Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Sala Del Crimen». Краткое содержание книги:

El cuerpo calcinado de una de las personas más estrechamente vinculadas a un pequeño museo privado es el origen de esta nueva investigación de Adam Dalgliesh. La entidad dedicada al período de entreguerras, acoge, además de obras de arte, biblioteca y archivo una inquietante Sala del Crimen donde estudiar los sucesos más sonados de la época, uno de los cuales presenta extrañas semejanzas con el caso en que se ocupa Dalgliesh.
1 ... 75 76 77 78 79 80 81 82 83 ... 112
Перейти на страницу:

Esta vez, la espera fue más larga. Aunque el baúl estaba cerrado, a Kate le parecía que el olor se intensificaba por momentos. Traía consigo los otros casos, otros cadáveres, y pese a ello era sutilmente distinto, como si el cadáver estuviese proclamando su singularidad aun en la muerte. Kate oyó un murmullo de voces. Benton había cerrado la puerta de la Sala del Crimen al salir, sofocando así cualquier ruido excepto una voz aguda y explicativa que podía haber sido la de Ackroyd y, por espacio de breves minutos, el sonido de las pisadas en las escaleras. Siguió esperando, con la mirada fija en el baúl. Se preguntó si en realidad sería el mismo que había contenido el cuerpo de Violette Kaye. Hasta ese momento, se tratara o no del auténtico, no había encerrado ningún interés especial para ella, pero ahora, allí estaba, negro y un poco abollado, como si quisiera retarla con sus funestos secretos. Encima de él, Tony Mancini la miraba, desafiante, a los ojos. El suyo era un rostro brutal, de ojos oscuros y feroces, boca grande y barba de tres días; estaba claro que el fotógrafo no se había propuesto que pareciese atractivo. Tony Mancini había muerto en su cama porque Norman Birkett lo había defendido, igual que Alfred Arthur Rouse había acabado en la horca porque Norman Birkett había actuado en nombre de la Corona.

Benton-Smith había regresado.

– Una gente muy agradable -comentó-. No han puesto ninguna objeción y no tenían nada que decir salvo que se habían percatado del olor raro en la habitación. Sabe Dios qué historias se llevarán consigo a Toronto… El señor Ackroyd ha protestado un poco. Está muerto de curiosidad. No creo que haya muchas esperanzas de que mantenga la boca cerrada. No he conseguido echar al señor Calder-Hale, quien insiste en que hay cosas que han de acabar en su despacho. El señor Dalgliesh estaba en una reunión, pero ahora sale para aquí. Llegará en unos veinte minutos, más o menos. ¿Quiere esperar, señorita Miskin?

– No -contestó Kate-, no quiero esperar.

Se preguntó por qué era tan importante que fuese ella quien abriese el baúl. Se puso de cuclillas y, con la mano derecha envuelta en el pañuelo, levantó despacio la tapa y la retiró. El brazo parecía pesarle mucho de repente, pero el movimiento ascendente fue tan elegante y normal como si aquella acción formase parte de una ceremonia de inauguración. El hedor era tan insoportable que tuvo que contener la respiración. Como siempre, despertó en ella emociones confusas de las que sólo el estupor, la ira y una triste comprensión de la noción de mortalidad eran reconocibles. Dichas emociones dieron paso a la determinación: aquél era su trabajo, para eso era para lo que la habían entrenado.

La chica estaba agazapada en el baúl como un feto demasiado grande, con las rodillas unidas a la altura del pecho y la cabeza inclinada, casi tocándolas, encima de los brazos cruzados. La impresión era de que la habían empaquetado con delicadeza, como a un objeto, en aquel espacio reducido. El rostro permanecía fuera de la vista, pero unos mechones de pelo amarillo caían con la suavidad de la seda sobre sus piernas y hombros. Llevaba un traje chaqueta de color crema y unos botines caros de piel de color negro. Tenía la mano derecha curvada sobre el brazo izquierdo. Pese a las largas uñas pintadas de un rojo intenso y el grueso anillo de oro en el dedo medio, aquella mano parecía tan pequeña y vulnerable como la de un niño.

– No lleva bolso y no veo el teléfono móvil -señaló Benton-Smith-. Lo más probable es que lo lleve en uno de los bolsillos de la chaqueta. Al menos nos servirá para averiguar quién es.

– No tocaremos nada más -anunció Kate-. Esperaremos al señor Dalgliesh.

– ¿Qué son esas flores muertas desparramadas por el pelo, señorita Miskin? -preguntó Benton-Smith, inclinándose hacia delante.

Las florecillas aún conservaban restos de color morado y Kate reconoció la forma de las dos hojas.

– Son o, mejor dicho, eran violetas africanas -contestó.

