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La oscuridad de los sueños

Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:

McEvoy tiene los días contados como periodista de sucesos; sus momentos de gloria languidecen y su nombre se baraja en las listas de recortes previstos por Los Angeles Times. Sin embargo, guarda todavía un último cartucho: la redacción de la que pretende que sea la crónica criminal más impactante de su carrera.
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
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Me miró por encima de la pantalla.

– ¿Que vayamos a interrogarlo? Jack, no eres ningún agente y no eres policía. Eres un periodista.

– Ya no. Hoy me han sacado de allí los de seguridad con una caja de cartón. Como periodista, he terminado.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Es una larga historia que ya te contaré más tarde. Volviendo a Carver, ¿qué hacemos?

– No lo sé, Jack.

– Bueno, no puedes volver allí sin más y llevarle un cortado.

Me di cuenta de que uno de los clientes que se sentaba unas cuantas mesas más allá de Rachel dejó de mirar la pantalla de su ordenador para volver la cabeza hacia el techo, sonriente. Luego levantó el puño y enseñó el dedo corazón. Seguí su mirada hasta una de las vigas. Allí había una pequeña cámara negra, cuyo objetivo enfocaba la zona de las mesas del café. El chico se volvió y empezó a teclear en su ordenador.

Me levanté de un salto y dejé a Rachel para ir hasta él.

– ¡Oye! -dije señalando a la cámara-. ¿Qué es eso?

El chico arrugó la nariz ante mi estupidez y se encogió de hombros.

– Es una webcam, tío. Acabo de recibir un mensaje desde Ámsterdam de un pavo que dice que me ha visto.

De pronto lo vi claro. El recibo: «Wi-Fi gratis con cada consumición. Visítanos en nuestra web». Me volví y miré a Rachel. El ordenador, con una fotografía a pantalla completa de un espantapájaros, estaba orientado hacia la cámara. Alcé la vista para mirar al objetivo. No sé si fue alguna premonición o un conocimiento cierto, pero supe que estaba mirando a Carver.

– ¿Rachel? -dije, sin dejar de mirar a la cámara-. ¿Le dijiste adónde ibas a por los cafés?

– Sí -respondió ella por detrás de mí-. Le dije que iba al final de la calle.

Eso lo confirmaba. Volví a la mesa, recogí el ordenador y lo cerré.

– Nos ha estado observando -dije-. Tenemos que salir de aquí.

Corrí hacia la salida del café y ella me siguió.

– Yo conduzco -dijo.

Rachel maniobró con su coche de alquiler por la entrada exterior y aceleró hacia la puerta delantera de Western Data. Conducía con una mano mientras con la otra manejaba el móvil. Metió la transmisión en posición de estacionamiento y salimos.

– Algo va mal -dijo-. Ninguno de los dos responde.

Rachel usó una tarjeta llave para abrir la puerta exterior y entramos en Western Data. La mesa de recepción estaba vacía y fuimos rápidamente a la siguiente puerta. Al entrar en el pasillo interno, ella se sacó la pistola de la funda que tenía sujeta a la cintura, bajo la chaqueta.

– No sé qué ocurre, pero sigue aquí -dijo.

– ¿Carver? -pregunté-. ¿Cómo lo sabes?

– He salido con él a comer. Su coche sigue ahí fuera. El Lexus plateado.

Bajamos por la escalera al octágono y nos acercamos a la puerta de seguridad que conducía al búnker. Rachel dudó antes de abrir la puerta.

– ¿Qué pasa? -susurré.

– Sabrá que vamos a entrar. Quédate detrás de mí.

Levantó el arma y los dos entramos juntos y nos desplazamos rápidamente hasta la segunda puerta. Al franquear esta, encontramos la sala de control vacía.

– Aquí pasa algo -dijo Rachel-. ¿Dónde está todo el mundo? Se supone que debería estar abierta. -Señaló hacia la puerta de cristal que conducía a la sala de servidores.

Estaba cerrada. Examiné la sala de control y vi que la puerta del despacho privado de Carver estaba entornada. Me acerqué y la empujé para abrirla del todo.

El despacho se encontraba vacío. Entré y fui hacia la mesa de trabajo de Carver. Puse un dedo en la alfombrilla táctil y las dos pantallas se encendieron. En la principal vi una imagen grabada desde el techo del café en el que acababa de informar a Rachel de que Carver era el Sudes.

