El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Sin embargo, no estaba tan entusiasmada por la idea del Soho y el ejercicio como para recorrer a pie aquella distancia. El tiempo era fundamental. Por lo tanto, fue a buscar el Mini al aparcamiento subterráneo del Yard y se dirigió al Soho vía Charing Cross Road.
Las multitudes habían invadido las calles del Soho. En la zona de Londres que lo abarcaba todo, desde librerías hasta exhibiciones de skins, desde mercados que ofrecían verduras y flores hasta sex shops donde podían adquirirse vibradores y vaginas sintéticas pulsátiles, siempre habría multitudes. Y en un sábado soleado de septiembre, cuando la temporada turística aún no había languidecido, dichas multitudes bajaban de las aceras e invadían la calzada, con lo cual conducir se convertía en un ejercicio traicionero, una vez te desviabas de la congestión orientada hacia los teatros de Shaftesbury Avenue y empezabas a subir por Frith Street.
Barbara hizo caso omiso de los restaurantes que la llamaban como sirenas. Respiró por la boca para evitar los seductores aromas de comida italiana, perfumada de ajo, que transportaba el aire. Y se permitió un suspiro de alivio cuando vio por fin la estructura de madera (en parte glorieta y en parte caseta de herramientas) que distinguía el centro de la plaza.
Dio una vuelta, en busca de un hueco donde aparcar. Como no encontró nada disponible, localizó el edificio que estaba buscando y se resignó a entregar medio día de salario a un aparcamiento situado a escasa distancia de Dean Street. Volvió a pie hacia la plaza, y sacó del bolso el trozo de papel encontrado en unos pantalones de Terry Cole, en su piso. Verificó la garabateada dirección: Soho Square 31-32.
Exacto, pensó. Vamos a ver a qué se dedicaba nuestro pequeño Terry.
Dobló en la esquina de Carlisle Street y caminó hacia el edificio. Se alzaba en la esquina sudoeste de la plaza, un edificio moderno de ladrillo, con tejado abuhardillado y ventanas de guillotina. Un pórtico sostenido por columnas dóricas protegía la entrada de puertas de cristal, y sobre la entrada una placa de latón identificaba a los ocupantes del edificio: Triton International Entertainment.
Barbara sabía poca cosa sobre Triton, pero sí sabía que había visto su logo al final de producciones dramáticas televisivas y al principio de películas, lo cual la incitó a preguntarse si Terry Cole había abrigado esperanzas de convertirse en actor, además de sus otras metas más cuestionables.
Probó la puerta. Cerrada con llave.
– Joder -masculló, y miró a través del cristal tintado, por si podía deducir algo del vestíbulo del edificio. Poca cosa, comprobó.
Era una llanura de mármol interrumpida por sillas de piel color sepia que, al parecer, hacían las veces de zona de espera. En el centro de la llanura se alzaba un quiosco, donde se anunciaban las últimas películas de Triton. Cerca de la puerta se curvaba un mostrador de recepción color nogal alto hasta el pecho, y enfrente, una hilera de tres puertas de ascensor pulidas reflejaba la imagen de Barbara, para su personal placer visual.
Como era sábado, no se veían señales de vida en el vestíbulo, pero cuando ella estaba a punto de maldecir su suerte y volver al Yard con el rabo entre las piernas, se abrió un ascensor y apareció un guardia de seguridad canoso en el trance de subirse la cremallera de los pantalones y acomodarse los testículos. Se sobresaltó cuando vio a Barbara en la puerta, y le hizo señas de que se fuera.
– Está cerrado -gritó.
Incluso desde detrás del cristal, Barbara captó el acento de alguien nacido y criado en el norte de Londres.
Sacó su identificación y la levantó.
– Policía -gritó a su vez-. ¿Podemos hablar un momento, por favor?
El hombre vaciló, y desvió la vista hacia un enorme reloj con esfera de latón que colgaba en la pared sobre una fila de fotografías de celebridades, a la izquierda de la puerta.
– Es mi hora de comer -dijo.
– Mejor todavía -contestó Barbara-. La mía también. Salga. Le invito, si quiere.
– ¿Qué pasa?
El guardia se acercó a la puerta.
– Investigación de asesinato.
