Noche cerrada en Bergen
- Автор: Хольт Анне
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
Alguien debió de haber alcanzado y reducido sin violencia al fugitivo, porque de pronto reinó el silencio. Inger Johanne jugueteaba con el borde de su jersey cuando sus ojos cayeron sobre un calendario a espaldas de Silje. Un círculo magnético rojo señalaba el jueves 15 de enero.
– Independientemente de mi teoría -dijo despacio-, está el hecho de que contamos con seis asesinatos entre noviembre y diciembre con… lo que bien podríamos llamar una u otra… conexión homosexual. El 19, el 24 y el 27 de noviembre. Los mismos días en diciembre. Hoy es 15 de enero.
Tenía todavía la mirada fija en el círculo rojo. Cuando parpadeó, se le grabó en los párpados como una «o» verde.
– Sí -dijo Silje Sørensen-. Dentro de cuatro días será 19 de enero. Puede que no tengamos mucho tiempo.
La idea no se le había ocurrido aún a Inger Johanne. Hizo que se le erizara la piel de los brazos y se bajó las mangas.
– ¿Tienen alguna pista que seguir? ¿Alguna cosa? Según Yngvar parece que están bastante estancados allá en Bergen, en todo caso.
Silje Sørensen adelantó el labio inferior e inclinó la cabeza de lado a lado, como si no supiese del todo si podía llamar pista a lo que buscaba. Abrió tres cajones hasta que dio con el que quería y extrajo un fajo de dibujos. El cajón se volvió a cerrar cuando se puso de pie y caminó hacia el tablero vacío.
– Tenemos esto -dijo-. Retratos robot del hombre que estaba comprando favores sexuales de Hawre Ghani cuando éste fue visto por última vez con vida.
Fijó los dibujos en el tablero con chinchetas de un rojo brillante. Inger Johanne se puso de pie y esperó a que los cuatro dibujos estuviesen expuestos. Uno de cuerpo entero, uno de una cara de frente, otro de costado y un dibujo extraño de algo que parecía la solapa de una chaqueta con una insignia.
– ¿Todo en orden?
La voz de Silje se oía como si viniese desde muy, muy lejos.
– ¡Inger Johanne!
Alguien la tomó del brazo. Sentía la cabeza tan liviana que era como si se le fuese a soltar y ascender hasta el cielo raso como un globo de helio a menos que se repusiese.
– ¡Siéntese! ¡Por amor de Dios, siéntese!
– No. Quiero quedarme aquí de pie.
Hasta su propia voz sonaba extraña.
– ¿Tiene usted…, sabe usted quién es ésta persona, Inger Johanne?
– ¿Quién hizo estos retratos?
– Nuestro retratista. Se llama…
– No, no es eso lo que quiero decir. ¿Quién es el testigo sobre el que se basaron para hacerlos?
– Un muchacho. Un muchacho de la calle. Un prostituto. ¿Sabe usted quién es esta persona?
Todavía sostenía el brazo de Inger Johanne. Apretó los dedos.
– Yo le di una bofetada a este hombre -dijo Inger Johanne.
– ¿Cómo?
– O bien su testigo me juega un mala pasada, o es la persona más observadora del mundo. No podría a olvidar jamás a este hombre. Él… -La sangre le volvió a la cabeza. Se sentía más coherente de lo que se había sentido durante bastante tiempo. La invadió una calma extraña, como si por fin hubiese decidido lo que quería y en qué creía-. Él salvó la vida de mi hija -dijo-. Salvó a Kristiane de ser arrollada por el tranvía, y yo le di una bofetada para agradecérselo.
La secretaria del abogado Kristen Faber se había tomado finalmente tiempo para ocuparse del cajón de su jefe. Por supuesto, no fue necesario llamar ni al cerrajero ni al carpintero. Todo lo que precisó fue trabajar un poquito con la cerradura con un cortaplumas que ella tenía como adorno sobre su escritorio. Un chasquido y el cajón se abrió.
El sobre estaba allí. Grande y marrón, con el nombre de Niclas Winter escrito a mano y la fecha de su nacimiento debajo. Estaba cerrado a la antigua, con un sello de lacre. Como garantía suplementaria contra los dedos ajenos, alguien había estampado una firma absolutamente ilegible atravesando el borde donde la solapa estaba pegada.
Cuando Kristen Faber se hizo cargo del bufete del viejo abogado Skrøder, hubo mucho de qué ocuparse. Ulrik Skrøder había estado totalmente senil durante el último medio año antes de que su hijo lograse finalmente declarar incapaz al pobre viejo para poder vender la oficina. Eso fue en todo caso lo que se dijo. Según ella, sobre quien recayó la tarea de poner orden en los casos y las prescripciones que, o bien habían pasado, o bien estaban a punto de vencer, parecía como si el hombre se hubiese enmarañado durante muchos años. No había ningún orden y le llevó varios meses arreglar lo más grueso.
