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La torre de la golondrina

Электронная книга - «La torre de la golondrina». Краткое содержание книги:

Tras una larga espera por fin ha llegado esta Torre de la golondrina de Sapkowski, perteneciente a la mal llamada saga de Geralt de Rivia, ya que el protagonismo del brujo se va diluyendo conforme avanza la saga para dejar paso a la verdadera protagonista de la serie, la joven Ciri de Cintra, pieza central de todo lo que pasa en el mundo que la rodea. Esto se hace aun más evidente en esta entrega en la que Geralt aparece solo un par de capítulos en los que continua su marcha en busca de Ciri en compañía de Jaskier y el grupo que se reunión en la anterior entrega de la serie.
La acción comienza con Ciri llegando a una cabaña de un ermitaño al que va contando su historia, y así en un enorme flashback nos pone al día de sus andanzas. A lo largo de los recuerdos de Ciri tendremos momentos llenos de acción, de crueldad, Ciri lo pasa mal, muy mal, de ternura, de humor. Todo esto esta narrado, no solo por Ciri, sino por los numerosos personajes que van apareciendo en sus andanzas, conformando un complejo puzle, que a veces es difícil de seguir, pero que consigue recrear un fresco de las aventuras de la joven en el que una vez que todo encaja asistimos a un final tan climático y abierto que nos dejará ansiosos por comenzar a leer La dama del lago, última entrega de la serie, donde suponemos que asistiremos a un final a la altura de las novelas, en realidad una sola, que conforman la serie.
Como en todas las entregas anteriores destaca la habilidad de Sapkowski para dotar de voces personales a todos y cada uno de los personajes que aparecen, tanto a los viejos amigos como a los nuevos que se incorporan en esta entrega, como el ermitaño o algunos de los bandidos,merito compartido con la excelente traducción, entrelazar una estructura narrativa alambicada en la que las distintas lineas de acción van concordando con la precisión de un reloj, aunque en esta ocasión flojean un tanto las historias de Geralt y Yennefer, mas que nada por lo poco que aportan al destino final de la serie, en comparación con la importancia del personaje de Ciri, lo que lastra el resultado final de esta entrega, que aun así es sin duda uno de los títulos imprescindibles de la fantasía.
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Es una pobre niña desgraciada… ¡Fue la voluntad de los dioses! ¡Es tu hija igual que mía! ¿Qué iba a hacer? ¿Ahogarla? ¿No atarle el ombligo? ¿Qué tengo que hacer ahora? ¿Llevarla al bosque y dejarla allí? ¿Qué es lo que quieres de mí, por los dioses?

¡Papá! ¡Mamá!

Largo de aquí, bicho raro.

¿Cómo te atreves? ¿Cómo te atreves apegar así a la niña? ¡Quieto! ¿Adónde vas? ¿ Dónde? A su casa, ¿verdad? ¿A casa de ella?

Pues claro, mujer. Soy un hombre, me es lícito sofocar mi deseo donde quiera y cuando quiera, es mi derecho natural. Y tú me das asco. Tú y esa fruta de tu vientre podrido. No me esperes con la cena. No volveré a dormir.

Mamá…

¿Por qué lloras?

¿Por qué me pegas y me desprecias? Pero si he sido buena…

¡Mamá! ¡Mamá!

– ¿Eres capaz de perdonar?

– Hace ya mucho que perdoné.

– Saciada por la primera venganza.

– Sí.

– ¿Lo lamentas?

– No.

Dolor, un terrible dolor que le atravesaba las manos y los dedos.

– ¡Sí, soy culpable! ¿Es lo que querías escuchar? ¿Confesión y arrepentimiento? ¿Querías escuchar cómo Yennefer de Vengerberg se arrepiente y se humilla? No, no te doy esa satisfacción. Reconozco mi culpa y espero castigo. ¡Pero no esperes que me vas a escuchar arrepentirme!

El dolor alcanza las fronteras de lo que el ser humano es capaz de soportar.

– Me recuerdas a los traicionados, engañados, utilizados, me recuerdas a quienes murieron por mi mano, por mi propia mano… ¿El que alzara alguna vez la mano contra mí misma? ¡Se ve que tendría algún motivo! ¡Y no lamento nada! Aunque pudiera hacer retroceder el tiempo… No lamento nada.

El halcón se posó sobre su hombro.

La Torre de la Golondrina. La Torre de la Golondrina. Apresúrate a la Torre de la Golondrina.

Hija mía.

Canta el gallo Kambi.

Ciri en una yegua mora, con los cabellos grises agitados por el viento en su galope. De su rostro fluye y salpica la sangre, brillante, de rojo vivo. La yegua mora vuela como un pájaro, se desliza ligera hacia la agitación de un torbellino. Ciri se agarra a la silla, pero no cae…

Ciri en medio de la noche, en un desierto de roca y arena, con la mano alzada, de su mano surge una bola luminosa… Un unicornio arañando en la grava con su casco… Muchos unicornios… Fuego… Fuego…

Geralt en un puente. En una lucha. En el fuego. Las llamas se reflejan en la hoja de su espada.

Fringilla Vigo, sus ojos verdes muy abiertos de placer, su oscura cabe-cita de pelo corto sobre un libro abierto, sobre el frontispicio… se ve un fragmento del título: Notas sobre lo inevitable de la muerte…

En los ojos de Fringilla se reflejan los ojos de Geralt.

