Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Inger Johanne asintió. Una vez que se hubo recuperado tras reconocer al hombre en los retratos robot, recorrieron el caso punto por punto una vez más. Ahora estaba a mitad de una nueva botella de Larris y trataba de reprimir un regüeldo.
– ¿Y usted está completamente segura?
Debía de ser la tercera vez que Silje hacía la pregunta.
– Estoy totalmente segura de que el tipo del retrato es increíblemente parecido al hombre que salvó a Kristiane, sí. Es como si hubiese posado para el modelo. Que estemos de hecho hablando del mismo hombre, como ya le he dicho, no puedo garantizarlo. La cosa es que… -El aire se abrió paso a través de su esófago y eructó-. Perdón -dijo llevándose el puño a la boca-. La cosa es que aquí están empezando a aparecer tantas relaciones que ya no se puede hablar solamente de pura coincidencia. El ubicar al último hombre que vieron con Hawre Ghani en el lugar donde Marianne Kleive fue asesinada puede llamarse en todo caso un triunfo. En ambos casos, tengo que agregar.
– Usted podría encontrar trabajo aquí. -Silje sonrió antes de que se le formase otra arruga entre las cejas y dijera-: Y ya que está inspirada, ¿puede decirme qué es esa insignia? -Señaló el dibujo con un dedo-. Nos tiene bastante confundidos. -Ésa es la idea -dijo Inger Johanne-. Los bigotes falsos y los cabellos teñidos ya han pasado de moda. ¿Ha visto Extraños en un tren, de Hitchcock?
La arruga de Silje se profundizó.
– Esa de los dos desconocidos que se encuentran en un tren -le recordó Inger Johanne-. Ambos quieren acabar con la vida de alguien. Uno propone intercambiar los asesinatos, para asegurarse así una coartada perfecta. En ese caso, el asesino no tendría ningún motivo, y como sabemos, el motivo es una de las primeras cosas que ustedes los policías tratan de establecer.
Por segunda vez en poco tiempo la asaltó la idea de Wencke Bencke. La alejó y trató de sonreír.
– Yo… no veo mucho de esas cosas -dijo Silje.
– Debería hacerlo. En todo caso, la insignia está ahí porque no tiene nada que ver con el caso. Considere las ropas: oscuras, neutrales, sin ninguna característica específica. Cualquiera con capacidad de observación media se fijaría en esa insignia roja. Entonces ustedes gastarían un montón de energía en…
– Pero ¿de dónde la sacó?
– De cualquier lado. Y puede ser cualquier cosa. Algo que encontró en cualquier lugar. Si tenemos razón en nuestra teoría, éste es un asesino muy profesional. Su cabello, por ejemplo. ¿Es calvo o se rapó la cabeza? Yo me inclino por lo último.
– Es como si usted hubiera leído esto -dijo Silje que se abanicó con la nota explicativa del dibujante-. Martin Setre no estaba seguro.
– Pero ¿también lo pensó? Hasta ahí yo no había llegado, por decirlo así. ¡Si yo estuviese trabajando en la Policía, él sería seguramente testigo profesional! Yo diría que este tipo… -movió la cabeza indicando el tablero-, en realidad, tiene el cabello bastante normal. En lugar de utilizar una peluca o teñírselo, lo que precisa esfuerzo para que parezca natural, se lo afeita.
Silje sacudió despacio la cabeza.
– Nos preguntamos -dijo- si el hombre buscaba engañarnos.
Se quedaron en silencio. Inger Johanne sintió que los dedos estaban a punto de dormírsele y los sacó de debajo de sus nalgas. Una mirada rápida le confirmó que no sólo estaban descuidados, sino blancos y con manchas rojas.
– No puede actuar totalmente solo -dijo Silje, más como una pregunta que como una reflexión.
– No. No lo creo. Es un grupo, y actúan como tal. Pero nada está claro, por supuesto.
Encogió los hombros levemente.
– Tengo que comenzar -dijo Silje en voz alta apoyando ambas palmas sobre la mesa-. Tenemos que establecer una colaboración formal con Kripos cuanto antes. Y con la Policía de Bergen. Y… -Tomó aliento y lo dejó escapar a través de los labios casi cerrados-. Esto es tan jodidamente grande que no sé muy bien por dónde empezar.
Inger Johanne se sorprendió cuando aquella cara grácil y femenina pronunció la palabrota.
– Puede ser que me equivoque -dijo despacio.
– Sí. Pero no vamos a correr el riesgo.
Se pusieron de pie al mismo tiempo, como siguiendo una orden. Inger Johanne recogió su cartera grande, se la echó al hombro, tomó el abrigo y enfiló hacia la puerta.
