La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #3
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Sangre de la Virtud (La Espada de la Verdad)». Краткое содержание книги:
— La duquesa Lumholtz, que como todos sabéis muy pronto será coronada reina de Kelton, ha comprometido a su pueblo en la causa de la libertad y desea que todos seáis testigos de cómo firma los documentos de rendición.
— Richard —susurró ella, inclinándose ligeramente hacia él—, tengo que… mis abogados tienen primero que revisarlos… sólo para estar segura de que todo está claro y que no surgirán malentendidos.
Richard sonrió con gesto tranquilizador.
— Aunque estoy seguro de que están muy claros, me he anticipado a tu inquietud y me he tomado la libertad de invitarlos al acto de firma. —Con una mano señaló el otro extremo del estrado. Raina cogió a un hombre por el brazo y lo instó a subir los escalones—. Maese Sifold, ¿seríais tan amable de dar a vuestra futura reina vuestra opinión profesional?
El interpelado hizo una reverencia.
— Tal como lord Rahl dice, duquesa, los documentos están claros. No hay posibilidad de malentendidos.
Richard cogió de encima de la mesa un documento decorado con florituras.
— Con vuestra venia, duquesa, me gustaría leerlo ante todos los presentes, para que comprueben que Kelton desea inequívocamente unirse a nuestras fuerzas. De ese modo verán cuán valiente sois.
La duquesa alzó la cabeza con altivez ante los ojos de los representantes de los demás países.
— Hacedlo, lord Rahl, os lo ruego.
— Os pido un poco de paciencia —empezó diciendo Richard—, no es muy largo. —Sosteniendo el documento ante sí, leyó en voz alta—: «Que todos sepan que por el presente documento Kelton se rinde de manera incondicional a D’Hara. Firmado de propia mano, como líder debidamente designada del pueblo, duquesa Lumholtz».
Richard dejó de nuevo el documento sobre la mesa y mojó la pluma en un tintero antes de ofrecérsela a Cathryn. La mujer no se movió. Estaba lívida.
Temiendo que la duquesa se echara atrás, Richard no tuvo opción. Recurriendo a sus reservas de fortaleza, que sabía que más tarde iba a necesitar, acercó los labios al oído de la mujer soportando en silencio la agónica ansia que despertó en él la cálida fragancia de la piel femenina.
— Cathryn, una vez acabe la reunión, ¿te gustaría pasear conmigo, los dos solos sin nadie más? No puedo dejar de pensar en ti.
Las mejillas de la mujer recuperaron de pronto el color. Richard se temió que fuese a pasarle un brazo alrededor del cuello y dio gracias a los espíritus cuando no lo hizo.
— Pues claro, Richard —susurró ella, absolutamente radiante—. Yo tampoco puedo dejar de pensar en ti. Acabemos ya con esta mera formalidad.
— Haz que esté orgulloso de ti y de tu valor.
Richard pensó que la sonrisa de Cathryn iba a ruborizar a todos los presentes. Él, por su parte, notaba que las orejas le ardían por el inequívoco mensaje que transmitía.
La duquesa rozó la mano de Richard al tomar la pluma, y la sostuvo en alto.
— Firmo la rendición —declaró— con una pluma de paloma que simboliza que lo hago voluntariamente, en paz, y no como vencida. Lo hago por el amor que siento hacia mi pueblo y por la esperanza en el futuro. Esa esperanza es este hombre que tenéis delante: lord Rahl. En nombre de Kelton juro eterna venganza contra cualquiera de vosotros que trate de hacerle daño.
Dicho esto se inclinó y garabateó su amplia firma en el documento de rendición.
Antes de que se irguiera Richard le colocó delante más papeles.
— ¿Qué…?
— Son las cartas de las que hablamos, duquesa. Os he querido ahorrar la tediosa tarea de redactarlas vos misma, para así utilizar ese tiempo para mejores propósitos. Vuestros secretarios me han ayudado a redactarlas. Por favor, comprobadlas para aseguraros de que no me he apartado de la oferta que me hicisteis anoche.
