La torre de la golondrina
- Автор: Сапковский Анджей
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
– Alguien ha de hacerlo.
– Y a alguien habrá que echarle la culpa. Sé que intentas ser justo, pero no serás capaz de evitar el error, porque no se puede evitar. No se puede tampoco continuar estando limpio entre tanta sangre. Sé que nunca has hecho daño a nadie por tus propios intereses, pero, ¿quién lo va a creer? ¿Quién lo va a creer? Un día, la suerte te dará la espalda, te acusarán de matar a inocentes y de sacar provecho de ello. Y la mentira se le pega al ser humano como alquitrán.
– Lo sé.
– No te darán la posibilidad de defenderte. Te cubrirán de alquitrán… luego. Después del hecho. Cuídate, Dijkstra.
– Me cuido. No me cogerán.
– Cogieron a tu rey, Vizimir. Por lo que he oído, con un estilete, por un lado, hasta la garganta…
– Es más fácil alcanzar a un rey que a un espía. A mí no me cogerán. Nunca me cogerán.
– Y no debieran. ¿Y sabes por qué, Dijkstra? Porque, su puta madre, en este mundo tiene que haber por lo menos algo de justicia.
Y vino un día en que ambos recordaron aquella conversación. Ambos. El rey y el espía. Dijkstra recordó aquellas palabras de Esterad de Kovir cuando escuchaba los pasos de los asesinos que se acercaban desde todos lados, por todos los corredores del castillo. Esterad recordó aquellas palabras de Dijkstra en las ostentosas escaleras de mármol que llevaban desde Ensenada hasta el Gran Canal.
– Pudo haber luchado. -Los ojos nublados, ciegos, de Guiscard Vermuellen estaban clavados en el abismo de sus recuerdos-. Sólo eran tres conjurados, el abuelo era un hombre fuerte. Pudo haber luchado, haberse defendido hasta el momento en que llegara la guardia. Pudo simplemente haber huido. Pero allí estaba la abuela Zuleyka. El abuelo cubrió y protegió a Zuleyka, sólo a Zuleyka, no se cuidó de sí mismo. Cuando por fin llegó la ayuda, Zuleyka no tenía ni un rasguño. Esterad había recibido más de veinte puñaladas. Murió al cabo de tres horas, sin recuperar el sentido.
– ¿Has leído alguna vez el Buen Libro, Dijkstra?
– No, vuestra majestad. Pero sé lo que está escrito allí.
– Yo, imagínate, ayer lo abrí al azar. Y me topé con esta frase: «En el camino a la eternidad todos caminarán por sus propias escaleras, llevando consigo su propio bagaje». ¿Qué piensas de ello?
– Se nos acaba el tiempo, rey Esterad. Es hora de cargar con el propio bagaje.
– Cuídate, espía.
– Cuidaos, rey.
Capítulo noveno
Desde la clara y antigua villa de Assengar anduviéramos puede que unas seis centenas de leguas al sur, al país llamado Cien Lagos. Mirando aquel país desde las alturas de un monte, viéramos muchos lagos, los cuales ciertamente por su colocación y sucesión pudieran tenerse por dibujos de lo más disparejo. Entre los susodichos dibujos el nuestro guía, el elfo Avallac'h, mandó buscáramos uno que fuera ensemejante a las hojas de un trifolium. Y en verdad que el tal vimos. Aunque apareciera por fin que no tres, sino cuatro son los lagos, puesto que uno, alargado, tendido del mediodía al septentrión, hacía como si el tallejo de la hoja fuera. Este lago, nombrado como Tarn Mira, encuéntrase rodeado de negra selva y a su confín del norte se eleva cierta torre incógnita. Llámase la Torre.e la Golondrina, nómbranla los elfos en su lengua Tor Zireael.
Al pronto nada se viera, no más que la niebla. Cuando me las arreglara para platicar con el elfo Avallac'h inquiriendo por la dicha torre, éste, haciendo señal de callar la boca, estas palabras dijera: «Esperar y tener esperanza. La esperanza vuelve con la luz y con los buenos presagios. Vigilad el agua sin límites, puesto que allá veréis los embajadores de la buena nueva».
