La oscuridad de los sueños
- Автор: Коннелли Майкл
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
Después de colgar el teléfono, fui a mi ordenador y miré en la cesta de Local si los artículos de Larry Bernard estaban en la previsión del día. Tal como esperaba, la previsión del día estaba coronada por un pack de tres artículos sobre el caso.
ASESINO EN SERIE Un hombre sospechoso de ser un asesino en serie que había participado en las muertes de por lo menos siete mujeres, entre ellas una periodista del Times, murió el martes por la noche en Mesa, Arizona, cuando una confrontación con otro periodista de este mismo diario terminó con su caída desde el piso trece por el hueco de la escalera de un hotel. Marc Courier, de 26 años y nacido en Chicago, fue identificado como uno de los dos hombres sospechosos en una sucesión de raptos, violaciones y asesinatos de mujeres en por lo menos dos estados. El otro sospechoso fue identificado por el FBI como Declan Mc Ginnis, de 46 años y también de Mesa. Según los agentes, Mc Ginnis era el director ejecutivo de una empresa de almacenamiento de datos y las víctimas se escogían de entre los archivos guardados por bufetes de abogados. Courier trabajaba para Mc Ginnis en Western Data Consultants y tenía acceso directo a los archivos en cuestión. Aunque Courier se atribuyó ante el periodista del Times el asesinato de Mc Ginnis, el FBI desconoce el paradero de este. 1200 palabras / con retrato de ficha policial de Courier.
BERNARD
ASESINO EN SERIE. DESPIECE. En una lucha a vida o muerte, Jack Mc Evoy, periodista del Times se enfrentó con Marc Courier, quien iba armado con un cuchillo, en el piso superior del Mesa Verde Inn. El periodista logró distraerle con las armas propias de su trabajo: las palabras. Cuando el sospechoso de asesinatos en serie bajó la guardia, Mc Evoy aprovechó la ocasión y Courier murió al caer por el hueco de la escalera. Según las autoridades, el sospechoso deja tras de sí más preguntas que respuestas. 450 palabras / con foto.
BERNARD
DATOS. Los llaman búnkeres y granjas. Están situados en praderas y desiertos. Son tan anodinos como los almacenes de los polígonos industriales de todas las ciudades del país. De los centros de archivo de datos se dice que son seguros, económicos y fiables. Almacenan archivos digitales vitales que uno tiene al alcance de la yema del dedo, no importa dónde se encuentre su negocio. Sin embargo, la investigación de esta semana sobre cómo dos hombres utilizaban los archivos para escoger, acechar y atormentar a mujeres está planteando preguntas sobre una industria que ha crecido de manera espectacular en los últimos años. Según las autoridades, la clave no está en dónde ni cómo hay que guardar la información digital, la cuestión es saber quién cuida de ella. Por lo que el Times ha podido averiguar, muchas empresas de almacenamiento contratan a los mejores y más brillantes para salvaguardar sus datos. El problema es que a veces estos son antiguos delincuentes. El caso del sospechoso Marc Courier es una muestra. 650 palabras / con foto.
GOMEZ-GONZMART
Volvían a salir a lo grande. Los artículos sobre la noticia coparían la portada y el diario se convertiría en la fuente autorizada sobre el caso. Los demás medios de comunicación iban a tener que citar al Times o iban a tener que luchar para igualarlo. Iba a ser un buen día para el Times. Los redactores ya podían empezar a pensar en un Pulitzer.
Cerré la pantalla y pensé en el artículo de despiece que Larry iba a escribir. Tenía razón: había más preguntas que respuestas.
Abrí un nuevo documento y escribí lo mejor que pude el intercambio exacto de palabras que había tenido con Courier. No me llevó más de cinco minutos, pero es que realmente no había mucho que decir.
YO. ¿Dónde está Mc Ginnis? ¿Te ha enviado para que hagas el trabajo sucio? ¿Como en Nevada?
