Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
– Hmmm…
Dejando que la oveja escapara, Hamish se aproximó a ella, apoyándose en la cerca.
– Puede que de la misma manera que yo le dije a Moll que la amaba.
– Pero tú eres distinto, tú no has sido…
En ese punto, Minerva se calló, levantó la cabeza, lo miró fijamente y parpadeó varias veces.
Él le devolvió una sonrisa.
– Bueno, piensa en ello, pero ten en cuenta que yo soy tan Varisey como lo es él.
Lila frunció el ceño.
– Pero tú no has sido… -repitió ella, haciendo un gesto con la mano para señalar en dirección al sur, más allá de las colinas.
– ¿Criado en el castillo? Es cierto, pero tal vez precisamente por eso yo nunca creí poder enamorarme, hasta que me encontré con la mujer adecuada -dijo estudiando de nuevo su rostro. -Entonces, no te lo ha dicho, ¿no?
– No, no me lo ha dicho, fue honesto conmigo. Dice que lo intentará, que quiere más de su matrimonio, pero que… -dijo, aspirando en profundidad, -no puede prometerme que me amará, porque no sabe si podrá.
Hamish chasqueó su lengua mostrando su disgusto.
– Sois la pareja perfecta. Tú te has enamorado de él, o al menos, estás a la espera de enamorarte de él, desde hace décadas, y ahora tienes…
– No puedes estar seguro de eso -dijo ella, mirándole.
– Por supuesto que puedo. No es que él me lo haya dicho, pero puedo leer claramente entre líneas, tanto en las suyas como en las tuyas, y al fin y al cabo, estás aquí, ¿no?
Ella pareció enfadarse aún más.
– Exactamente, tal y como pensé -dijo Hamish mientras salía del corral, cerrando la puerta tras de sí. Apoyándose con la espalda contra ésta, se quedó mirándola.
– Ambos necesitáis estudiaros el uno al otro. ¿Qué crees que ha hecho que él llegue siquiera a considerar tener otro tipo de matrimonio? Un matrimonio por amor, ¿no es así como le llaman? ¿Por qué imaginas que lo llaman así?
Ella lo miró aún con el ceño fruncido.
– Haces que suene muy fácil.
Hamish asintió con su gran cabeza.
– Y así es el amor. Simple, directo, y sencillo. Simplemente, pasa. Cuando se complica es cuando piensas demasiado, cuando lo intentas racionalizar, encontrarle un sentido, o diferenciarlo. No funciona así.
Seguidamente se apartó de la puerta y empezó a caminar por el sendero. Ella le siguió.
– Pero si quieres seguir pensando, piensa entonces en esto. El amor aparece sin avisar, a veces, casi como una enfermedad, y como tal, la mejor manera para ver si alguien está contagiado es simplemente observando los síntomas. Conozco a Royce hace más tiempo que tú, y he visto en él todos y cada uno de los síntomas. Puede que no sepa que te ama, pero sí actúa como si lo hiciera.
Finalmente, llegaron al punto donde dejaron a Rangonel. Hamish se detuvo y la miró.
– La verdad es, muchacha, que puede ser que nunca sea capaz de decirte, honesta y deliberadamente, que te ama, pero eso no quiere decir que no lo haga.
Ella sonrió, dándose golpecitos en la sien con un dedo enguantado.
– Tan solo me has dado más cosas en las que pensar.
Hamish sonrió al oír aquello.
– Bueno, si tienes que pensar, lo menos que puedes hacer es pensar en hacer las cosas bien.
Minerva cabalgó rumbo al sur, siguiendo la frontera, y luego a través de las colinas, con tiempo de sobra para pensar en Royce y sus "síntomas", ponderando en lo que Hamish le había dicho.
Mientras le ayudaba con la silla, le recordó que la última duquesa había sido ciegamente fiel, no a su marido, sino a su amante de toda la vida, Sidney Camberwell.
La duquesa y Camberwell habían estado juntos veinte anos. Recordando todo lo que había visto de esa pareja, y pensando en sus "síntomas", llegó a la conclusión de que ambos estaban muy enamorados.
Puede que Hamish tuviera razón. Royce podía amarla, y de hecho, puede que lo hiciera.
