El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
El nombre de la localidad donde vivía Mark hizo salir bruscamente a Karin de su ensoñación.
– Como de costumbre, son las aves las que sufren -observó Daniel-. En los mitos, los dioses siempre se cargan a los pájaros. ¿Por qué detenerse ahora?
Llegó la camarera, demasiado pronto.
– ¿Qué tal está todo?
– Todo está muy bien -respondió Karin en tono cantarín.
– ¿Cómo están sus verduras? -preguntó la camarera a Daniel.
– Estupendas -respondió él-. Frescas.
– ¿Está seguro de que no desea nada más? ¿Algo un poco más…?
Daniel sonrió.
– Gracias. Estoy satisfecho.
Siguió con los ojos a la camarera cuando se alejaba. Poco después llegó la ayudante de camarera para llenarles de nuevo los vasos de agua. Daniel le dijo «perdón» en vez de «gracias».
Se rompió una gran presa de humillación, y las olas de una antigua corriente cubrieron a Karin. Su espina dorsal se convirtió en un sauce. Sus puños, apoyados en el regazo, eran como piedras.
– ¿Cuál te gusta más? -preguntó.
– ¿A quiénes te refieres?
– Ya sabes. ¿La ayudante o la camarera?
Él le sonrió y sacudió la cabeza, la encarnación de la inocencia evasiva.
Ella posó la mirada en la media distancia, su tez de un color cobrizo a juego con el cabello.
– ¿Preferirías estar en otra parte?
Él trató de sonreír, incluso en aquel momento.
– ¿Qué quieres decir?
Ella admiró su aplomo, por muy transparente que fuese el engaño. Le sonrió a su vez, lanzada del todo.
– Podrías pasártelo mejor en otro sitio, ¿verdad?
A él le hirieron estas palabras. Miró el plato, las rodajas de pepino diseminadas.
– Por favor, Karin, no… Creía que no haríamos esto nunca más.
– También yo lo creía.
Hasta que él había dudado.
– Mira, Karin, no sé qué… qué crees haber visto…
– ¿Creer? ¿Creer que he visto?
– Te lo juro, la idea no ha pasado por mi mente.
– ¿Qué idea?
Él inclinó de nuevo la cabeza, como una de esas criaturas fantásticas que adquieren más fuerza encogiéndose y encajando los golpes.
– Cualquier idea.
Karin aún podía hacer algo: tomárselo a risa, mostrarse adulta. Superarse a sí misma. O hundirse con él de nuevo en la peor de sus pesadillas. Se estremeció, con una sensación de vértigo.
– Ella misma es un lindo y pequeño pepino. «Fresco.» Y la chica que nos ha servido el agua también. Ambas deliciosas. Tu noche de suerte. Una rebaja: dos por el precio de una.
– No estaba comprando.
Él trató de mantener la mirada, pero el resplandor de tristeza que había en los ojos de ella también le afligió. Toda su historia.
La calma con que ella replicó era similar a la de su acompañante.
– ¿Solo mirabas escaparates?
Él alzó las palmas en el aire.
– No estaba mirando. ¿Qué he hecho? ¿Me he equivocado en algo? ¿He dicho algo que te ha dolido? Si es así, sinceramente…
– Está bien, Danny. Puedo aceptar el hecho de que los varones estéis genéticamente programados para la variedad. Cada hombre tiene que inspeccionar el género que hay en el mercado. Eso no me molesta. Tan solo deseo que… ¡no lo hagas!, por favor, ¡no! Quiero que lo admitas.
Él empujó su plato hacia delante y unió las manos ante su cara, como un orientador vocacional o un sacerdote. Apoyó la frente en las puntas de los dedos.
– Oye, lo siento. Lamento haber hecho lo que te ha irritado en este momento, sea lo que sea.
– ¿En este momento? No puedes decirlo, ¿verdad? No puedes decir que sencillamente te gustaban. Las dos. Ni siquiera quiero que lo lamentes. Estaría bien que admitieras por una vez que estabas imaginando…
Daniel echó la cabeza hacia atrás. Las palabras que dijo entonces eran de otra época de su vida, lo mismo que las de ella.