Una vez que eso estuvo finalmente hecho, Kristen se dio cuenta de que había pagado de más por la práctica. La cantidad de casos activos era mucho menor de lo que le habían hecho creer, y la mayor parte de sus clientes tenía la misma edad que había tenido su abogado. Murieron, simplemente, uno tras otro, veteranísimos y consumidos por la edad, con embarazoso desorden en sus asuntos y sin ninguna necesidad de ayuda legal. Año y medio más tarde, Kristen ganó una demanda por el resarcimiento de la mitad del dinero que había pagado.
La secretaria podía entender sin problemas la frustración de Kristen por haber comprado un gato por liebre. De todos modos, no podía evitar recordarle de vez en cuando la cantidad de sobres lacrados que estaban acumulados en un armario en el archivo. Algunos parecían viejísimos, y el hijo del abogado Skrøder había sostenido que algunos de ellos podían tener mucho valor. Habían sido recibidos en consignación de alguna de las más antiguas y ricas familias de la ciudad. Su padre siempre había dicho que el pesado armario de roble con todos los documentos confiados en él era una prueba de su renombre. Como estaban lacrados, todos, con el nombre del dueño legal de su contenido prolijamente anotado, Kristen Faber quedó satisfecho con abrir diez o doce, una vez que estaba bastante desesperado por haber comprado un paquete de casos que no rentaba nada.
Aparte de certificados por acciones de empresas que ya no existían, pactos matrimoniales entre cónyuges que ya habían fallecido y una pila de billetes que habían perdido hace mucho su curso legal, encontró el borrador de una novela de autor desconocido de la que pudo constatar, al cabo de solamente diez páginas, que carecía totalmente de valor. A partir de allí había cerrado otra vez el armario, decidido a olvidar su pérdida humillante y a recuperarse.
Desde entonces, el armario se había quedado allí.
Fue ella misma quien lo abrió por primera vez en casi nueve años, cuando el joven Niclas Winter llamó por teléfono. Parecía frustrado y fue bastante descortés, y quería saber si existía un sobre archivado a su nombre. Como tenía tiempo y era curiosa por naturaleza, ella echó una mirada. Y allí estaba. Si se miraba bien, parecía más nuevo que el resto de los que había en el armario.
Ahora lo sostuvo contra la luz.
Era imposible discernir lo que contenía. Niclas Winter tampoco había dicho nada sobre ello la vez que la abrumó mandándole besos por teléfono antes de Navidad, cuando ella lo llamó para contarle el hallazgo.
La tentación de abrir el lacre era casi más de lo que podía soportar. Apoyó la palma sobre el papel grueso. Ese tipo de sobres admitían, por lo general, que se los humedeciera, pero el lacre era un problema.
Con un suspiro leve dejó el sobre en el escritorio de Kristen Faber y regresó al suyo.
Por lo menos ella estaría allí cuando lo abriese.
– No podemos hacer esto público -dijo Silje Sørensen, que apoyó toda la palma sobre el retrato del hombre misterioso-. En todo caso, no todavía. Si lo hacemos, perderá mucho de su valor. Todos se formarán una opinión y un parecer, las pistas nos inundarán, y según mi experiencia estaremos considerablemente empantanados antes de poder dar con algo sustancial mediante semejante procedimiento. Ahora, en cambio… -Contempló el retrato durante unos segundos más antes de sentarse otra vez-. Ahora tenemos un as en la manga. Tenemos algo que nadie sabe que poseemos.
Inger Johanne asintió. Una vez que se hubo recuperado tras reconocer al hombre en los retratos robot, recorrieron el caso punto por punto una vez más. Ahora estaba a mitad de una nueva botella de Larris y trataba de reprimir un regüeldo.
– ¿Y usted está completamente segura?
Debía de ser la tercera vez que Silje hacía la pregunta.
– Estoy totalmente segura de que el tipo del retrato es increíblemente parecido al hombre que salvó a Kristiane, sí. Es como si hubiese posado para el modelo. Que estemos de hecho hablando del mismo hombre, como ya le he dicho, no puedo garantizarlo. La cosa es que… -El aire se abrió paso a través de su esófago y eructó-. Perdón -dijo llevándose el puño a la boca-. La cosa es que aquí están empezando a aparecer tantas relaciones que ya no se puede hablar solamente de pura coincidencia. El ubicar al último hombre que vieron con Hawre Ghani en el lugar donde Marianne Kleive fue asesinada puede llamarse en todo caso un triunfo. En ambos casos, tengo que agregar.
