La oscuridad de los sueños
- Автор: Коннелли Майкл
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
– De acuerdo, Rachel. Creo que voy a subir a recoger mis cosas y luego me iré al aeropuerto.
– Muy bien, Jack. Te llamaré. Lo prometo.
Me gustaba que lo hubiera prometido sin que tuviera que pedírselo. La miré un momento, con el deseo de hacer un movimiento para tocarla, para abrazarla. Ella pareció leer mis sentimientos y tomó la iniciativa para fundirse conmigo en un abrazo.
– Me has salvado la vida esta noche, Jack. ¿Crees que vas a escaparte solamente con un apretón de manos?
– Tenía la esperanza de que hubiera algo más.
Le di un beso en la mejilla, evitando sus labios magullados. A ninguno de los dos nos preocupaba si el agente Bantam, o cualquier otra persona al otro lado de los vidrios opacos de la unidad móvil del FBI, estaba mirando.
Pasó casi un minuto antes de que Rachel y yo nos separáramos. Me miró a los ojos y asintió.
– ¡Ve a escribir ese artículo, Jack!
– Lo haré… Si me dejan.
Me volví y caminé hacia el hotel.
Todos los ojos estaban puestos en mí cuando entré en la redacción. La noticia de que había matado a un hombre la noche anterior se había extendido con la misma rapidez que un viento de Santa Ana. Muchos quizá pensaban que había vengado a Angela Cook. Otros opinarían que era algún obseso del peligro que se exponía en busca de sensaciones.
Al acercarme a mi cubículo, oí el timbre de mi teléfono y en cuanto entré vi que la luz de los mensajes estaba encendida. Dejé mi mochila en el suelo y decidí que ya me pondría al corriente de todas las llamadas y mensajes más tarde. Eran casi las once, así que me acerqué a la Balsa para ver si Prendo había llegado. Quería terminar con esa parte. Si iba a tener que darle mi información a otro periodista, quería empezar a soltarla enseguida.
Prendo no estaba, pero Dorothy Fowler se hallaba sentada a la cabeza de la Balsa. Miró por encima de su pantalla, me vio y se quedó atónita.
– Jack, ¿cómo estás?
Me encogí de hombros.
– Bien, creo. ¿Cuándo viene Prendo?
– Probablemente no llegue hasta la una. ¿Te ves con ánimo de trabajar hoy?
– ¿Quieres decir si me siento mal por el chico que cayó por el hueco de la escalera anoche? No, Dorothy, eso lo llevo bien. Me encuentro bien. Como dicen los policías, NHI: ningún humano involucrado. Ese tipo era un asesino al que le gustaba torturar a las mujeres mientras las violaba y las asfixiaba. No me siento tan mal con lo que le pasó. De hecho, casi lamento que no estuviera consciente durante toda la caída.
– Bueno. Creo que lo entiendo.
– Lo único que me incomoda ahora mismo es que supongo que no voy a escribir ese artículo. ¿Voy a escribirlo?
Fowler arrugó el ceño y negó con la cabeza.
– Me temo que no, Jack.
– Déjà-vu una y otra vez.
Me miró entornando los ojos, como si considerara si me daba cuenta o no de la necedad que acababa de decir.
– Es una cita. ¿Te suena Yogi Berra, el jugador de béisbol?
No, no lo pillaba. Podía sentir los ojos y los oídos de toda la redacción pendientes de nosotros.
– Da igual. ¿A quién quieres que le pase información? El FBI me ha confirmado que había dos asesinos y que han encontrado vídeos suyos con diversas víctimas. Al menos seis, además de Angela. Van a anunciarlo en una conferencia de prensa, pero tengo un montón de material que no van a hacer público. Esto será sonado.
– Es lo que quería oír. Te voy a poner con Larry Bernard otra vez. ¿Tienes tus notas? ¿Estás listo?
– Estaré listo cuando lo esté él.
– De acuerdo, deja que llame y reserve la sala de reuniones para que podáis trabajar.
