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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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– Especialmente, si era tan insistente en usar su cama, y no la tuya.

Letitia y Penny, sentadas en el otro sofá, asintieron, mostrando estar de acuerdo.

– Sí, pero -dijo Minerva, -¿quién dice que eso no era simplemente porque ya me veía como su duquesa? Ya se había hecho a la idea de que yo me casaría con él antes de seducirme, así que va implícito en su carácter el insistir en tratarme como si ya fuera lo que él quiere que sea: su esposa.

Letitia hizo un ruido muy rudo.

– Si Royce decidiera ignorar tus deseos y entregarse plenamente a sus amantes, a los caballos y a las armas, simplemente hubiera mandado una nota a la Gazette, y después te hubiera informado de la imposibilidad de cambiar la situación. Eso sí hubiera sido actuar con carácter. No, sin lugar a dudas, este modo de actuar es bueno, pero -dijo, levantando la mano al ver que Minerva quería decir algo -estoy de acuerdo con las demás: para conseguir tu propósito, necesitas algo más definitivo.

Penny asintió.

– Algo más claro y conciso.

– Algo -dijo con rotundidad Minerva, -que sea más que una simple indicación o sugerencia. Algo que no pueda estar abierto a otras interpretaciones. -Y deteniéndose aquí, alzó sus manos. -En este momento, esto es el equivalente sentimental a estar leyendo hojas de té. Necesito algo que él no pudiera hacer de ninguna de las maneras, a no ser que me amara.

Clarice exhaló el aire entre los dientes.

– Bueno, hay algo que podrías intentar, si fueras jugadora…

Más tarde, aquella misma noche, y después de una reunión final con sus mentoras, Minerva se apresuró en volver a su cuarto. El resto de los invitados se habían retirado hacía algún tiempo. Ella llegaba tarde; Royce se estaría preguntando dónde estaba.

Si le preguntaba dónde había estado, no podría decirle que había estado recibiendo instrucciones en el sutil arte de cómo hacer que un noble le abriera su corazón.

Al llegar a la puerta, la abrió, entrando a toda prisa en su interior, chocándose contra el pecho de él.

Sus manos rodearon sus hombros, intentando evitar que se cayera, mientras que la puerta se cerraba sola tras ella. El la miró con gesto molesto.

– ¿Dónde…?

Ella alzó una mano.

– Si te interesa saberlo, he estado charlando con las esposas de tus amigos.

Minerva se deshizo de su agarre, echándose hacia atrás, y se desabrochó el vestido.

– Ve al dormitorio, te seguiré en cuanto me sea posible.

Él dudó un momento.

Minerva tenía la impresión de que él quería ayudarla con su vestido, pero parecía que no se fiaba de sí mismo. Le despidió con un movimiento de mano.

– ¡Vete! Cuanto antes lo hagas, antes llegaré yo.

La puerta se cerró tras él silenciosamente, al mismo tiempo que Minerva recordaba que tendría que haberle avisado para que no se desnudara.

– ¡Maldita sea! -dijo mientras luchaba con sus lazos, dándose aún más prisa.

No era feliz en absoluto. Había pasado las últimas semanas deambulado de aquí para allá sin ninguna satisfacción real.

A lady Ashton le había llevado más de lo que esperaba el llegar hasta allí, y luego, en lugar de crearle dificultades a Royce, no había hecho la más mínima escenita. Encima, aquella mujer había, aparentemente, aceptado su día de permiso sin tan siquiera coger una pataleta. ¡Demonio, ni siquiera se contrarió!

Eso era una cosa, pero el que lo rechazara a él era otra muy diferente.

Furioso, fue andando hacia el ala oeste, metiéndose entre las sombras del pasillo que llevaba al torreón de homenaje.

El había ido a su habitación suponiendo que, ya que Royce había rechazado compartir la cama de ella, un hecho del que ella se había dado cuenta cuando ante su sutil pinchacito, Susannah había reaccionado. Después de todo aquello, la deliciosa lady Ashton sería mucho más dócil. Tenía una boca con la que había fantaseado desde que había fijado su interés en ella.

En lugar de eso, la encantadora condesa había rehusado dejarle pasar de la puerta. Dijo padecer una migraña, y dejó clara su intención de marcharse al día siguiente, por lo que necesitaba dormir esa misma noche.