Buyvid Backhuysen, Peregrinaciones por sendas y lugares mágicos
Este libro es desde el principio al final un humbug. Las ruinas del lago Tarn Mira han sido investigadas muchas veces. No son mágicas, en contra de los enunciados de B. Backhuysen; no pueden entonces ser los restos de la legendaria Torre de la Golondrina.
Ars mágica, ed. XIV
– ¡Que vienen! ¡Que vienen!
Yennefer se sujetó con las dos manos los cabellos agitados por el húmedo viento. Estaba junto a la balaustrada de las escaleras, intentando apartarse del camino de las mujeres que corrían hacia la orilla. Empujada por un viento del oeste, la marejada se estrellaba con estruendo contra la orilla, blancas flechas de espuma salían disparadas cada poco tiempo de las grietas entre las rocas.
– ¡Que vienen! ¡Que vienen!
Desde las terrazas superiores de la ciudadela de Kaer Trolde, la fortaleza principal de Ard Skellig, se veía casi todo el archipiélago. En frente, al otro lado del estrecho, se extendía An Skellig, llana y baja en su extremo sur, rocosa y quebrada por fiordos en su parte norte, que no se podía ver desde allí. A la izquierda, lejos, rompía las olas con los agudos colmillos de sus escollos la alta y verde Spikeroog, con sus montañas de cumbres escondidas entre las nubes. A la derecha se veían los abruptos acantilados de la isla de Undvik, plagada de gaviotas, petreles, cormoranes y alcatraces. Desde detrás de Undvik se elevaba el boscoso cono de Hindarsfjall, la isla más pequeña del archipiélago. Pero si se subiera a la misma punta de alguna de las torres de Kaer Trolde y se mirara en dirección al sur, se vería la isla de Faroe, solitaria, alejada de las otras, saliendo del agua como la cabeza de un gigantesco pez para el que el océano es demasiado poco profundo.
Yennefer bajó a la terraza inferior, se detuvo ante un grupo de mujeres, a las cuales el orgullo y la posición social no les permitía correr a tontas y a locas hasta la orilla y mezclarse con la muchedumbre excitada. Abajo, a sus pies, yacía la ciudad portuaria, negra e informe, como una enorme concha marina arrojada por las olas.
Por el estrecho entre An Skellig y Spikeroog se acercaban, unos tras otros, los drakkars. Las velas ardían al sol en blanco y rojo, brillaban las puntas de azófar de los escudos colgados en la borda.
– El Ringhorn va el primero -afirmó una de las mujeres-. Detrás de él el Fenris…
– Trigla -reconoció otra con una voz excitada-. Detrás de él el Drac… Por detrás el Havfrue…
– Anghira… Támara… Daría… No, es el Scorpena… No está el Daría…
Una joven mujer con una gruesa trenza rubia, que rodeaba con las dos manos una barriga de avanzado estado de embarazo, gimió sordamente, palideció y se desmayó, derrumbándose sobre las baldosas de la terraza como una cortina arrancada de las anillas. Yennefer se acercó de inmediato, se puso de rodillas, apoyó los dedos en la barriga de la mujer y gritó un encantamiento, ahogando los espasmos y palpitaciones, evitando con fuerza y seguridad la ruptura del cordón umbilical y la placenta. Para estar segura lanzó un hechizo tranquilizador y protector sobre el niño, cuyas patadas sentía bajo la mano.
A la mujer, para no despilfarrar energía mágica, la reanimó con un golpe en el rostro.
– Lleváosla. Con cuidado.
– Ignorante -dijo una de las mujeres mayores-. Poco ha faltado para…
– Histérica… Puede que viva su Nils, igual está en otro drakkar…
– Gracias por vuestra ayuda, señora maga.
– Lleváosla -repitió Yennefer, levantándose. Se tragó una maldición al darse cuenta de que le habían cedido las costuras del vestido al arrodillarse.
Descendió a una terraza todavía más baja. Los drakkars iban uno por uno alcanzando la orilla, los guerreros saltaban a la playa. Barbados, cargados con armas, los berserkers de Skellige. Muchos se destacaban por el blanco de los vendajes, muchos para poder andar tenían que usar de la ayuda de los camaradas. A algunos había que transportarlos.