La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
Las mujeres de Skellige arremolinadas en la orilla reconocían, gritaban y lloraban de alegría, si tenían suerte. Si no la tenían, se desmayaban. O se iban, despacio, en silencio, sin un reproche. A veces miraban, con la esperanza de que en el golfo brillara la vela blanca y roja del Daría.
No venía el Daría.
Yennefer distinguió la melena pelirroja de Crach an Craite, yarl de Skellige, por encima de las otras cabezas. Fue uno de los últimos en bajar de la cubierta del Ringhorn. El yarl gritaba órdenes, realizaba encargos, comprobaba, se preocupaba. Dos mujeres, una rubia y otra morena, tenían los ojos clavados en él y lloraban. De alegría. El yarl, seguro por fin de que había vigilado todo y de todo se había ocupado, se acercó a las mujeres, las abrazó en una tenaza de oso, las besó a las dos. Y luego alzó la cabeza y vio a Yennefer. Sus ojos ardieron, su rostro tostado se endureció como un escollo rocoso, como la punta de azófar de un escudo.
Lo sabe, pensó la hechicera. Las noticias se extienden pronto. Mientras estaba navegando, el yarl se enteró de cómo me pescaron anteayer con una red, en el golfo, detrás de Spikeroog. Sabía que me iba a encontrar en Kaer Trolde.
¿Magia o palomas mensajeras?
Se acercó a ella sin apresurarse. Olía a mar, a sal, a pez, a cansancio. Ella miró sus ojos claros e inmediatamente resonó en sus oídos el grito de guerra de los berserker, el golpeteo de los escudos, los chasquidos de las espadas y las hachas. El grito de los asesinados. El grito de gente saltando desde el Daría en llamas.
– Yennefer de Vengerberg.
– Crach an Craite, yarl de Skellige. -Hizo una ligera reverencia ante él.
Él no correspondió la reverencia. Malo, pensó Yennefer.
Él vio de inmediato el cardenal de ella, un recuerdo del golpe de remo. El rostro del yarl se endureció de nuevo, le temblaron los labios, mostró por un segundo los dientes.
– El que te golpeara responderá de ello.
– Nadie me golpeó. Me tropecé en las escaleras.
La miró con atención, luego se encogió de hombros.
– No quieres acusar a nadie; como quieras. Yo no tengo tiempo de andar investigando. Y ahora escucha lo que tengo que decir. Atentamente, porque van a ser las únicas palabras que te diga.
– Te escucho.
– Mañana se te subirá a un drakkar y serás conducida a Novigrado. Allí serás entregada a los gobernantes de la ciudad y luego a los gobernantes témenos o redaños, a quien primero acuda. Y sé que tanto los unos como los otros te desean firmemente.
– ¿Eso es todo?
– Casi. Sólo una aclaración que se te debe, al fin y al cabo. Ha sucedido muchas veces que Skellige ha dado asilo a gentes perseguidas por la ley. No faltan en las islas posibilidades ni ocasiones de comprar las culpas a base de trabajo duro, valentía, sacrificio, sangre. Pero no en tu caso, Yennefer. Yo no te daré asilo; si contabas con ello, te has equivocado. Odio a los que son como tú. Odio a quienes para conseguir el poder siembran cizaña, los que ponen por delante su beneficio, los que conspiran con el enemigo y traicionan a aquéllos a los que deben no sólo obediencia y hasta agradecimiento. Te odio, Yennefer, puesto que precisamente cuando tú estabas con tus cofrades y comenzabas una rebelión incitada por los nilfgaardianos en Thanedd, mis drakkars estaban en Attre, mis muchachos les llevaban ayuda a los rebeldes de allá. ¡Trescientos de los míos contra dos mil de los negros! ¡Ha de haber alguna recompensa para la valentía y la fidelidad, ha de haber castigo para la vileza y la traición! ¿Cómo voy a recompensar a los que cayeron? ¿Con cenotafios? ¿Con inscripciones en obeliscos? ¡No! Recompensaré y honraré a los caídos de otro modo. Por su sangre, que han absorbido las dunas de Attre, tu sangre, Yennefer, goteará bajo la tabla del cadalso.
– No soy culpable. No tomé parte en el complot de Vilgefortz.