Un abismo. Humo. Escaleras que conducen abajo. Escaleras que hay que bajar. Algo se termina. Llega el Tedd Deireádh, el Tiempo del Fin…

Oscuridad. Humedad. El terrible frío de las paredes de piedra. El frío del hierro en las articulaciones de las muñecas, en los huesos de los tobillos. Dolor palpitante en las manos destrozadas, punzante en los acribillados dedos…

Ciri la lleva de la mano. Un largo y oscuro pasillo, columnas de piedra, puede que estatuas… Tinieblas. En ellas susurros, bajitos como el ruido del viento.

Puertas. Una serie infinita de puertas de gigantescas y pesadas hojas se abren ante ella sin ruido. Y al final, en unas tinieblas impenetrables, unas que no se abren solas. Unas que está prohibido abrir.

Si tienes miedo, vuelve.

Está prohibido abrir estas puertas. Tú lo sabes.

Lo sé.

Y sin embargo me conduces allí.

Si tienes miedo, vuelve. Todavía estás a tiempo de volver. Todavía no es demasiado tarde.

¿Y tú?

Para mí si lo es.

Canta el gallo Kambi.

Ha llegado el Tedd Deireádh.

Aurora borealis.

El amanecer.

– Yennefer. Despiértate.

Alzó la cabeza. Miró las manos. Tenía las dos. Enteras.

– ¿Sigrdrifa? Me he dormido…

– Ven.

– ¿Adonde? -susurró-. ¿Adonde esta vez?

– ¿Cómo? No te entiendo. Ven. Tienes que ver esto. Ha pasado algo… Algo extraño. Ninguna de nosotras sabe cómo explicarlo. Y yo me lo imagino. La gracia… Sobre ti ha caído la gracia divina, Yennefer.

– ¿De qué se trata, Sigrdrifa?

– Mira.

Miró. Y lanzó un ruidoso suspiro.

Brisingamen, la joya sagrada de la Modron Freya no colgaba ya del cuello de la diosa. Yacía a sus pies.

– ¿Estoy oyendo bien? -se aseguró Crach an Craite-. ¿Te trasladas con todo tu taller de magia a Hindarsfjall? ¿Las sacerdotisas te permiten usar el diamante sagrado? ¿Te permiten usarlo para esa máquina infernal?

– Si.

– Vaya, vaya. Yennefer, ¿acaso te has convertido? ¿Qué es lo que pasó en la isla?

– No importa. Vuelvo al santuario y eso es todo.

– ¿Y los medios económicos que pediste? ¿Te serán necesarios?

– La verdad es que sí.

– El senescal Guthlaf realizará cada orden tuya. Pero, Yennefer, emite esas órdenes rápidamente. Apresúrate. He recibido nuevas noticias.

– Maldita sea, lo estaba temiendo. ¿Saben ya dónde estoy?

– No, todavía no lo saben. Me advirtieron sin embargo que podrías aparecer por las Skellige y me ordenaron detenerte de inmediato. Me ordenaron también hacer prisioneros en nuestros ataques y divulgar con ellos informaciones, incluso migajas de información relacionadas contigo. De tu presencia en Nilfgaard o en las provincias. Yennefer, apresúrate. Si te siguieran y atraparan aquí, en las Skellige, me encontraría en una situación ligeramente complicada.

– Haré lo que esté en mi poder. También de forma que no te comprometa. No tengas miedo.

Crach sonrió.

– He dicho que «ligeramente». Yo no les temo. Ni a los reyes ni a los hechiceros. No me pueden hacer nada, porque les soy necesario. Y además, estuve obligado a prestarte ayuda a causa del juramento de vasallaje. Sí, sí, has oído bien. Formalmente sigo siendo vasallo de la corona de Cintra. Y Cirilla tiene derecho formal a esa corona. Al representar a Cirilla, siendo su única tutora, tienes derecho formal a ordenarme, a exigir de mí obediencia y servicio.

– Sofismas casuísticos.

– Por supuesto. -Bufó-. Yo gritaré eso mismo, a grandes voces, si, pese a todo, resulta ser verdad que Emhyr var Emreis obliga a la muchacha a casarse con él. En ese caso, aunque hiciera falta la ayuda de algún picapleitos embrollador, se le quitarían a Ciri todos los derechos al trono y se pondría en él a algún otro, aunque fuera a ese mentecato de Vissegerd. Entonces, sin tardanza, declararé obediencia y juraré vasallaje.

– ¿Y si -Yennefer entornó los ojos- pese a todo resultara que Ciri está muerta?

– Ella está viva -dijo Crach con dureza-. Lo sé con toda seguridad.

– ¿Cómo?

– No vas a querer dar crédito.

– Ponme a prueba.

– La sangre de las reinas de Cintra -comenzó Crach- está extrañamente enlazada con el mar. Cuando muere alguna mujer de esta sangre, el mar entra en una verdadera locura. Se dice que Ard Skellig llora a las hijas de Riannon. Porque la tormenta es entonces tan fuerte que las olas que provienen del oeste se introducen a través de las rocas y cavernas hasta la parte de oriente y de pronto las rocas dejan brotar torrentes salados. Y toda la isla tiembla. La gente sencilla dice: mira cómo Ard Skellig sozolla. De nuevo ha muerto alguien. Ha muerto la sangre de Riannon. La Vieja Sangre.

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