– Usted podría encontrar trabajo aquí. -Silje sonrió antes de que se le formase otra arruga entre las cejas y dijera-: Y ya que está inspirada, ¿puede decirme qué es esa insignia? -Señaló el dibujo con un dedo-. Nos tiene bastante confundidos. -Ésa es la idea -dijo Inger Johanne-. Los bigotes falsos y los cabellos teñidos ya han pasado de moda. ¿Ha visto Extraños en un tren, de Hitchcock?
La arruga de Silje se profundizó.
– Esa de los dos desconocidos que se encuentran en un tren -le recordó Inger Johanne-. Ambos quieren acabar con la vida de alguien. Uno propone intercambiar los asesinatos, para asegurarse así una coartada perfecta. En ese caso, el asesino no tendría ningún motivo, y como sabemos, el motivo es una de las primeras cosas que ustedes los policías tratan de establecer.
Por segunda vez en poco tiempo la asaltó la idea de Wencke Bencke. La alejó y trató de sonreír.
– Yo… no veo mucho de esas cosas -dijo Silje.
– Debería hacerlo. En todo caso, la insignia está ahí porque no tiene nada que ver con el caso. Considere las ropas: oscuras, neutrales, sin ninguna característica específica. Cualquiera con capacidad de observación media se fijaría en esa insignia roja. Entonces ustedes gastarían un montón de energía en…
– Pero ¿de dónde la sacó?
– De cualquier lado. Y puede ser cualquier cosa. Algo que encontró en cualquier lugar. Si tenemos razón en nuestra teoría, éste es un asesino muy profesional. Su cabello, por ejemplo. ¿Es calvo o se rapó la cabeza? Yo me inclino por lo último.
– Es como si usted hubiera leído esto -dijo Silje que se abanicó con la nota explicativa del dibujante-. Martin Setre no estaba seguro.
– Pero ¿también lo pensó? Hasta ahí yo no había llegado, por decirlo así. ¡Si yo estuviese trabajando en la Policía, él sería seguramente testigo profesional! Yo diría que este tipo… -movió la cabeza indicando el tablero-, en realidad, tiene el cabello bastante normal. En lugar de utilizar una peluca o teñírselo, lo que precisa esfuerzo para que parezca natural, se lo afeita.
Silje sacudió despacio la cabeza.
– Nos preguntamos -dijo- si el hombre buscaba engañarnos.
Se quedaron en silencio. Inger Johanne sintió que los dedos estaban a punto de dormírsele y los sacó de debajo de sus nalgas. Una mirada rápida le confirmó que no sólo estaban descuidados, sino blancos y con manchas rojas.
– No puede actuar totalmente solo -dijo Silje, más como una pregunta que como una reflexión.
– No. No lo creo. Es un grupo, y actúan como tal. Pero nada está claro, por supuesto.
Encogió los hombros levemente.
– Tengo que comenzar -dijo Silje en voz alta apoyando ambas palmas sobre la mesa-. Tenemos que establecer una colaboración formal con Kripos cuanto antes. Y con la Policía de Bergen. Y… -Tomó aliento y lo dejó escapar a través de los labios casi cerrados-. Esto es tan jodidamente grande que no sé muy bien por dónde empezar.
Inger Johanne se sorprendió cuando aquella cara grácil y femenina pronunció la palabrota.
– Puede ser que me equivoque -dijo despacio.
– Sí. Pero no vamos a correr el riesgo.
Se pusieron de pie al mismo tiempo, como siguiendo una orden. Inger Johanne recogió su cartera grande, se la echó al hombro, tomó el abrigo y enfiló hacia la puerta.
No había mencionado su sensación de que vigilaban a Kristiane. Ahí parada, con la mano de Silje en la suya para despedirse, se le ocurrió que debía de haberlo hecho. Silje Sørensen era una extraña, sin las reacciones reflejas que Isak o Yngvar tenían ante la angustia exagerada de Inger Johanne. Silje misma era una madre, hasta donde podía deducir por las fotos familiares enmarcadas.
Quizás ella la hubiera creído.
Todo podía tener significado en el caso.
– Gracias por haberme querido escuchar -dijo soltando la mano de Silje.
– Somos nosotros quienes debemos darle las gracias -contestó Silje, y sonrió sin alegría-. Y hablaremos otra vez bien pronto.
Cuando dos minutos más tarde, Inger Johanne se sentó en su coche, entendió por qué no le había contado nada de la carpeta desaparecida, del hombre en la cerca y de ese sentimiento indefinible e intimidatorio de que había alguien allí fuera que no deseaba precisamente el bien para su hija.
Hubiera sido una traición a Yngvar no hablarlo primero con él.
Ahora, una vez que la Policía de Oslo la tomaba en serio, él escucharía con más atención.
Eso esperaba.