– Las pruebas de ello se las presentarás a los jueces. Yo no te voy a juzgar.
– Tú no sólo me has juzgado. Tú hasta has emitido la condena.
– ¡Basta de cháchara! Como he dicho, mañana al amanecer viajarás cargada de cadenas hasta Novigrado, ante el juzgado real. A por un castigo justo. Y ahora dame tu palabra de que no vas a intentar utilizar la magia.
– ¿Y si no la doy?
– Marquard, nuestro hechicero, murió en Thanedd; no tenemos ahora mago que pudiera controlarte. Pero has de saber que estarás continuamente vigilada por los mejores arqueros de Skellige. Si sólo movieras una mano de forma sospechosa, te atravesarán.
– Está claro -afirmó ella con la cabeza-. Así que daré mi palabra.
– Perfecto. Gracias. Adiós, Yennefer. No te acompañaré mañana.
– Crach.
Se giró sobre sus talones.
– Dime.
– No tengo la más mínima intención de subir a un barco que se dirija a Novigrado. No tengo tiempo para demostrar a Dijkstra que soy inocente. No puedo arriesgarme a que poco después de mi arresto muera de un repentino derrame cerebral o que cometa suicidio en mi celda de alguna forma espectacular. No puedo perder tiempo ni asumir tal riesgo. No puedo tampoco aclararte por qué esto es tan arriesgado para mí. No iré a Novigrado.
Él la miró largo rato.
– No vas a ir -repitió-. ¿Qué es lo que te permite suponerlo? ¿Acaso el que alguna vez nos uniera un arrebato amoroso? No cuentes con ello, Yennefer. Lo pasado, pasado está.
– Lo sé y no cuento con ello. No iré a Novigrado, yarl, porque me urge ponerme en camino para acudir en ayuda de una persona a la que le prometí que nunca dejaría sola y sin ayuda. Y tú, Crach an Craite, yarl de Skellige, me ayudarás en esa empresa. Porque también tú hiciste una promesa parecida. Hace diez años. Precisamente aquí, donde estamos, en esta playa. A esa misma persona. Ciri, nieta de Calanthe. La Leoncilla de Cintra. Yo, Yennefer de Vengerberg, considero a Ciri mi hija. Por eso, en su nombre exijo que mantengas tu promesa. Mantenía, Crach an Craite, yarl de Skellige.
– ¿De verdad? -Crach an Craite se aseguró otra vez-. ¿Ni siquiera lo vas a probar? ¿Ninguna de estas exquisiteces?
– De verdad.
El yarl no insistió. Tomó de una cazuela un bogavante, lo colocó sobre la mesa y lo abrió con un potente pero preciso golpe de cuchillo. Lo aliñó con abundante limón y salsa de ajo, comenzó a extraer la carne de la concha. Con los dedos.
Yennefer comía con distinción, con cuchillo y tenedor de plata. Comía filete de carnero con espinacas, especialmente preparado para ella por el estupefacto y algo irritado cocinero. La hechicera no quería ni ostras, ni salmonetes, ni salmón marinado en su jugo, ni sopa de trigla y moluscos cordiformes, ni rabo seco de rana marina, ni pez espada asado, ni morena frita, ni pulpo, ni cangrejos, ni bogavantes, ni erizos de mar. Ni -especialmente- algas frescas.
Todo lo que oliera algo a mar se le relacionaba con Fringilla Vigo y Filippa Eilhart, con una teleportación de loco riesgo, con la caída al mar, con la red que habían echado sobre ella… en la que, por cierto, había unas algas y unos sargazos exactamente iguales que los que había en aquella cacerola de allá. Unas algas y sargazos que fueron destrozados sobre su cabeza y hombros con golpes que dejaban paralizado de un remo de pino.
– Así que -continuó Crach la conversación, chupando la carne que se había quedado entre las articulaciones quebradas de las pinzas del bogavante- he decidido darte crédito, Yennefer. No lo hago por ti, has de saberlo. El bloedgeas, juramento de sangre, que le hice a Calanthe, ciertamente me ata las manos. Así que si tus intenciones de prestar ayuda a Ciri son verdaderas y honestas, y apuesto por que lo sean, no tengo otra salida: tengo que ayudarte con ellas…