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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– Pero saben tan poco sobre ellos, y tienen…

– ¿Tiene usted alguna idea sobre si se sienten atados a las fechas?

– ¡Sí! -Inger Johanne casi gritó-. Llamé a mi… -Se contuvo, ya tenía suficientes problemas de credibilidad como para aumentarlos haciendo referencia a una amiga-. Llamé a la abogada Winslow en APLC -se corrigió-. Esa oficina de la que le hablé.

Era cierto. Camino de la Central de Policía, Inger Johanne sintió la necesidad de hacerse con más argumentos para su magra historia y llamó a Karin a los Estados Unidos. En cuanto su amiga respondió la llamada, Inger Johanne comprendió que todavía era de noche en Alabama. No tenía ninguna importancia, le aseguró Karin, puesto que ella todavía tenía los horarios desfasados.

– Como dije, los que descubrieron el origen del nombre The 25'ers son especialistas en numerología. Por supuesto que tuvieron algo de donde partir. Algo en torno de lo que pudieron teorizar. Los seis asesinatos que por el momento se relacionan con esta organización se realizaron el 19, el 24 o el 27. Eso me dijo la abogada Winslow. -Se secó bajo la nariz y agregó, con cierto embarazo-: Ahora. Durante la mañana.

Silje Sørensen caminó nuevamente hasta el escritorio. Abrió el cajón. Miró dentro de él.

De pronto se sentó. El cajón continuó abierto.

– Si usted hubiese venido hace una semana -dijo-, la hubiese despedido amablemente después de cinco minutos. Si no lo he hecho ahora, es porque… -Se miraron. Inger Johanne se mordió los labios-. No sé si es muy correcto que yo le diga esto -dudó Silje sin apartar su mirada de la de ella-. Usted no tiene ninguna relación con la Policía. Formalmente, quiero decir.

Inger Johanne guardó silencio.

– Por otro lado, supongo que usted tiene mayor o menor consentimiento de las autoridades relevantes en relación con esta investigación suya. Imagino que obtuvo una autorización para acceder a nuestros casos penales, por lo menos a aquellos sobre los que sospechamos que se vinculan con crímenes de odio.

Inger Johanne abrió la boca para protestar. Silje levantó la mano en un gesto de desaprobación.

– ¡«Imagino», he dicho! No tengo pensado preguntárselo. Simplemente le cuento lo que imagino. Así puedo mostrarle esto.

Sacó del cajón abierto una hoja. Todavía sentada, la observó por un momento antes de pasársela por encima del escritorio, repleto pero bien ordenado.

Ella la cogió y se puso bien las gafas.

La hoja tenía tres nombres y tres fechas.

Reconozco el nombre de Marianne Kleive -dijo ella-. Pero de estos otros dos no tengo ni idea…

– Runar Hansen -la interrumpió Silje-. Muerto a golpes en el parque Sofienberg el 19 de noviembre. Hawre Ghani. Solicitante de asilo menor de edad que…

– El parque Sofienberg -interrumpió Inger Johanne-. ¿Lado este u oeste?

– Este -dijo Silje con una sonrisa casi imperceptible-. Y de Hawre Ghani…, es probable que usted haya oído hablar de un cadáver que rescatamos de la bahía el último domingo de Adviento.

Inger Johanne tenía la boca seca. Buscó con la mirada algo para beber, pero una capa marrón y sólida en la taza era lo único que quedaba del cacao.

– Era -dijo Silje, y tomó aliento en un gesto artificial-, entre otras cosas, un prostituto.

– Tengo que beber algo -soltó Inger Johanne.

– No sabemos exactamente cuándo lo mataron, pero todo parece indicar que fue el 24 de noviembre. En esa fecha tenemos una observación de seguridad, después de la cual desapareció con un cliente. La fecha coincide con el cálculo de los forenses.

– Tengo que ir al baño -dijo Inger Johanne-. Simplemente tengo que beber algo.

