La oscuridad de los sueños
- Автор: Коннелли Майкл
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
– Todo eso suena estupendo -dijo ella-. Realmente vamos a echarte mucho de menos por aquí. Eres uno de los mejores.
No me gustan demasiado los cumplidos como ese. Soy un cínico, y siempre busco la causa. Si de verdad era tan bueno, ¿por qué me habían puesto en la lista treinta? La respuesta era que era bueno pero no tanto, y que ella hablaba por hablar. Miré hacia un lado, como hago cuando alguien me miente a la cara, y otra vez vi imágenes pegadas a la pared.
Fue entonces cuando lo vi. Era algo que se me había escapado hasta entonces, pero en ese momento no. Me incliné hacia delante para poder verlo mejor y luego me levanté y me incliné por encima de su despacho.
– Jack, ¿qué…?
Señalé la pared.
– ¿Puedo ver eso? El fotograma de El Mago de Oz.
Fowler se levantó, la desprendió de la pared y me la dio.
– Es una broma de un amigo -dijo-. Soy de Kansas.
– Ya lo pillo -dije yo.
Estudié la fotografía, concentrándome en el Espantapájaros. Era una copia demasiado pequeña para que pudiera estar completamente seguro.
– ¿Puedo hacer una búsqueda rápida en tu ordenador? -pregunté.
Ya estaba a su lado, frente a la pantalla y el teclado, antes de que ella pudiera contestar.
– Eh, sí, claro. ¿Qué…?
– Todavía no estoy seguro.
Fowler se levantó y me dejó el asiento libre. Me senté, miré a su pantalla y abrí Google. Aquel trasto iba despacio.
– ¡Venga, venga!
– Jack, ¿qué buscas?
– Déjame un momento, es que…
La pantalla de búsqueda finalmente apareció y seleccioné la búsqueda de imágenes de Google. Tecleé «espantapájaros».
La pantalla pronto se llenó con dieciséis pequeñas imágenes de espantapájaros. Había fotografías del adorable personaje de la película El mago de Oz y viñetas en color de los libros de Batman con un villano que también se llamaba así. Vi también otras fotografías y dibujos de espantapájaros de libros, películas y catálogos de disfraces de Halloween. Iban desde el personaje bondadoso y simpático hasta algo horrible y amenazador. Algunos tenían ojos y sonrisas alegres, mientras que otros tenían los ojos y la boca cosidos.
Pasé un par de minutos cliqueando en cada foto para ampliarla. Las estudié y, dieciséis de dieciséis, todas tenían una cosa en común: en la construcción de todos y cada uno de los espantapájaros se incluía una bolsa de arpillera colocada sobre la cabeza para formar una cara. Todas estaban sujetas alrededor del cuello con una cuerda; a veces una soga gruesa y otras una cuerda de tender la ropa. Pero eso no importaba: la imagen era consistente y coincidía con lo que había visto en los archivos que había reunido, así como en la imagen imborrable que tenía de Angela Cook.
Comprendí que en los asesinatos se había utilizado una bolsa de plástico transparente para crear el rostro del espantapájaros. No era arpillera, pero esta inconsistencia con la imaginería establecida no importaba. Una bolsa por encima de la cabeza y una cuerda alrededor del cuello eran lo que se utilizaba para crear la misma imagen.
Abrí la siguiente pantalla de imágenes. La misma construcción otra vez. En este caso las imágenes eran más antiguas, y algunas se remontaban un siglo, hasta las ilustraciones originales del libro El maravilloso mago de Oz. Y entonces lo vi: las ilustraciones se atribuían a William Wallace Denslow. Willian Denslow como en Bill Denslow, como en Denslow Data.
No me cabía ninguna duda: había encontrado la firma. La firma secreta que Rachel me había dicho que estaría ahí.
Apagué la pantalla y me levanté.
– Tengo que irme.
Rodeé la mesa y recogí la mochila del suelo.
– ¿Jack? -preguntó Fowler.
Me dirigí hacia la puerta.
