La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
Yennefer contuvo en el último segundo una maldición. Al fin y al cabo se trataba de un lugar de culto.
– Se acerca la hora de la oración de la víspera -siguió Sigrdrifa-. Me dedicaré a la meditación junto con otras sacerdotisas. Voy a pedir a la diosa que ayude a Ciri. A Ciri, que estuvo aquí más de una vez, en este santuario, que más de una vez contempló Brisingamen en el cuello de la Gran Madre. Sacrifica todavía una o dos horas de tu precioso tiempo, Yennefer. Quédate aquí con nosotras, para la hora de la oración. Apóyame cuando esté rezando. Con tu pensamiento y tú presencia.
– Sigrdrifa.
– Por favor. Hazlo por mí. Y por Ciri.
La joya Brisingamen. En el cuello de la diosa.
Ahogó un bostezo. Si por lo menos hubiera algún canto, pensó, algunas entonaciones, algunos ritos… algún folklore místico… sería menos aburrido, el sueño no la mortificaría tanto. Pero ellas simplemente están ahí de rodillas, con la cabeza baja. Sin movimiento, sin sonido.
Pero también es verdad que cuando quieren saben utilizar la Fuerza, a veces tan bien como nosotras, las hechiceras. Sigue siendo un enigma cómo lo hacen. Nada de preparaciones, nada de ciencia, nada de estudios… Sólo oración y meditación. ¿Divinación? ¿Una forma de autohipnosis? Eso es lo que afirmaba Tissaia de Vries… Absorben energía inconscientemente, en el trance alcanzan la capacidad de transformarla de forma análoga a nuestros hechizos. Transforman la energía y piensan que se trata de un don y una merced de la divinidad. La fe les da fuerza.
¿Por qué a nosotros, hechiceros, nunca nos es posible hacer algo así?
¿Lo probamos? ¿Utilizamos la atmósfera y el aura de este lugar? Podría intentar entran en trance yo misma… Aunque fuera mirando a ese diamante… Brisingamen… Pensar intensamente en lo bien que cumpliría su papel en mi megascopio…
Brisingamen… Brilla como la estrella de la mañana, allá, en la oscuridad, entre la bocanadas del incienso y las velas humeantes…
– Yennefer.
Alzó la cabeza.
El santuario estaba oscuro. Olía intensamente a humo.
– ¿Me he dormido? Perdona…
– No hay nada que perdonar. Ven conmigo.
En el exterior el cielo nocturno ardía con luces temblorosas, que se transformaban como en un calidoscopio. ¿La aurora boreal? Yennefer se restregó los ojos con asombro. ¿Aurora borealis? ¿En agosto?
– ¿Qué es lo que estás dispuesta a dar, Yennefer?
– ¿Cómo?
– ¿Estás dispuesta a darte a ti misma, Yennefer? ¿Tu valiosa magia?
– Sigrdrifa -dijo con rabia-. No intentes conmigo esas inspiradas comedias. Yo tengo noventa y cuatro años. Pero trata esto, por favor, como un secreto de confesión. Me sincero contigo sólo para que comprendas que no me puedes tratar como a una niña.
– No has respondido a mi pregunta.
– Y no pienso. Porque es un misticismo que no acepto. Me dormí en vuestro servicio. Me cansó y me aburrió. Porque no creo en vuestra diosa.
Sigrdrifa se dio la vuelta y Yennefer, contra su voluntad, aspiró profundamente.
– No me es demasiado halagüeña tu falta de fe -dijo una mujer de ojos llenos de oro líquido-. Pero, ¿acaso tu falta de fe cambia algo?
Lo único que Yennefer fue capaz de hacer fue soltar el aire.
– Llegará un día -dijo la mujer de ojos de oro- en el que nadie, absolutamente nadie, incluyendo a los niños, creerá en la hechicería. Te lo digo con estudiada maldad. Como una venganza. Ven.
– No… -Yennefer consiguió por fin romper con su pasiva aspiración y espiración-. ¡No! No voy a ningún sitio. ¡Basta de esto! ¡Es un encantamiento o hipnosis! ¡Una ilusión! ¡Un trance! Tengo creados mecanismos de defensa… ¡Puedo deshacer todo esto con un hechizo, oh, así! Rayos…
La mujer de ojos de oro se acercó. El diamante en su cuello ardía como la estrella de la mañana.