– Tenga -dijo Silje, que cogió una botella de Farris de un armario que estaba a su espalda-. Me imagino que esto debe estar causándole cierta impresión. Fue más rápido para usted sumar dos más dos de lo que lo fue para nosotros. Todo esto tiene que…

– Les falta un asesinato el 27 de noviembre -dijo Inger Johanne.

Sentía cada vez más calor. La tapa de la botella no quería abrirse.

– Todo esto puede ser una mera coincidencia -continuó ella, que se dio cuenta de que su voz casi chillaba.

– Eso no se lo cree ni siquiera usted. Y se equivoca. No nos falta ningún asesinato el 27 de noviembre. Cuando el último martes mi colega y yo vimos un punto común llamativo entre los tres casos sobre los que tengo responsabilidad…

Se inclinó enérgica sobre el escritorio y gesticuló con los dedos señalando la botella. Inger Johanne se la entregó y con un giro decidido Silje quitó la tapa. Se la entregó nuevamente y continuó:

– Es bastante lamentable que un inspector sea responsable de tres casos. De hecho yo tenía cuatro, pero el último está ahora en manos de un colega. Yo no había avanzado mucho antes de entregarlo. Se trata del sabotaje sospechoso de un automóvil. Se salió del camino en Maridalen, y como nadie respeta el límite de velocidad en esa ruta tan peligrosa, el conductor se mató. Al principio, el caso se manejó como un accidente de tráfico normal y corriente. Después se descubrió que los frenos podían haber sido… alterados a propósito. Esto yo lo sabía de antes, pero lo que no me imaginaba era que la víctima, una sueca de nombre Sophie Erklund, convivía con Katie Rasmussen.

Inger Johanne precisó unos segundos. Ya se había bebido la mitad de su botella de Farris.

– Una representante del Parlamento -dijo finalmente-. La portavoz homosexual del Partido Popular. La portavoz, creo que prefiere ella.

– ¿Cree usted que… el sabotaje estaba dirigido a ella? ¿Su… pareja murió por equivocación?

– Ni sé ni creo nada. Solamente le digo que esta absurda teoría suya parece demasiado lógica como para quedarme aquí sentada y desecharla.

– Pero puede, por supuesto, tratarse de alguna otra cosa -dijo Inger Johanne-. De alguna otra organización. O una copia de la otra. O…

– Escuche -le cortó la policía-. Escúcheme bien ahora. -Apoyó los codos sobre la mesa y juntó las palmas hacia abajo-. Usted tiene una buena reputación, Inger Johanne. Muchos en este edificio saben del trabajo que usted ha realizado para Kripos sin obtener ni premio ni reconocimiento por ello. Yo personalmente me interesé en usted cuando Kripos se ocupó del caso de unos niños asesinados, hace algunos años. El que su intervención fuera lo que al final salvó la vida de la niñita secuestrada no es un secreto en nuestro círculo.

Inger Johanne la miraba sin expresión. No tenía idea de adónde quería llegar la subinspectora con aquello.

– Pero se dice también que usted es bastante… -enderezó la espalda, y sus ojos se achicaron antes de encontrar la palabra que buscaba- reacia -completó-. ¿Sabe cómo la conocen en Kripos?

Inger Johanne se llevó la botella a los labios y bebió. Largamente.

– Como The reluctant detective, la detective reticente.

La risa de Silje era fuerte, cálida y contagiosa.

Inger Johanne esbozó una sonrisa y tapó finalmente la botella.

– No lo sabía -dijo con sinceridad-. Yngvar nunca me ha dicho algo así.

– Quizá no lo sepa. La cosa, en todo caso, es que está usted sentada demostrándome que el apodo es bien merecido. Primero me suelta una teoría que parece extraída de un film norteamericano de clase B, y después trata de abandonar toda la idea cuando le digo que quizás haya algo en ella. Tiene que admitir que…

Gritos desde la entrada. Una voz masculina que daba voces y pasos que corrían, seguidos de un alarido femenino. Inger Johanne miró aterrada hacia la puerta cerrada.

– Alguien que trata de escapar -dijo Silje con tranquilidad-. No podrá hacerlo.

– ¿No debiéramos ayudar? O…

– ¿Usted y yo? ¡No lo creo!

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