No había mencionado su sensación de que vigilaban a Kristiane. Ahí parada, con la mano de Silje en la suya para despedirse, se le ocurrió que debía de haberlo hecho. Silje Sørensen era una extraña, sin las reacciones reflejas que Isak o Yngvar tenían ante la angustia exagerada de Inger Johanne. Silje misma era una madre, hasta donde podía deducir por las fotos familiares enmarcadas.
Quizás ella la hubiera creído.
Todo podía tener significado en el caso.
– Gracias por haberme querido escuchar -dijo soltando la mano de Silje.
– Somos nosotros quienes debemos darle las gracias -contestó Silje, y sonrió sin alegría-. Y hablaremos otra vez bien pronto.
Cuando dos minutos más tarde, Inger Johanne se sentó en su coche, entendió por qué no le había contado nada de la carpeta desaparecida, del hombre en la cerca y de ese sentimiento indefinible e intimidatorio de que había alguien allí fuera que no deseaba precisamente el bien para su hija.
Hubiera sido una traición a Yngvar no hablarlo primero con él.
Ahora, una vez que la Policía de Oslo la tomaba en serio, él escucharía con más atención.
Eso esperaba.
Astrid Tomte Lysgaard habría deseado que Lukas hubiese respondido de forma distinta. No dudaba que él decía la verdad, pues se conocían más que bien. Pero, de todos modos, algo sucedía con él, algo que ella no podía entender. Desde que iban a primer año de secundaria y eran novios, siempre lo había admirado. Primero porque era atractivo, bueno en el colegio y amable. Con los años llegaron las obligaciones económicas, la vida diaria y los tres niños. Lukas se lo tomaba todo seriamente. Nunca se atrasaban en las cuentas. Había acudido a todas las reuniones para padres desde que el mayor se iniciara en el parvulario, y se enroló voluntariamente como representante en la Comisión de Padres en cuanto el niño empezó el colegio. Lukas era trabajador y hábil con las manos, y había construido el anexo y el garaje él solo. No se le hubiera ocurrido jamás pagar algo en negro. Criticaba todas las formas de racismo y las habladurías.
Sus amigos podían dejar caer de vez en cuando un comentario sobre que Lukas era aburrido.
No lo conocían como ella.
No era para nada aburrido, pero ahora ella no lo entendía.
El shock por la muerte de Eva Karin le había afectado más y más, aparte de provocarle una profunda pena. Era incomprensible que no hiciese lo posible para ayudar a la Policía.
Simplemente, Lukas nunca hacía algo mal.
No ayudar a la Policía estaba mal.
Se sirvió más café y se sentó en el sofá. Sostuvo la taza cerca de su cara y sintió cómo el vapor húmedo se enfriaba al tocar su piel.
Lukas no tenía una hermana. Por supuesto que no. Si Eva Karin hubiese tenido una hija en su vida anterior, con o sin Erik como padre, la hubiese aceptado. Si la criatura hubiese sido dada en adopción, ella se lo hubiera dicho a los que le eran más cercanos. Era cierto que, en determinadas circunstancias, Eva Karin podía parecer distante, casi encerrada en sí misma. Pero Astrid siempre había atribuido esa fugaz ausencia de ánimo al hecho de que la pastora conocía los secretos de muchos otros. Eva Karin infundía confianza. Era discreta, también en el pulpito, con un discurso sobrio y musical que invitaba de por sí a la confidencia. Y Astrid no había experimentado nunca, ni siquiera una sola vez en todos estos años, que Eva Karin se expresase sin control.
Por otro lado, en lo que le atañía a sí misma, Eva Karin era generosa.
Hablaba abiertamente sobre los errores que había cometido y las locuras que había desechado. Tenía un respeto enorme por la vida, como por las vueltas que ésta podía dar y lo difícil que podía ser para algunos. Su ardiente fe en Jesús bordeaba el fanatismo, pero nunca se pasaba de la raya. Cuando unos años atrás utilizó una pequeña fortuna para comprar un extraño cuadro del Mesías que hoy colgaba en la pared de la sala de Nubbebakken, le lloraron los ojos de alegría. Era un bosquejo para el altar de una iglesia en algún lugar de 0stlandet, pero Eva Karin había dicho que era solamente en ese borrador en el que el artista le había dado ojos de azul hielo al Salvador. En un par de ocasiones, Astrid recordaba haber encontrado a su suegra conversando con la rubia figura del Jesús de cabellos cortos y revueltos. Eva Karin había sonreído con entusiasmo y se había reído un poco de sí misma, antes de cambiar de tema con un comentario liviano sobre el tiempo.