Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
El itinerario del desfile discurría desde la Villa Pública en el campo de Marte, a través de una vía estrecha bordeada de villas y casas de viviendas que rodeaba el pie de la colina Capitolina y llegaba a las murallas servianas por debajo de los farallones a pico del lado oeste de la colina, y allí estaba la puerta Triumphalis por la que el cortejo entraba en la ciudad. Como el de Pompeyo era el tercer triunfo en seis días, senadores y magistrados estaban más que hartos de repetir el protocolo, y el primer grupo que aguardaba era más bien modesto y decidido a ir a buen paso. A tenor de ello, músicos, danzarines, carros, placas, sacerdotes, animales para el sacrificio, cautivos y rehenes comenzaron a caminar aprisa, y Pompeyo, llevado al paso cachazudo de los elefantes, no tardó en quedarse rezagado.
Por fin el carro llegó a la puerta triunfal y se detuvo en seco. El ejército -sin espadas ni lanzas, pero con palos cubiertos con laurel- hizo lo propio. Como el carro triunfal era una antigualla de la época etrusca, resultaba mucho más bajo que el tradicional de dos ruedas, que aún utilizaban algunas tribus galas, y Pompeyo no podía ver lo que sucedía más adelante de las imponentes grupas enjaezadas de los elefantes. Al principio, simplemente se impacientó irritado, pero al ver que aquello no volvía a ponerse en marcha, envió al palafrenero a que viera qué sucedía.
El hombre volvió con gesto de espanto.
– ¡Triumphator, los elefantes son muy grandes y no pasan por la puerta!
Pompeyo se quedó con la boca abierta; sintió un picor y el sudor corriéndole por la frente.
– ¡Bah! -exclamó.
– ¡De verdad, triumphator, no caben! -insistió el hombre.
Pompeyo se apeó del carro con toda majestad, arrastrando sus vestiduras oro y púrpura, y hacia la puerta se fue. En ella, los domadores de los dos paquidermos en cabeza se miraban estupefactos, hasta que vieron que llegaba Pompeyo.
– La abertura es muy pequeña -dijo uno de ellos.
Mientras caminaba hacia la puerta, Pompeyo ya había desenganchado mentalmente a los elefantes, haciéndolos pasar uno por uno al otro lado, pero ahora veía lo que le era imposible ver desde el carro: no era un problema de anchura sino de altura. La abertura única por la que se autorizaba a entrar al desfile triunfal era de anchura suficiente para permitir el paso de un ejército formado en fila de ocho en fondo, y hasta para que entrase un carro tirado por cuatro caballos o una gran carroza, pero no lo bastante para que cupiera la cabezota de un elefante africano, pues el dintel que la remataba, empotrándose en el farallón de la colina Capitolina, no pasaba de la altura del lomo de los paquidermos.
– Bien -dijo muy seguro de sí mismo-, quitadles los arneses y que pasen uno tras otro agachando la cabeza.
– ¡Para eso no les hemos amaestrado! -objetó horrorizado uno de los domadores.
– ¡Como si no están amaestrados para cagar por el ojo de una aguja! -gritó Pompeyo, ya con el rostro del color del minium-. ¡Hacedlo!
El primer elefante se negó a agachar la cabeza.
– ¡Obligadle a ello tirando de la trompa! -gritó Pompeyo.
Pero, ni tirándole de la trompa, ni sentándole un hombre en los colmillos, hubo manera de hacerle bajar la cabeza; y el animal comenzó a irritarse, contagiando con su inquietud a los otros tres que seguían enganchados al carro, y que empezaron a recular, amenazando con aplastar con el carro al grupo de vexilarios revestidos con pieles de león que iban inmediatamente detrás.
Mientras los domadores no cejaban en sus esfuerzos por obedecerle, Pompeyo permanecía en pie, profiriendo todas las obscenidades cuartelarias de su léxico y lanzando toda suerte de amenazas a los pobres domadores. En vano: los elefantes eran demasiado grandes y se negaban a pasar por la puerta.