Sin embargo, tenía que ordenar sus pensamientos, y pronto, ya que él no bromeaba cuando mencionó a lady Osbaldestone, y esa era la razón por la que había salido a cabalgar. La granja de Hamish le había parecido un destino obvio.
Tómate el tiempo que necesites para pensar.
Conocía a Royce demasiado bien para no saber a qué se refería. Tómate todo el tiempo que necesites para pensar, siempre que termines aceptando ser mi esposa.
Él haría cualquier cosa que estuviera en su mano para asegurarse de que lo haría. De ahora en adelante, se sentiría completamente justificado haciendo lo que hiciera falta para que ella aceptara.
En su caso, "lo que hiciera falta" cubría un amplio campo, y tal y como había demostrado aquella mañana, con resultados desastrosos. Ella había conseguido escapar simplemente porque el sol ya había salido. Si no lo hubiera hecho, todavía estaría a su merced. En público, sin embargo, durante el desayuno, y más tarde en su reunión habitual en su estudio en presencia de Handley y Jeffers, se había comportado con un decoro ejemplar. No podía permitirse fallar en aquello. Mientras que en privado la presionaba para que se decidiera rápidamente en su favor, luego no hacía nada para no levantar sospechas en los demás.
– Por lo que -aseguró a las colinas-le estaré eternamente agradecida. Lo último que necesito es a Margaret, a Aurelia y a Susannah intimidándome. Ni siquiera sé qué lado apoyarían, y contra cuál lucharían.
Aquella era una cuestión interesante, pero también estaba más allá de lo que era el asunto. No le importaba que fuera lo que pensaran, y a Royce aún menos. Por nonagésima vez, volvió a pensar en las razones que le había dado. La mayoría confirmaban lo que ella había percibido la primera vez. Casarse con ella sería la mejor opción para él, especialmente dado su compromiso con Wolverstone y con el ducado al completo. Lo que no encajaba con la conveniencia y el confort que él buscaba era su deseo de tomar otro tipo de matrimonio. Ella no podía poner en duda la realidad de aquello. El había tenido que hacer un esfuerzo para revelarlo, y a ella, aquella sinceridad, le llegó al corazón.
El se había preocupado por ella, a su manera altiva y arrogante. Había conseguido un innegable y seductivo triunfo en ser la única mujer en hacer que un Varisey pensara en algo lejanamente próximo al amor, y especialmente que Royce la reclamara como suya, pero aquello también había sido una maniobra de auto-seducción.
Si al final llegara a amarla, ¿cuánto duraría?
Si él la amaba como ella lo amaba a él…
Al pensar aquello, frunció el ceño ante las orejas de Rangonel.
– A pesar de la opinión de Hamish, todavía tengo mucho en lo que pensar.
Royce estaba en su estudio trabajando en su correspondencia con Handley cuando Jeffers llamó y abrió la puerta. Él miró hacia arriba, arqueando una ceja.
– Tres damas y un caballero acaban de llegar, su Excelencia. Las damas insisten en verle inmediatamente.
El se extrañó ante eso.
– ¿Cómo se llaman?
– La marquesa de Dearne, la condesa de Lostwithiel y lady Clarice Warnefleet, su Excelencia. El caballero es lord Warnefleet.
– ¿El caballero no ha pedido verme también?
– No, su Excelencia. Tan solo las damas.
Aquella era la manera en la que Jack Warnefleet le advertía cuál era el asunto que su esposa y sus dos acompañantes querían discutir.
– Gracias, Jeffers. Deja que pasen las damas, y dile a Retford que se ocupe de que lord Warnefleet se sienta cómodo en la biblioteca.
Cuando la puerta se cerró, miró hacia Handley.
– Tendremos que continuar con esto más tarde. Te haré llamar cuando esté libre.
Handley asintió, recogió todos los papeles, y poniéndose en pie, se marchó. Royce miró cómo la puerta se cerraba. No tenía mucho sentido preguntarse cuál sería el mensaje que Letitia, Penny y Clarice le traían. Pronto lo sabría.
Menos de un minuto después, Jeffers abrió la puerta, y las damas, tres de las siete esposas de sus ex-compañeros del club Bastión, entraron. Levantándose, él respondió a sus reverencias de costumbre, y luego les señaló con un gesto de su mano las sillas que Jeffers había dispuesto para ellas ante la mesa del despacho.