– Vuestro habla poco a poco deja de servir al entendimiento -dijo-. Se convierte en arte por el arte, cuanto más incomprensible, más se considera como más profunda y más inteligente. De verdad, os prefería cuando sólo sabíais hacer «e-e» y «gu-gu». Ven.
– Esto es una ilusión, un trance… ¡No voy a ningún lado!
– No quiero obligarte. Sería una vergüenza. Al fin y al cabo eres una muchacha inteligente y orgullosa, tienes carácter.
Una pradera. Un mar de hierba. Un brezal. Rocas, alzándose entre los brezos como el lomo de una fiera agazapada.
– Tú querías mi joya, Yennefer. No puedo dártela sin asegurarme antes de unos cuantos asuntos. Quiero comprobar qué es lo que se oculta dentro de ti. Por eso te he traído aquí, a este lugar, que desde tiempos inmemoriales es un lugar de Fuerza y Potencia. Tu valiosa magia al parecer está por todos lados. Al parecer basta con alargar la mano. ¿No tienes miedo de absorberla?
Yennefer no pudo extraer ni un sonido de su garganta agarrotada.
– ¿Una Fuerza capaz de cambiar el mundo -dijo la mujer a la que no está permitido llamar por su nombre- es según tú, caos, artificio y ciencia? ¿Maldición, bendición y progreso? ¿Y no será por casualidad fe? ¿Amor? ¿Sacrificio?
¿Lo oyes? Es el canto del gallo Kambi. Una ola se estrella contra la orilla, una ola empujada por la proa de Naglfar. Resuena el cuerno de Hemdall, que está cara a cara con los enemigos en Bifrost, el arco iris. Se acerca el Frío Blanco, se acerca la tempestad y la tormenta… La tierra tiembla con los violentos movimientos de la Serpiente…
El Lobo devora al sol. La luna enrojece. No hay más que frío y oscuridad. Odio, venganza y sangre…
¿De qué lado vas a estar, Yennefer? ¿Estarás en el borde oriental o en el occidental de Bifrost? ¿Estarás con Hemdall o contra él?
Canta el gallo Kambi.
Decide, Yennefer. Escoge. Porque precisamente por ello se te devolvió una vez la vida, para que en el momento adecuado pudieras realizar tu elección.
¿Luz u oscuridad?
– ¿Bien y Mal, Luz y Oscuridad, Orden y Caos? ¡Eso son sólo símbolos, en la realidad no existe tal polaridad! La Luz y la Oscuridad están en cada uno de nosotros, un poco de esto y un poco de aquello. Esta conversación no tiene sentido. No lo tiene. No me embarcaré en el misticismo. Para ti y para Sigrdrifa el Lobo devora al sol. Para mí no es más que un eclipse. Y que así se quede.
¿Se quede? ¿Qué?
Ella sintió cómo la tierra le huía de bajo los pies, cómo alguna fuerza monstruosa retorcía sus manos, quebraba las articulaciones de los hombros y los codos, tensaba su columna vertebral como en la tortura del strappado. Gritó de dolor, se agitó, abrió los ojos. No, no era un sueño. No podía ser un sueño. Estaba en un árbol, colgaba estirada en las ramas de un gigantesco fresno. Sobre ella, muy alto, volaba en círculos un halcón, bajo ella, abajo, en las oscuridad, escuchó el silbido de una serpiente, el susurro de las escamas rozando entre sí.
Algo se movió a su lado. Por sobre su tenso y dolorido brazo correteó una ardilla.
– ¿Estás lista? -preguntó la ardilla-. ¿Estás lista para el sacrificio? ¿Qué estás dispuesta a sacrificar?
– ¡No tengo nada! -El dolor la cegaba y paralizada-. ¡E incluso aunque lo tuviera no veo el sentido de un sacrificio así! ¡Yo no quiero sufrir por millones! ¡Yo ni siquiera quiero sufrir! ¡Por nada y por nadie!
– Nadie quiere sufrir. Y sin embargo esto es algo que todos experimentan. Y algunos sufren más. No necesariamente por propia elección. Lo importante no es si se padece dolor. Lo importante es cómo se padece.
¡María! ¡María!
¡Quita de mi vista a esta monstrua jorobada! ¡No quiero ni mirarla!
Es tan hija tuya como mía.
¿De verdad? Los niños que yo he engendrado son normales.
Cómo te atreves… Como te atreves a sugerir…
En tu familia era en la que había elfos hechiceros. Tú fuiste la que abortaste la primera vez. Es por eso. Tienes la sangre y el vientre contaminados de elfo. Por eso das a luz monstruos.