2

Dalgliesh sintió un gran alivio cuando llamó al hospital donde Miles Kynaston daba clases y supo que podía estar disponible de inmediato, ya que acababa de empezar una sesión que era posible posponer. Teniendo en cuenta que se trataba de uno de los mejores patólogos del mundo, cabía esperar que se hubiese abalanzado ya sobre algún cadáver hediondo en un campo lejano o que lo hubiesen reclamado para algún caso en el extranjero. Podría haber llamado a otros patólogos del Ministerio del Interior, pues todos eran más que competentes, pero Miles Kynaston siempre había sido el favorito de Dalgliesh. Era interesante, pensó, que dos hombres que tan poco sabían de sus respectivas vidas privadas, que no tenían nada en común salvo el interés por su trabajo y que rara vez se veían salvo en el lugar donde había un cadáver, a menudo en estado de putrefacción, siempre se encontraran con la reconfortante seguridad de la comprensión y el respeto instintivos. La celebridad y la repercusión de algunos casos muy sonados no habían convertido a Kynaston en una prima donna. Acudía con prontitud cada vez que lo convocaban, se abstenía de hacer los chistes macabros que algunos patólogos y detectives empleaban como antídoto contra el horror o el asco, elaboraba informes de autopsia que eran auténticos modelos de claridad y buena prosa y, cuando subía al estrado, todo el mundo lo escuchaba con respeto y atención. De hecho, corría el peligro de que lo considerasen infalible. El recuerdo del gran Bernard Spilsbury seguía fresco en la mente de todos; para el sistema de justicia criminal resultaba contraproducente que un perito no tuviese más que subir al estrado para que todo el mundo lo creyese a pies juntillas.

Corría el rumor de que la verdadera vocación de Kynaston había sido estudiar Medicina, pero que había tenido que cambiar de orientación por su renuencia a enfrentarse al sufrimiento humano. Era obvio que, como patólogo forense, se evitaba esa parte: no sería él quien habría de llamar a puertas desconocidas, armándose de valor para comunicar las terribles noticias a algún padre o marido preocupado. Sin embargo, a Dalgliesh aquel rumor le parecía infundado, pues sin duda el patólogo debía de haber descubierto su aversión a enfrentarse al dolor antes de decidir la carrera. Tal vez lo que había impulsado a Kynaston era una obsesión por la muerte, sus causas, sus múltiples manifestaciones, su universalidad e inevitabilidad, su misterio intrínseco. Sin profesar ninguna creencia religiosa -que Dalgliesh supiese-, trataba los cadáveres como si el sistema nervioso todavía sintiese y los ojos vidriosos aún le suplicaran un veredicto de esperanza. Cuando Dalgliesh observaba las manos pequeñas y regordetas del patólogo, enfundadas en guantes de látex y desplazándose por un cuerpo, a veces tenía la irracional sensación de que Kynaston estaba administrando su propia y laica extremaunción.

Aunque durante años había conservado el mismo aspecto, desde el último encuentro de ambos el patólogo había envejecido perceptiblemente, como si de repente hubiese pasado a la siguiente fase en el continuo del deterioro físico. Su cuerpo parecía más pesado y torpe, y las entradas que coronaban su frente moteada se habían acentuado, pero tenía la vista tan aguda como siempre y el pulso igual de firme.

Pasaban tres minutos de mediodía. Ya había bajado las persianas, como si pretendiera desconectar el tiempo además de evitar la hostilidad de la media luz de última hora de la mañana. A Dalgliesh, la Sala del Crimen se le antojó abarrotada, aunque sólo había seis personas presentes, aparte de Kynaston, él mismo, Kate y Piers. Los dos fotógrafos habían terminado su trabajo y empezaban a recoger sus equipos en silencio, pero un foco seguía iluminando el cuerpo desde arriba. Dos expertos en huellas estaban examinando el baúl mientras Nobby Clark y un segundo oficial especialista en la escena del crimen inspeccionaban minuciosamente el suelo que, a primera vista, ofrecía pocas esperanzas de arrojar pistas físicas. Ataviados con la ropa propia de su oficio, todos se movían con seguridad silenciosa, hablando en voz baja pero con naturalidad, sin susurrar de manera forzada. A Dalgliesh se le ocurrió pensar que parecían absortos en algún rito esotérico secreto. Las fotografías de las paredes estaban alineadas como una hilera de testigos silenciosos, contaminando la habitación con las tragedias y las miserias del pasado: Rouse, con el pelo brillante y bien peinado y su sonrisa displicente de seductor; Wallace, con su jersey de cuello alto y sus ojos afables tras las gafas de montura metálica; Edith Thompson, con un sombrero de ala ancha, riendo junto a su joven amante bajo un cielo de verano.

1 ... 75 76 77 78 79 80 81 82 83 ... 112
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)