresa-. Sennett lo quiere joder. Antes yo no entendía bien por qué. Su cliente merece mejor trato. Pero tengo mis limitaciones.
– Entiendo.
– De acuerdo -dijo ella-. Adelante.
Éste era un límite que prefería no cruzar. Continuó sólo porque le agradaba la compañía, la conversación, y no quería marcharse.
Empezó por lo básico, los pedidos grandes, las dos bolsas, la cuenta de errores. Cuando Stern mencionó este punto, ella sonrió con admiración.
– ¿Cómo dedujo eso? Sennett está seguro de que nunca lo averiguará. -Él titubeó y ella le restó importancia con un gesto-. Adelante.
– ¿Puede el gobierno demostrar, de paso, que los precios de los mercados se vieron afectados por esas transacciones, o que alguien salió perjudicado?
Había reflexionado un tiempo sobre esto. Después de la acusación, efectuaría una moción basada en la afirmación de que la fiscalía no podía demostrar delito.
– Hemos examinado los casos -respondió Sonny-. Aquí hay infracción. Si se obtienen ganancias con la información de los clientes, es como si se les quitara algo, de un modo u otro. ¿Qué cree que dirían los clientes?
Stern respondió con un ademán impreciso. En teoría, tal vez estaba de acuerdo con ella. Pensó que un juez daría la razón a la fiscalía.
– Adelante -repitió Sonny.
Stern describió cómo las ganancias acumuladas, tras nuevas manipulaciones, se invertían en la cuenta Wunderkind, donde con el tiempo se perdían, junto con mucho más dinero.
– Ustedes sospechan que Dixon controla la cuenta.
– Adelante -repitió ella una vez más, sin hacer comentarios cuando él describió las pruebas que presuntamente tenía la fiscalía.
– Sin duda el gobierno podrá explicar -dijo secamente Stern- por qué alguien roba seiscientos mil dólares para perderlos.
– Eso no forma parte de la infracción.
Sonny quería decir que el gobierno podía probar el delito sin resolver este enigma. El hecho de que el dinero se perdiera tal vez ni siquiera se mencionara.
– No obstante…
– Continúe -dijo Sonny.
Había adoptado una expresión severa y no tenía interés en discutir.
– En este momento ustedes buscan los documentos que demuestran quién creó la cuenta Wunderkind. Sin eso, no habrá modo de relacionar a Dixon con la cuenta, las ganancias y las transacciones adelantadas.
Por primera vez ella calló por completo. Stern esperó hasta comprender que ella le daba a entender que se había saltado un paso.
– ¿Es ahí donde entra John?
– No sé dónde encaja John, Sandy. En serio.
Eso concordaba con lo que Tooley había dicho; Mel trataba sólo con Sennett. Stern se preguntó si eso significaba que John estaba cooperando o que era más difícil de lo esperado. O simplemente que Sennett, como de costumbre, ocultaba cosas incluso a su propia gente. Pero aunque John recordara perfectamente que Dixon había ordenado hasta la última transacción deshonesta, el gobierno necesitaría pruebas de que Dixon controlaba la cuenta Wunderkind, adonde iban a parar las ganancias. Sin eso, los fiscales tendrían dificultades para afirmar que Dixon no actuaba de buena fe o por cuenta de otra persona. Stern repitió este pensamiento en voz alta.
– Pero aún necesitan los formularios firmados para establecer la relación de Dixon con la cuenta Wunderkind.
Sonny no respondió.
– ¿Estoy equivocado? -preguntó Stern.
Sonny cogió otra fresa mientras Stern intentaba concentrarse. Por lo general éste era su fuerte: discernir los matices de las pruebas. Pero había pasado por alto un punto importante. Guardó silencio.
– El año pasado -intervino Sonny al cabo de un rato-, cuando empecé en la oficina, trabajé en muchos casos de drogas.
– ¿Sí? -dijo él, sin saber adónde se dirigía.