– ¿Rachel? -Entró y yo señalé la pantalla-. Estaba vigilándonos.

Rachel volvió a la sala de control y yo la seguí. Se acercó a la estación de trabajo central, dejó el arma sobre la mesa y empezó a trabajar con el teclado y la alfombrilla. Los dos monitores se encendieron y pronto mostraron una pantalla múltiple dividida en treinta y dos vistas de cámara interiores del complejo. Pero todos los cuadrados estaban en negro. Empezó a abrir diversas pantallas, pero siempre con idéntico resultado: todas las cámaras parecían apagadas.

– ¡Las ha anulado todas! -dijo Rachel-. ¿Qué…?

– ¡Espera! ¡Mira ahí!

Señalé hacia un ángulo de cámara rodeado por varios cuadrados negros. Rachel manipuló la alfombrilla e hizo que la imagen llenara la pantalla entera.

La imagen mostraba un pasillo entre dos filas de torres de servidores de la granja. En el suelo, bocabajo, había dos personas con las muñecas esposadas a la espalda y los tobillos atados con bridas.

Rachel cogió el pie del micrófono que había sobre la mesa, apretó el botón y casi chilló.

– ¡George! ¡Sarah! ¿Podéis oírme?

El sonido de la voz de Rachel hizo que las figuras de la pantalla se revolvieran y el hombre levantó la cabeza. Me pareció que había sangre en su camisa blanca.

– ¿Rachel? -dijo, con una voz que sonó débil a través del micrófono del techo-. Te oigo.

– ¿Dónde está? ¿Dónde está Carver, George?

– No lo sé. Hace un momento estaba aquí. Acaba de traernos.

– ¿Qué ha ocurrido?

– Cuando te has ido se ha metido en su despacho. Ha estado allí un rato y en cuanto ha salido ha venido a por nosotros.

Ha cogido la pistola de mi cartera. Nos ha traído hasta aquí y nos ha obligado a tirarnos al suelo. He intentado hablar con él, pero no atendía a razones.

– Sarah, ¿dónde está tu arma?

– También la tiene él -gritó Mowry-. Lo siento, Rachel. No lo vimos venir.

– No es culpa tuya, es culpa mía. Vamos a sacaros de ahí.

Rachel soltó el micrófono y rápidamente rodeó la estación de trabajo, llevando consigo el arma. Fue hacia el lector biométrico y puso la mano en el escáner.

– Puede estar ahí dentro, esperando -la previne.

– Ya lo sé, pero ¿qué vamos a hacer? ¿Dejarlos ahí tirados?

El mecanismo completó el barrido y Rachel asió el tirador para deslizar la puerta y abrirla. Pero no se movió. El escáner de su mano había sido rechazado.

Rachel miró la máquina.

– No tiene sentido. Ayer se introdujo mi perfil.

Puso la mano en el escáner y reinició el procedimiento.

– ¿Quién lo introdujo? -pregunté.

Ella me miró y no tuve que repetir la pregunta para saber que había sido Carver.

– ¿Quién más puede abrir esta puerta? -pregunté.

– Nadie que esté a este lado. Éramos Mowry, Torres y yo.

– ¿Y el resto de los empleados?

Se apartó del escáner e intentó accionar la puerta de nuevo. No se movió.

– Arriba está el personal mínimo, pero ninguno tiene autorización para la granja. ¡Nos ha jodido! ¡No podemos…!

– ¡Rachel!

Señalé la pantalla. Carver había entrado de pronto en el encuadre de la única cámara en funcionamiento de la sala de servidores. Estaba de pie delante de los dos agentes tendidos en el suelo, con las manos en los bolsillos de su bata de laboratorio y mirando directamente a la cámara.

Rachel acudió enseguida a ver la pantalla.

– ¿Qué está haciendo? -preguntó.

No tuve que responder, porque estaba claro que Carver sacaba del bolsillo un paquete de cigarrillos y un mechero. En uno de esos momentos en que la mente proporciona información inútil, pensé que probablemente se trataba de los cigarrillos que faltaban en la caja de pertenencias de Freddy Stone/ Marc Courier. Mientras lo observábamos, Carver extrajo con parsimonia un cigarrillo del paquete y se lo puso en la boca.

Rachel enseguida cogió el micrófono.

– ¿Wesley? ¿Qué ocurre?

Carver estaba levantando el encendedor hacia el extremo del cigarrillo, pero se detuvo cuando oyó la pregunta. Miró hacia la cámara.

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