Había transcurrido más de una hora cuando llegó Varrón a ver qué sucedía. Él había caminado con el resto de los senadores en cabeza del cortejo, y le bastó una ojeada para entender la situación. Le entraron ganas de echarse al suelo muerto de risa, pero le retuvo la mirada asesina que le dirigió Pompeyo.
– Envía a Scapius con unos hombres al Stabulae para que traigan caballos -dijo en tono estoico-. ¡Vamos, Magnus, déjate de rabietas y piensa! El cortejo ha llegado al Foro y nadie sabe que tú estás atascado aquí. ¡Sila aguarda en el basamento del templo de Cástor cada vez más impaciente, y los que sirven las mesas en el templo de Júpiter Stator comienzan a mesarse los cabellos!
Pompeyo, en vez de contestar, rompió a llorar y se sentó en el polvo con todos sus atavíos triunfales. Y fue Varrón quien ordenó que fuesen a buscar los caballos y desenganchasen los elefantes. En éstas, a la escena se habían sumado varios jardineros que venían del mercado por la vía Recta y que, armados de palas y carretillas, se disponían a recoger lo que estaba considerado el mejor abono del mundo, y, sorteando sin temor las enormes patas de los proboscídeos, iban recogiendo los montones de aquellos boñigos del tamaño de quesos de Arpino. Sólo la prisa y la conmiseración habían impedido que Varrón se echase a reír, en medio de los gritos y voces que lanzaban los domadores, que al final lograron irse con sus animales hacia el forum Holitorium, para no hacerlos regresar por donde habían venido por hallarse la vía repleta con las seis legiones.
Entretanto, la primera parte del cortejo se había detenido en el Foro, frente a la imponente fachada jónica del templo de Cástor y Pólux, en lo alto del cual presidía Sila sentado con su mestre ecuestre, los dos cónsules y amigos y familiares. La cortesía consuetudinaria requería que el triunfador fuese el personaje más relevante del desfile y la fiesta, por lo que aquellos próceres no participaban en el desfile ni asistían a la fiesta.
Todos estaban nerviosos, y además hacía frío. Era un buen día, pero soplaba un cortante viento norte, y el sol del bajo Foro no tenía fuerza para derretir los carámbanos de hielo que colgaban de los aleros de los templos. Finalmente regresó Varrón, quien subió de dos en dos los escalones del templo de Cástor y se inclinó al oído de César. Del grupo de íntimos brotó una carcajada, y Sila, sin dejar de reír, se levantó y avanzó unos pasos para dirigirse a los curiosos.
– ¡Esperad un poco más, que ya llega nuestro triunfador! -gritó-. ¡Había decidido mejorar el desfile sustituyendo los caballos del carro por elefantes, pero los elefantes no cabían por la puerta Triumphalis y ha tenido que cambiarlos por caballos! -Una pausa-. ¡Ah, cómo me hubiera gustado estar allí para verlo!
A sus últimas palabras siguió una risita generalizada y risas descaradas de los allegados a Pompeyo: Metelo Pío, Varrón Lúculo y Craso.
– No sé si os dais cuenta que es difícil ofender a Sila -comentó Metelo Pío a los que estaban a su lado-. He advertido infinidad de veces que posee cierto exclusivismo con la Fortuna y no necesita empeñarse en humillar a un adversario. Es la diosa la que se encarga de ello en nombre de su favorito.
– Lo que no comprendo -añadió Varrón Lúculo, frunciendo el ceño- es por qué Pompeyo no midió previamente la puerta; porque hay que reconocer que él es la eficiencia personificada.
– Hasta que sus fantasías le nublan la razón -añadió Varrón, que estaba sin aliento por haber venido corriendo desde la puerta Triumphalis y subir a toda prisa la escalinata-. Tan empeñado estaba en aparecer con los malditos elefantes, que ni pensó que pudiese fallar algo. Pobre Magnus, estaba desesperado.