Pasé las siguientes dos horas contándole a Larry Bernard todo lo que sabía: le entregué mis notas y le expliqué lo que recordaba de mis propias acciones. A continuación, Larry me entrevistó para confeccionar otro artículo sobre mi lucha cuerpo a cuerpo con el asesino en serie.
– Lástima que no le dejaras contestar esa última pregunta -dijo.
– ¿De qué estás hablando?
– Al final, cuando le preguntaste por qué no se había largado en lugar de ir a por Walling, esa es la pregunta esencial, ¿no crees? ¿Por qué no huyó? Fue a por ella, y eso no tiene demasiado sentido. Estaba hablando contigo, pero dices que le pegaste con la lámpara antes de que contestara eso.
No me gustó la pregunta. Era como si se mostrara suspicaz sobre la veracidad de lo que decía o sobre lo que había hecho.
– Mira, era una pelea a cuchillo pero yo no llevaba cuchillo. No le estaba entrevistando, lo que quería era distraerlo. Si pensaba en mis preguntas, no pensaría en rajarme el cuello. Funcionó. Cuando vi una oportunidad, la aproveché. Me impuse, tuve suerte, y por eso estoy vivo y él no.
Larry se inclinó sobre la mesa y comprobó su grabadora para asegurarse de que seguía funcionando.
– Eso ha sido una buena cita -dijo.
Había ejercido como periodista durante más de veinte años y acababa de picar en el anzuelo que mi propio amigo y compañero me había lanzado.
– Me gustaría tomarme un descanso. ¿Cuánto más necesitas?
– De hecho creo que ya tengo bastante -dijo Larry, sin rastro alguno de disculpa en el tono: trabajo y nada más que trabajo-. Tomémonos un descanso y yo le daré un repaso a las anotaciones para asegurarme. ¿Por qué no llamas a la agente Walling para saber si ha surgido algo nuevo en las últimas horas?
– Me habría llamado.
– ¿Estás seguro?
Me levanté.
– Sí, estoy seguro. Oye, deja ya de provocarme, Larry, que no nací ayer.
Levantó las manos en señal de rendición. Pero sonreía.
– Vale, vale, tómate ese descanso. De todos modos tengo que escribir un par de frases de previsión.
Abandoné la sala de reuniones y volví a mi cubículo. Levanté el auricular y escuché los mensajes. Tenía diez, la mayoría de otros medios que querían que hiciera algún comentario para sus artículos. El productor de la CNN al que había salvado de la cólera de los censores evitando la entrevista a Alonzo Winslow me había dejado un mensaje para decirme que quería que volviera a salir para informar de los últimos acontecimientos.
Ya resolvería todas esas peticiones al día siguiente, después de que la historia fuera una exclusiva del Times. Estaba siendo leal hasta el final, aunque no sabía muy bien por qué.
El último mensaje era de mi largamente desaparecido agente literario. No había tenido noticias suyas en más de un año, y solamente había sido para decirme que no había conseguido vender mi última propuesta de libro: un año en la vida de un detective de Casos Abiertos. En su mensaje me informaba de que ya estaba recibiendo ofertas para un libro sobre el caso de los cadáveres en el maletero. Preguntaba si en los medios ya se le había puesto un nombre al asesino. Decía que uno con gancho haría que el libro fuera más fácil de promocionar, distribuir y vender. Quería que yo me lo pensara, decía, y que esperara tranquilo mientras él tomaba las riendas de la negociación.
Mi agente se había quedado atrás, y todavía no sabía que había dos asesinos, no uno. Pero el mensaje hizo desaparecer cualquier frustración que sintiera por no poder escribir el artículo del día. Sentí la tentación de llamarlo, pero decidí esperar hasta recibir noticias más significativas por su parte. Urdí un plan para decirle que solamente aceptaría un acuerdo con un editor que prometiera también publicar mi primera novela. Si tanto deseaban el relato de no ficción, seguro que aceptarían el trato.