– Ha sido agradable trabajar contigo, Dorothy.
El avión aterrizó con dureza en la pista del Sky Harbor, pero apenas reparé en ello. Me había acostumbrado tanto a volar en las últimas dos semanas que ni siquiera me había preocupado ya de mirar por la ventana para acompañar físicamente al avión hacia un aterrizaje seguro.
Todavía no había llamado a Rachel. Primero quería llegar a Arizona: ocurriera lo que ocurriese, mi información incluía mi participación. Técnicamente ya no era periodista, pero seguía protegiendo mi historia.
Ese margen de tiempo también me permitió reflexionar más sobre lo que tenía y preparar una estrategia. Después de alquilar un coche y conducir hasta Mesa, me metí en el aparcamiento de una tienda abierta veinticuatro horas y entré a comprar un teléfono prepago. Sabía que Rachel estaba trabajando en el búnker de Western Data. Cuando la llamara, no quería que viera mi nombre identificado en la pantalla y que lo pronunciara delante de Carver.
Llamé cuando por fin estuve preparado y de nuevo en el coche y ella respondió después de cinco tonos.
– Hola, habla la agente Walling.
– Soy yo. No digas mi nombre.
Hubo una pausa antes de que continuara.
– ¿En qué puedo ayudarle?
– ¿Estás con Carver?
– Sí.
– Bien, yo estoy en Mesa, a unos diez minutos de ahí. Necesito encontrarme contigo sin que nadie más de ahí dentro lo sepa.
– Lo siento, no creo que sea posible. ¿De qué se trata?
Por lo menos me seguía la corriente.
– No te lo puedo decir. Tengo que enseñártelo. ¿Has comido ya?
– Sí.
– Bueno, pues diles que necesitas un cortado o algo que no tengan en sus máquinas. Nos encontramos en el Hightower Grounds en diez minutos. Pregúntales si alguien más quiere un cortado, si no te queda más remedio. Arréglatelas y sal de ahí y ven a reunirte conmigo. No quiero acercarme a Western Data para nada por las cámaras que hay por todas partes.
– ¿Y no puede decirme ni aproximadamente de qué se trata?
– Es sobre Carver, así que no hagas preguntas como la que acabas de hacer. Limítate a buscar una excusa y ven a encontrarte conmigo. No le digas a nadie que estoy aquí ni qué estás haciendo.
No respondió y eso me puso nervioso.
– Rachel, ¿vienes o no?
– De acuerdo -dijo por fin-. Lo hablamos entonces.
Colgó.
Cinco minutos más tarde estaba en el Hightower Grounds. Sin duda, el lugar recibía su nombre de la vieja torre de observación del desierto que se elevaba detrás. Parecía como si estuviera en desuso en aquel momento, pero por encima la engalanaban los repetidores para móviles y las antenas.
Entré y descubrí que el local estaba casi vacío. Un par de clientes que parecían estudiantes de instituto estaban sentados a solas con portátiles abiertos frente a ellos. Fui a la barra a pedir dos tazas de café y luego puse mi ordenador sobre una mesa situada en un rincón, lejos de los otros clientes.
Después de recoger las dos tazas que había pedido, me serví generosamente leche y azúcar y volví a mi mesa. A través de la ventana controlé el aparcamiento, pero no vi rastro alguno de Rachel. Me senté, tomé un sorbo de café humeante y luego me conecté a Internet a través del Wi-Fi gratuito del establecimiento.
Pasaron cinco minutos. Comprobé los mensajes y pensé en lo que iba a decirle a Rachel si aparecía. Tenía la página de espantapájaros en la pantalla y estaba listo para arrancar. Me incliné para leer el recibo del café.
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Hice una bola con el papel y traté de encestarlo en una papelera. Fallé. Después de levantarme y meterla de rebote abrí mi móvil y estaba a punto de volver a llamar a Rachel cuando finalmente vi que se metía en el aparcamiento. Al entrar en el local, me vio y se dirigió directamente a mi mesa. Llevaba una nota en la mano con las peticiones de café de sus compañeros.