– Yo diría que, si eso es lo que estaba haciendo, ni siquiera la he visto. Ni siquiera puedo decirte qué aspecto tiene.
Ella sintió el peso de lo absurdo, la futilidad de todo intercambio. En realidad, a nadie le importaba cómo el mundo miraba a cualquier otra persona. Experimentaba una profunda necesidad de romper con todo lo que aparentara ser un vínculo. De vivir en aquella falsedad a la que la lealtad siempre conducía. El amor no era el antídoto del síndrome de Capgras, sino una forma del mismo, que creaba y rechazaba a los demás, al azar.
– ¿Ya te has olvidado? ¡Pues míralas otra vez!
Él habló entre dientes.
– No soy esa clase de hombre. Ya te lo dije ocho años atrás. Te lo dije hace cinco años, y entonces no me creíste. Pero cuando volviste te estaba esperando. Estoy contigo. Siempre lo he estado y siempre lo estaré. Contigo y con nadie más. No ando buscando. Ya he encontrado.
Extendió un brazo sobre la mesa para tomarle la mano. Ella retrocedió, dejó caer el tenedor y diseminó el tofu en el plato.
– ¿Conmigo? ¿Con los ojos siempre en todas partes? ¿A quién te refieres? -Miró a su alrededor, avergonzada de sí misma. Todos los demás clientes evitaban mirarlos. Se volvió hacia él y dijo alegremente-: Está bien, Daniel. No te estoy juzgando. Eres quien eres. Si al menos me reconocieras que…
Él retiró la mano.
– No deberíamos haber salido a cenar. Deberíamos haber recordado que siempre… -Ella arqueó las cejas ante la admisión. Él inhaló, tratando de recuperar su fragmentado dominio-. Algún día sabrás qué es lo que miro. Siempre. Confía en mí, K…
Parecía tan asustado que ella se sintió profundamente dolida. En aquel momento recordó el gran atractivo de Robert Karsh, un hombre sin la décima parte del idealismo de Daniel. De todos los hombres con los que ella había estado, Karsh tenía por lo menos la decencia de decir a qué mujeres miraba. No daba pie a las ilusiones. Por lo menos Karsh nunca se había engañado a sí mismo creyendo que pertenecía del todo a Karin. Karsh, que siempre estaba ojo avizor. Karsh, el implacable promotor inmobiliario.
Permanecieron sentados, removiendo la comida en sus platos, profundamente avergonzados. Decir más solo serviría para aclarar las cosas. Los clientes de las mesas vecinas devoraban su comida, pagaban y se marchaban. Ella ansiaba cambiar de tema, fingir que no había dicho nada. La duda formaba una pequeña costra sobre la herida, y Karin tiraba de ella. Solo quería arrancarlo todo, despejar el paisaje, huir a algún lugar desierto y auténtico. Pero no existía ningún lugar auténtico, solo un breve espejismo, seguido de una larga y humillante autojustificación. Ella volvería con aquel hombre a su celda monacal. Era su amante, su compañero. La última y eterna promesa de aquel año. Karin no tenía otra cama, otro lugar al que volver para seguir estando cerca de su hermano, el hermano del que probablemente no debería estar cerca.
– Lo siento -le dijo-. Creo que estoy perdiendo el control de mis emociones.
– No pasa nada -replicó él-. No importa.
Todo importaba. Volvió la camarera, aún sonriente pero cautelosa. Ahora todo el mundo los conocía.
– ¿Puedo retirar los platos o todavía no han acabado…?
Daniel alzó su plato a medio comer, desviando los ojos de la Medusa. El gesto solo sirvió para ratificar lo que Karin pensaba y aumentar la tristeza de la situación. Cuando la joven se marchó, él concentró toda la fuerza de su voluntad sobre Karin, desesperado por demostrarle una buena disposición que incluso ella debería admitir.