Barbara agitó sus credenciales de manera significativa. «Toma nota, por favor», decía el gesto.
El hombre tomó nota. Sacó un llavero con lo que parecían dos mil llaves y tardó un poco en introducir la correcta en la puerta.
Una vez dentro, Barbara fue al grano. Estaba investigando el asesinato, cometido en Derbyshire, de un joven londinense llamado Terence Cole, dijo al guardia, cuya chapa anunciaba que se llamaba, por desgracia, Dick Long. [8] Habían encontrado esta dirección entre las cosas de Cole, y estaba intentando descubrir el motivo.
– ¿Cole, ha dicho? -repitió el guardia-. ¿Terence es el nombre de pila? Por lo que sé, no hay nadie aquí que se llame así. No es que esté mucho, solo trabajo los fines de semana. Suelo estar destinado en el vestíbulo de la BBC. No es que me paguen mucho, pero menos da una piedra.
Se tiró de la nariz y se examinó la palma de la mano, como si hubiera descubierto algo interesante.
– Terry Cole guardaba esta dirección entre sus pertenencias -repitió Barbara-. Tal vez vino aquí y se hizo pasar por artista. Escultor, de hecho. ¿Le suena?
– Aquí no hay compradores de arte. Lo que busca es una de esas galerías elegantes en Mayfair o sitios así. Aunque esto parece una galería, ¿verdad? ¿Qué le parece? ¿Qué opina?
Lo que ella opinaba era que no tenía tiempo para discutir la decoración interior de Triton Entertainment.
– Tal vez estaba citado con alguien de Triton -dijo.
– O en cualquiera de las otras empresas -dijo Dick.
– ¿Hay otras aparte de Triton en este edificio?
– Oh, sí. Triton es solo una más. Tienen el nombre sobre la puerta porque ocupan casi todo el espacio. A las demás les da igual porque el alquiler les sale más barato.
Dick movió la cabeza en dirección a los ascensores, y condujo a Barbara hasta el tablón de anuncios que había entre dos de ellos. Vio nombres, departamentos y listas de empresas de publicidad, cine y teatro. Tardaría horas, incluso días, en hablar con todos los nombres escritos. Y con todos aquellos cuyo nombre no estaba escrito, porque eran auxiliares administrativos.
Barbara echó un vistazo al mostrador de recepción. Sabía lo que semejante mostrador significaba en el Yard, donde la seguridad era primordial. Se preguntó si allí significaba lo mismo.
– Dick, ¿los visitantes firman al entrar?
– Oh, sí. Ya lo creo.
Excelente.
– ¿Puedo echar un vistazo a los libros?
– No puede hacer eso, señorita… eh, agente. Lo siento.
– Asunto de la policía, Dick.
– Bien, pero los fines de semana lo guardan cerrado con llave. Puede probar los cajones para asegurarse.
Barbara procedió. Pasó detrás del mostrador y forcejeó con los cajones, sin éxito. Joder, pensó. No quería esperar hasta el lunes. Ardía en deseos de poner las esposas a un culpable y exhibirlo ante Lynley, gritando: «¿Lo ve? ¿Lo ve?» Y esperar casi cuarenta y ocho horas para acercarse un paso más al culpable de los homicidios de Derbyshire era como pedir a unos sabuesos tras la pista de un zorro que se conformaran con una piel de becerro, una vez lo habían divisado.
Solo había una alternativa. No le gustaba mucho, pero quería aprovechar el tiempo.
– Dígame, Dick, ¿tiene una lista de la gente que trabaja aquí?
– Oh, señorita… eh, agente…, en cuanto a eso…
Se tiró de la nariz de nuevo, con aire inquieto.
– Sí, tiene una, ¿verdad? Porque si pasa algo raro en el edificio, ha de saber con quién debe ponerse en contacto. ¿Sí? Necesito esa lista, Dick.
– No debo…
– … entregarla a nadie -concluyó Barbara-. Lo sé. Pero no la va a entregar a cualquiera, sino a la policía, porque alguien ha sido asesinado. Y comprende que si no colabora en la investigación puede dar la impresión de que está implicado de alguna forma.
[8] «Polla larga», en argot. (N. del T.)