El apretó sus dientes. Que le embaucaran de aquella manera con aquellas excusas tan tontas le hacía hervir la sangre. Decidió volver a su habitación a por un buen trago de brandy, pero en realidad necesitaba algo más potente que el alcohol para borrar la afabilidad de lady Ashton.

Ella lo había mirado, y lo había despachado tranquilamente, como si no mereciera sustituir el lugar de Royce.

Para lograr apartarse aquella imagen, necesitaba algo para reemplazarla. La imagen de Susannah, la hermana preferida de Royce, de rodillas ante él. El la miraría desde arriba, primero de frente, luego desde atrás, mientras ella estaba totalmente a sus órdenes. Si la empujaba con la suficiente fuerza, podría hacer que olvidara a la condesa. Imaginando que le haría a la hermana de Royce lo que tenía planeado hacerle a la amante de Royce, cruzó el pasillo. La habitación de Susannah estaba en el ala este.

Pasaba una de las profundas troneras de las murallas de la torre cuando el sonido de una puerta abriéndose apresuradamente le hizo meterse entre las sombras, ocultándose.

Guardando silencio, esperó a que pasara quienquiera que fuera el que hubiera salido por la puerta.

Unos pasos ligeros pasaron junto a él. Era una mujer, con prisa.

Pasó junto a uno de los ventanucos de la tronera, y la luz de la luna acarició su pelo. Era Minerva.

Verla con aquella prisa no le sorprendió, incluso a aquellas horas de la noche. Verla con aquella prisa en camisón, con una capa ligera sobre los hombros, sí lo hizo.

Salió de entre las sombras y la siguió guardando las distancias, deteniendo su respiración cuando ella se dio la vuelta hacia el pequeño pasillo que llegaba a los aposentos ducales. Llegó a la esquina a tiempo de echar un vistazo alrededor y ver cómo abría la puerta hacia la sala de descanso de Royce.

Silenciosamente, la cerró a su espalda.

A pesar de las obvias implicaciones, no podía creerlo. Así que esperó. Esperó para verla salir con Royce, ya que la habría llamado para tratar algo de suma urgencia, pero…

¿En camisón?

Un reloj en alguna parte marcó los cuartos. Se pasó allí mirando la puerta otros quince minutos, pero Minerva no salió de la habitación.

Aquella era la razón por la que Royce había hecho que la condesa se fuera.

– Bien, bien, bien, bien… -dijo, curvando sus labios en una sonrisa. Y con eso, se dio la vuelta, y se encaminó hacia la habitación de Susannah.

CAPÍTULO 18

Minerva se detuvo dentro de la sala de estar de Royce para coger aire y templar sus nervios. Una sombra en la habitación cambió de forma. Sus sentidos se aguzaron de repente.

Royce surgió de la penumbra, dejando atrás las sombras. Quitándose su capa, y el chaleco. Iba descalzo, pero aún tenía puesta camisa y pantalones. Soltó una copa vacía en una mesita auxiliar.

– Ya era hora.

No es que estuviera de mal humor, pero puso énfasis en cada una de las palabras a medida que se iba acercando a ella.

– Ah… -dijo, captando el mensaje, pero levantando las manos para mantener las distancias.

Aun así, él llegó a su lado, pero no hizo lo que ella esperaba. Sus manos la agarraron por detrás de la cabeza, la inclinó hacia atrás y bajó la suya para capturar su boca con sus labios.

Aquel beso la sobrecogió rebasando todos los límites, sumergiendo cualquier vestigio de racionalidad que le quedara en la marea ardiente del deseo. La pasión se desató. Las llamas del fuego de la atracción les lamieron, chisporroteando, hambrientas.

Ella, como siempre, cayó en la delicia de sentirse deseada con tanta fuerza, de aquella manera, a aquel nivel. Sus manos se cerraron tras su cabeza, mientras que su boca, sus labios, su lengua, la reclamaban y la poseían, vertiendo tal cantidad de pasión desenfrenada, de deseo desatado, a través de ella, que no hizo sino hundirla en el placer, para que ella instantáneamente respondiera con el cimbreo de su cuerpo.

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