Sin respuesta.
YO. ¿Te dice lo que tienes que hacer? Es tu mentor en el asesinato y el amo no va a estar demasiado contento con el discípulo esta noche. ¡Vamos cero a dos!
ÉL. ¡Mc Ginnis está muerto, imbécil! Lo enterré en el desierto. Iba a hacer lo mismo con tu puta después de terminar con ella.
YO. ¿Por qué no te has largado? ¿Por qué arriesgarlo todo yendo a por ella?
Sin respuesta.
Cuando acabé lo leí un par de veces e hice un par de correcciones y adiciones. Larry tenía razón. Todo giraba alrededor de la última pregunta. Courier había estado a punto de responder, pero yo había aprovechado la distracción para sorprenderle con la guardia baja. No lo lamentaba. Esa distracción me había salvado la vida. Pero desde luego que me habría gustado tener una respuesta a la pregunta que había formulado.
A la mañana siguiente el Times se deleitaba de ser el centro de las noticias a escala nacional, y yo iba subido a aquel tren. No había escrito ninguno de los artículos que tanto revuelo causaban en todo el país, pero era el protagonista de dos de ellos. El teléfono no paraba de sonar y el correo electrónico estaba desbordado desde muy pronto.
Sin embargo, no contesté a las llamadas ni a los mensajes. Yo no me estaba deleitando: estaba pensando. Había pasado la noche dándole vueltas a la pregunta que le había hecho a Marc Courier y que él no había respondido. No importaba cómo lo planteara: los detalles no encajaban. ¿Qué hacía Courier allí en ese momento? ¿Cuál podía ser la gran recompensa para un riesgo como ese? ¿Era Rachel? El rapto y asesinato de una agente federal seguramente habría puesto a Mc Ginnis y Courier en lo alto del panteón de asesinos de leyenda y popularizarían sus nombres. Ahora bien, ¿era eso lo que buscaban? No había ningún indicio de que esos dos hombres estuvieran interesados en recabar la atención pública. Habían planificado y camuflado sus asesinatos con extrema meticulosidad. El intento de raptar a Rachel no encajaba con la historia precedente. Y por lo tanto, tenía que haber otra razón.
Empecé a contemplarlo desde otro ángulo. Pensé en lo que habría ocurrido si realmente yo hubiera ido a Los Ángeles y Courier hubiera tenido éxito en su intento de hacerse con Rachel y sacarla del hotel.
A mi entender, muy probablemente el rapto se habría descubierto poco después de que se produjera, cuando el camarero del servicio de habitaciones no regresara a la cocina. Calculé que en una hora el hotel se habría convertido en un enjambre de actividad. El FBI habría invadido el Mesa Verde Inn y toda el área circundante, habría llamado a todas las puertas y no habría dejado piedra sin levantar en el intento de encontrar y rescatar a una de los suyos. Pero para entonces Courier ya se habría ido.
Estaba claro que el rapto habría provocado la intervención del FBI, lo cual habría representado una enorme distracción en las investigaciones sobre Mc Ginnis y Courier. Pero también estaba claro que eso no iba a ser más que un cambio temporal. Antes del mediodía siguiente aterrizarían aviones cargados de agentes, en una demostración federal de poder y determinación. Eso les habría permitido superar cualquier distracción y poner todavía más presión en las investigaciones, al tiempo que mantendrían un esfuerzo extenuante por encontrar a Rachel.
Cuanto más pensaba en el asunto, más deseaba haberle dado a Courier la oportunidad de responder a la última pregunta: ¿Por qué no te has largado?
No tenía la respuesta y ya era demasiado tarde para obtenerla directamente de la fuente. De manera que permanecí dándole vueltas en la cabeza hasta que ya no hubo más que pensar.
– ¿Jack?
Miré por encima de la mampara de mi cubículo y vi a Molly Robards, la secretaria del director ejecutivo.