– Usted sabe cómo son estos casos. La DEA detecta actividades sospechosas. Hay un informante. Consiguen una orden, derriban la puerta de una casa, encuentran diez kilos de cocaína y dentro no hay nadie. Luego acuden a la pobre ayudante para que emita citaciones que les permitan averiguar quién es dueño de la casa… y de la droga.
– Sí.
– Llegar al título de propiedad, o al certificado de alquiler, no conduce a nada. Siempre se trata de una dama del Distrito Norte con bigote y muchos gatos. Pero aun así demostramos que la casa le pertenece.
Stern asintió. Estaba familiarizado con las técnicas del gobierno. Acudían a la compañía del gas, a la de electricidad, a la telefónica, y averiguaban quién pagaba las facturas. En un caso que Jamie Kemp había manejado antes de mudarse a Nueva York, el gobierno probó quién ocupaba la casa demostrando que su cliente había comprado los cubos de basura del callejón. Klonsky le había dado una pista importante, pero por el momento no la entendía.
– El déficit -dijo de pronto Stern.
Ella sonrió.
– Dixon pagó por el saldo negativo de doscientos cincuenta mil dólares de la cuenta de Wunderkind.
– Adelante.
– Por eso usted solicitó los documentos del banco. Para encontrar el cheque que redactó para cubrir esa deuda. Usted buscaba los fondos que había depositado.
– Adelante -indicó Sonny.
– ¿Tiene usted el cheque?
– Adelante -repitió Sonny.
Stern aguardó. Por lo visto, Dixon tampoco había comprendido el porqué de las averiguaciones en el banco. Protegiendo al informante, el gobierno, con sus citaciones, había fingido que estaba más interesado en el dinero recibido por Dixon que en el que había pagado.
– Entonces, ¿por qué le interesan tanto los documentos de apertura de cuenta?
Desde luego, ella no respondería. De nuevo Stern guardó silencio. ¿Y si Dixon había hecho desaparecer esos papeles? ¿Por qué el gobierno buscaba con tanto afán algo que al parecer carecía de importancia?
A menos que los fiscales ya supieran que Dixon se había deshecho de los documentos. Desde luego. El informante los había conducido una vez más al lugar correcto. La fiscalía -Sennett, al menos- no esperaba que Margy presentara los documentos de la cuenta Wunderkind. Por eso Sonny había recuperado el buen humor después de ir a hablar con él. Había comprendido que Sennett esperaba precisamente eso, y que la fiscalía contaría con lo mejor de ambas partes: pruebas de que Dixon controlaba la cuenta y de que intentaba ocultarlo. Con este instrumento -prueba de estado mental, como lo denominaban- el gobierno podría desbaratar toda defensa conjetural que se aventurara en el juicio para sugerir inocencia o facultades alteradas en la conducta de Dixon. Si la fiscalía demostraba que Dixon borraba sus huellas, pocas dudas quedarían acerca de lo que él pensaba de sus propias actividades. John era ahora la única esperanza de Dixon, una esperanza tenue. Si la memoria de John fallaba en algún aspecto crítico respecto a quién le había ordenado efectuar esas operaciones, podría quedar un diminuto espacio para hacer una cabriola. Pero era improbable. Los fiscales ya tenían las pruebas críticas en la mano. Las paredes se cernían sobre Dixon como si fuera un personaje de Poe. Stern, abrumado por la presencia de esa joven mujer, parecía no captar del todo el peso de los acontecimientos.
– Usted le tiene afecto, ¿verdad? -preguntó Sonny, tras observarlo un momento.
– Quiero mucho a mi hermana. Tal vez mis sentimientos por Dixon provengan de la mera costumbre. Pero me entristece enterarme de esto.
– Esto es sólo entre nosotros. Stan me colgaría.
– Usted no me ha dicho nada. -Juró con un gesto, un hábito de su infancia en Argentina, de una época en que sus amigos no judíos se lo exigían, sin comprender su disgusto-. No lo diré a nadie. Lo prometo.