»El teniente Harrington, de vuestra guardia de palacio, me proporcionó los nombres del general Baldwin, comandante de todos los ejércitos de Kelton, de los generales de división Cutter, Leiden, Nesbit, Bradford y Emerson, así como de algunos de los oficiales de la guardia. Debéis firmar una carta para cada uno de ellos en la que les ordenáis que entreguen el mando a mis oficiales d’haranianos. Algunos de los integrantes de vuestra guardia de palacio acompañarán a un destacamento de mis hombres junto con los nuevos oficiales.
»Gracias a la inapreciable colaboración de vuestro adjunto, maese Montleon, he redactado instrucciones dirigidas a vuestro ministro de finanzas, Pelletier; a maese Carlisle, vuestro subadministrador de planificación estratégica; a los gobernadores que controlan la comisión de comercio, Cameron, Truck, Spooner y Ashmore; así como a Levardson, Doudiet y Faulkingham del departamento de comercio.
»Naturalmente, vuestro coadjunto, Schaffer, ha preparado la lista de vuestros alcaldes. Para no olvidarnos de nadie y no ofender, ha contado con ayudantes para redactar una lista completa. Aquí están las cartas para todos ellos pero, como las instrucciones se repiten sólo cambiando el nombre del destinatario, solamente es preciso que reviséis una y firméis el resto. Nosotros nos ocuparemos de todo. Tengo soldados preparados para escoltar a los correos reales. Un hombre de vuestra guardia los acompañará para asegurarse de que no hay error posible. Y he convocado a todos los hombres de vuestra guardia para que sean testigos de la firma.
Richard tomó aire y se irguió, mientras Cathryn, aún con la pluma en el aire, observaba con un parpadeo todos aquellos documentos. Todos los ayudantes de la duquesa se habían acercado, orgullosos del trabajo realizado en tan poco tiempo.
— Espero que todo se haya hecho a tu gusto, Cathryn —le susurró Richard, inclinándose de nuevo hacia ella—. Ya sé que me dijiste que tú te ocuparías de todo pero no quería estar lejos de ti mientras trabajabas, por lo que me he levantado muy temprano y me he ocupado de todo. Espero que estés complacida.
La mujer echó un vistazo a algunas cartas y luego las apartó para mirar otras colocadas debajo.
— Sí… naturalmente.
— ¿Por qué no te sientas? —le sugirió Richard, acercándole una silla.
Cuando estuvo sentada y firmando los documentos, Richard apartó la espada y se sentó junto a ella, en la silla de la Madre Confesora. Mientras oía el sonido de la pluma al escribir, no apartaba los ojos de los congregados. Mantenía avivadas las llamas de la furia para no perder la concentración.
Entonces se volvió hacia los sonrientes oficiales keltas, situados detrás y a los lados de su silla, para felicitarlos.
— Esta mañana todos vosotros habéis rendido un valioso servicio, y estaría muy honrado si aceptarais conservar vuestros actuales rangos. Estoy seguro de que vuestros talentos me serían de gran ayuda para administrar a la creciente D’Hara.
Después de que todos inclinaran la cabeza y le dieran las gracias por su generosidad, fijó de nuevo su atención en el silencioso grupo que era testigo de la firma. Después de tantos meses estacionados en Aydindril los soldados d’haranianos, en especial los oficiales, habían aprendido mucho sobre el comercio en la Tierra Central. En los cuatro días que había pasado en su compañía buscando a Brogan Richard había aprendido de ellos todo lo que pudo, y a eso le añadió los conocimientos adquiridos esa misma mañana. Cuando supo qué preguntas formular, la señora Sanderholt había desplegado sus vastos conocimientos adquiridos durante años y años de preparar los platos de muy diversos países. La comida, según resultó, era una increíble fuente de conocimientos sobre los pueblos. Y a eso se añadía que la señora Sanderholt siempre mantenía los oídos bien abiertos.
— Algunos de los documentos que la duquesa está firmando son órdenes referidas al comercio —informó Richard a los representantes, mientras Cathryn seguía firmando—. Puesto que ahora Kelton forma parte de D’Hara, como es natural toda actividad comercial entre Kelton y aquellos de vosotros que aún no se hayan unido a D’Hara queda cancelada.